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Fernando Simón kawaii y Brett Sutton cañón: un recorrido por la fascinación mundial por los epidemiólogos

Fernando Simón kawaii y Brett Sutton cañón: un recorrido por la fascinación mundial por los epidemiólogos
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2 de mayo de 2020. La ciudadanía española casi al completo está, por primera vez en democracia, encerrada a cal y canto en sus casas. El mundo es un lugar hostil y los peligros que lo acechan invisibles y desconocidos. El hombre que está aquí para explicarnos lo que sucede empieza a toser descontroladamente. “El problema es que me he comido una almendra antes. No se preocupen, ya está solucionado”.

La respuesta de las redes sociales fue algo más que un vuelco de solidaridad con nuestro director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, más bien una catarsis humorística de a razón de miles de comentarios mediante la cual liberar tensiones. Pasaban las semanas e iba quedando claro que el epidemiólogo ya era más que una figura de autoridad respetada en su campo: era un ser idealizado, venerado e incluso deseado desde un punto de vista carnal por tuiteros y tuiteras. Nadie entendía de dónde provenía este inexplicable furor por un tipo que, en el fondo, parece de lo más normal. A qué viene enamorarse de Fernando Simón.

Las nuevas rockstars que nos trajo el 2020

El fenómeno se vuelve aún más interesante observando el panorama internacional, donde este 2020 nos ha dejado, como estamos constatando, todo un nuevo subgénero de iconos pop. Este artículo de The Conversation nos descubre a Brett Sutton, director de salud australiano que también ha estado saliendo en la tele día sí día también en sus peores momentos para narrarle a los aussies la evolución de la pandemia y cómo prevenir contagios.

El responsable sanitario se convirtió en material de estampado de tazas y colchas para la cama. Es un “zorro plateado”, o un “chottie” (juego de palabras entre las siglas de su cargo y hot), y tiene su propio club de fans con miles de seguidores en Facebook que, sin refinamientos excesivos, lo titularon “Brett Sutton está cañón”. Luego están los cientos de tuits babeando por sus fotos de jovenzuelo, o fanarts tan inenarrables como este, que provocaron columnas de opinión cuestionando si no estaremos ante un caso de injusto sexismo inverso, dado que no consentiríamos que se objetivizase de esa forma tan lúdica y desprejuiciada a un líder gubernamental si fuese mujer.

Lo cierto es que, sin llegar a ese nivel de groupismo, también se ha idolatrado a las mujeres fernandosimón durante esta pandemia en otros territorios. KK Shailaja es la ministra de salud de Kerala, uno de los estados de la India, con 35 millones de habitantes. Ella también ha tenido que dar la cara más de lo habitual en estos meses, pero en este caso la devoción está un poco más justificada: al término de junio su región sólo había sumado 524 contagios y cuatro muertes porque decidió aplicar las recomendaciones de la OMS desde un primerísimo momento. Entre los muchos motes afectuosos que la han puesto están “Asesina del bicho” (Coronavirus Slayer) o Ministra Rockstar. Su formación se limita a un título de profesora de secundaria, pero sus moderados y monótonos mensajes copados de cifras y datos fácilmente accesibles la han convertido en el interlocutor más querido de la nación.

Los casos se acumulan. Pasa en Estados Unidos con el doctor Fauci, el “hombre más sexy del mundo” pese a ser un señor mayor cuyo físico es de lo más normal. Pasa en Alemania, donde uno de sus virólogos (en el caso de este país no hay un único líder epidemiológico, sino una decena) se ha convertido en una celebrity: se admitan tanto sus lecturas sobre la curva como sus posts sobre la vida de sus perros. Ocurre hasta en Suecia. Sí, ese país que aplicó una estrategia un tanto kamikaze, lo que no quita que Anders Tegnell se haya convertido en motivo para tatuajes y que las encuestas demográficas dicten que los suecos tienen una confianza casi ciega en él.

Ashley Bloomfield, es doctor y el director general de sanidad de Nueva Zelanda. La rápida y exitosa respuesta del país ante la crisis calentó el fuego de la fascinación personal hacia el tipo, y en cuanto empezó a salir periódicamente en los medios no tardaron en salir como setas stan accounts. Los neozelandeses han ido más allá que en el resto de personajes mencionados, erigiendo altares en su nombre y repartiendo estampitas con su rostro a las que adorar.

Aquí una periodista neozelandesa veterana señala lo que todos nos preguntamos con nuestros respectivos fernandosimones: ¿por qué, si es la persona que tiene que salir al ruedo para hablar de una realidad fatídica, es tan raro encontrar críticas a Bloomfield en las redes, al menos si lo comparamos con el mar de odio que nos suscitan los representantes públicos? “Creo que es el epítome de algo alucinante: no es político, hay algo neutral en él. Tiene algo magnético. Es calmado y comedido. Y además tiene pelazo”.

Queremos gente seria. Y respondemos con humor

¿Qué nos está pasando a nivel colectivo para que estemos respondiendo así? ¿Para que, cuando veamos al señor que nos tiene que dar estadísticas de mortandad, lo que se nos ocurra sea responderle “te kiero mazo” y dedicarle canciones amorosas? Dan Laufer es un experto en gestión de comunicación de crisis por la Universidad de Victoria. Según él, juega un papel crucial la novedad que supone en nuestras parrillas informativas este tipo de figuras. Hombres hasta ahora alejados de los focos, con carreras que se han centrado en la ciencia y que así se refleja en sus intervenciones, océanos de serenidad y frialdad estadística. En los momentos de mayor incertidumbre necesitamos todo lo contrario a la comunicación partidista que nos dan habitualmente los políticos. Y eso es justo lo que ellos nos dan.

Pero esto no lo explica todo. Hay un factor muy importante de nuestra respuesta que se justifica por la progresiva memeificación de la vida pública. Como explican algunos estudios, nuestra mayor familiaridad con el entorno digital está haciendo que cada vez nos expresemos más a través de esta vía para explicar todas las cosas de nuestro mundo.

A eso se han añadido otros dos fenómenos: el primero, que después de años de desafección y distanciamiento la política, ésta se está convirtiendo en un aspecto cada vez más importante, al que prestamos más atención, o como dirían los más pesimistas, es un síntoma de la polarización social. Si bien las encuestas demuestran este resurgido interés, también lo hacen los ratings televisivos: el pasado trimestre fue la primera vez que una cadena informativa, Fox TV, tuvo programas más vistos que las grandes competiciones deportivas en Estados Unidos.

La otra causa, y parafraseando a nuestro amado jefe pandémico, “llevamos más de cinco semanas aislados”: fue natural que nos hayamos volcado con estas personas, bien para amarlas o para culparlas de todos nuestros males, en un contexto confinado, en el que cada nueva revelación sobre la conducta del virus tenía un peso transformador real de nuestro mismo presente inmediato.

Lo que no podemos olvidar es que este halo de admiración hacia los epidemiólogos puede volverse en nuestra contra. Didier Raoult es un reputado especialista en enfermedades infecciosas que llegó a ser puntualmente asesor de Macron para la pandemia. Él fue el que gestó y divulgó el famoso estudio sobre el éxito de la cloroquina al combatir la Covid que se demostró erróneo. Antes de ser repudiado por toda la comunidad científica las revistas del corazón galas le dedicaron portadas, y sus intervenciones en la televisión le confirieron un estatus de estrella. Era, como habían bromeado las redes, su Getafix, el druida de Astérix y Obélix con una poción mágica capaz de hacer que el cuerpo de los franseses pulverizase al virus.

Después de que se le diese la espalda, usó su recién adquirido poder mediático para convertirse en líder conspiranoico. Los alegatos victimistas circularon libremente, y muchos ciudadanos se sumaron al hashtag #JesuisRaoult, la única voz de la razón silenciada por las malvadas farmacéuticas. Los franceses habían respondido como todos, creando a un ídolo. Recemos para que el suyo sea el único caso en el que éste se acaba transformando en Becerro de oro.

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