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"Lampshading", el truco de guionista que has visto emplear mil veces y que, en el fondo, te incomoda

"Lampshading", el truco de guionista que has visto emplear mil veces y que, en el fondo, te incomoda
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Creo que todos nos hemos enfrentado alguna vez a un visionado de este tipo. Una película, más o menos buena, donde ocurren ciertas acciones que hacen que estemos a punto de perderle el respeto a lo que estamos viendo.

En la obra se acaba de hacer uso de un recurso manido, como por ejemplo, que la chica virginal sea la última en morir en una peli de terror, que la solución en una peli superheróica llegue como por arte de magia en el último momento o que el mayordomo haya sido el asesino durante todo este tiempo. Pero de pronto algún personaje dice alguna frase que nos hace ver que los creadores son perfectamente conscientes de lo que han escrito. Un guiño con el que intentan dejar clara la autoconsciencia de su recurso sin por ello prescindir de usarlo.

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Al parecer, se trata de un conocido truco de guionistas llamando lampshading por el cual se menciona a propósito dentro de la obra el cliché que acaba de aparecer y que nos podría hacer perder la suspensión de incredulidad con respecto a lo que vemos. Es la idea de que, cuando un escritor está en un callejón sin salida por el que tiene que tirar de una solución fácil que podría recordarnos que estamos viendo una peli, nos da algo para intentar pasar página y seguir viendo la cinta sin que les odiemos por sacarnos de nuestro trance como espectadores.

House Of Cards

Ojo, este guiño no es el mismo que una ruptura de la cuarta pared, acción por la que los personajes nos hacen ver que están rompiendo los límites de la ficción y nos hablan de tú a tú, como hace Kevin Spacey cuando le habla directamente a los espectadores en House of Cards. El “lampshading” consiste más bien en acariciar los límites de esta representación sin expulsarnos del todo del universo ficticio.

El descubrimiento lo hago viendo un interesante video (en inglés) llamado La misoginia de los nerds adorables. Sus personajes masculinos, desde el tímido Rajesh hasta el salido Howard, hacen gala de diversos comentarios machistas. Sin embargo, esas conductas tienen su sexismo tan subrayado que a nadie se le escapa cual sutil micromachismo lo que están haciendo.

Si Howard trata abiertamente como carnaza a las chicas de un bar o Sheldon habla de la inferioridad intelectual de las mujeres es porque la broma es en sí mismo que unos nerds que no encajan en el ideal masculino (y que por tanto, prejuzgamos que son más inofensivos) digan barrabasadas así en público. Algo así como si los escritores nos dijeran: “sí, tienen el típico comportamiento misógino que te esperas de un nerd, pero está tan caricaturizado que es en sí mismo un chiste”.

El problema es, como explica el video, que los que buscan nuestra complicidad dándonos un codazo después de decir algo no tienen por qué encontrar nuestra simpatía de vuelta. Es cierto que el humor se puede basar en el juego con los prejuicios sociales, pero son muchas las ocasiones en las que parece que los guionistas de The Big Bang Theory no han querido explorar las posibilidades más audaces de esta asunción y han aprovechado para tirar de chistes precocinados para crear sus gags.

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Puedes hacer los chistes de mujeres con dos neuronas que viven en la cocina o de granudos reprimidos que no saben ni ligar con una mujer. Pero también puedes darle una vuelta a ese lugar común y ofrecer, por ejemplo, un friki como Ben Wyatt (de Parks and Recreation), que es capaz de superar esa etiqueta y esas conductas asociadas a su tribu urbana (¿no es, en el fondo, mucho más normal que su pareja Leslie Knope?) sin por ello dejar de usar sus aficiones para nutrir los gags de la serie.

En el fondo, el “lampshading” lo encontramos presente en el cine y en las series bajo multitud de disfraces. A veces es un personaje diciéndote que sí, que está haciendo un chiste sobre lo racistas que creemos que son los árabes, como hace Borat, o los protagonistas de 30 Rock subrayando el hecho de hacer product placement porque en la industria hay que tragar con cualquier exigencia de las marcas para sobrevivir.

Pero también puede ser un pretexto a la hora de justificar películas que, si no fuera por el imperativo de los accionistas, no tendrían su razón de ser. ¿Recuerdas algún largometraje cuya primera parte quedase atada y bien atada y que luego, al hacerse una secuela, diesen alguna razón excesivamente precaria para defender por qué vuelven a hacer una segunda parte? A mí me viene a la mente Jurassic World, la resurrección en modo de franquicia de un hito del cine comercial en el que, directamente, la protagonista nos decía que la gente se aburre y ahora demanda “dinosaurios [o, léase también, blockbusters] más grandes, más ruidosos y con más dientes”.

En el fondo, este truco del que estamos hablando es la asunción de la dosis de ironía necesaria por parte de unos espectadores para los que casi cualquier guión ha sido ya visto mil veces. Para una audiencia de series y películas ligeras que es extremadamente consciente de la condición de producto de entretenimiento de masas realizado en cadena. Probablemente estos guiños nos caigan mejor o peor dependiendo de su contexto, presentación y paladar propio. Pero en los casos en los que nos chirrían... entonces es cuando querríamos prohibir cualquier gesto de metaficción y volver a una época dorada del séptimo arte inocente y sin autoconsciencia. Esa que, en realidad, nunca ha existido.

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