No es sólo impresión tuya: Instagram se está llenando de Cabronazis

No es sólo impresión tuya: Instagram se está llenando de Cabronazis
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¿Cómo de sencillo es apropiarse del trabajo ajeno en Internet? Lo suficiente como para que haya gente dedicándose profesionalmente a ello durante años con impunidad. Y esto, que no es nuevo, está empezando a llegar también a los canales donde más protegidos nos creíamos frente a estas prácticas.

Todos conocemos a Cabronazi. También a Filosoráptor, Jaidefinichon o Humor Andaluz. Sus cuentas en Facebook atraen a cientos de miles o millones de personas que los ven como una fuente constante de diversión y entretenimiento. Para la mayoría su talento no es tanto el ser ingeniosos (aunque de todo hay, también quien cree que las ideas que plasman son suyas) como funcionar como filtro. Son selectores.

Pero desde hace unos meses estamos viendo cómo esto le ha llegado a una nueva plataforma, esa donde conectamos con nuestros amigos a un nivel más personal y donde más nos exponemos a nosotros mismos: Instagram.

Cuando Instagram empezó a convertirse en Videos de Primera

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¿Has presionado alguna vez el botón de búsqueda de la red social visual por antonomasia? Ahí encontrarás fotos que han gustado a tus amigos y otras instantáneas sobre temas relacionados con tus intereses. Pero hay una parte aún más caótica y primitiva: los videos.

Dejarse llevar por su contenido es como viajar a Facebook, lleno de saqueadores que suben fragmentos de contenido altamente viralizable. Los temas los hemos visto mis veces antes: deportes de riesgo, retos absurdos, dibujantes que provocan el efecto Wow, trucos de magia y otra serie de eventos que despiertan en nosotros una fascinación muy rudimentaria pero efectiva. Son emociones básicas, pero universales.

Algunos ejemplos de cuentas de este estilo que prodigan entre los hispanoparlantes son @humortipico, @humorlatino, @antitaurin0s, @lamafiadeledit o @tusrisastv. Las más importantes a nivel internacional son @FuckJerry, @Unspirational, y por encima de todas las demás está @TheFatJewish, con más de 10 millones de seguidores.

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Pero verdaderamente son miles. Se multiplican, sobre todo, especializándose en pequeños nichos: si te gusta el arte y la decoración puedes pasarte por @artevm, @art_daily o @arts.hub y comprobar el efecto. Es decir, que sean cuales sean tus intereses, algún "Cabronazi de Instagram" va a estar ahí para alimentar tu feed con cosas que la plataforma cree que te importan, provocando que en vez de seguir a cada cuenta particular ayudes a hacer crecer a un agregador de contenido.

El modus operandi es idéntico a Facebook: sin identificar al creador original o apenas dejando una nota ridícula en los márgenes, se bajan algún video interesante de una cuenta más modesta, ponen multitud de hashtags (cuidadosamente estudiados) y te animan a compartirlo. Algo que, por supuesto, mucha gente hace.

Este podría no ser un ejercicio reprochable. Podríamos pensar que ayudan a visibilizar el trabajo ajeno. Pero son muchas las veces que les han pillado haciendo pasar por propio lo que no lo es. Cuando sí identifican la fuente original tampoco importa demasiado: casi ninguno nos tomamos la molestia de felicitar o compartir esos pequeños canales.

 

La indignación aumenta cuando sabemos algunas de las cifras de sus servicios a marcas. Una simple mención de tu producto en un comentario de Instagram de @TheFatJewish tenía una tarifa de 6.000 dólares hace dos años, cuando tenía la mitad de seguidores que ahora. Que acuda él mismo en persona a tu fiesta promocional, en la que creará contenido, podría ser aún más.

Le acaba de llegar el turno a Instagram, pero estamos hablando de un problema transversal a las redes sociales: en los vídeos destacados de Youtube se percibe una misma tendencia, y aunque Twitter ha hecho esfuerzos por luchar contra el plagio el resultado es que sigue habiendo famosos tuiteros que se dedican a remezclar chistes de otros para hacerlos pasar por propios.

Instagram es desde hace más de un lustro propiedad de Facebook y por eso es normal que haya ido adaptando su ecosistema al mismo que tenemos en la red social de Zuckerberg. Un cambio que se hizo aún más evidente hace año y medio cuando cambiaron la configuración del feed cronológico a uno que funcione por algoritmos.

Lo tienen estudiado: el nuevo modelo no sólo hace que la gente pase más tiempo intentando ponerse al corriente de las novedades de sus amigos desde su última conexión (spoiler: por mucho que rastrees, nos perdemos aproximadamente el 70% de las actualizaciones de nuestros follows), sino que pone mucho más fácil la parte comercial: si pagas, apareces.

El refrito es el rey de Facebook: el 72% de los vídeos de la plataforma no son originales

El problema lo provocan tanto los usuarios como la propia plataforma: sus algoritmos para promocionar contenidos candentes (es lo que pasa cuando potencias el engagement) sirven de altavoz de estas cuentas que aprenden a jugar con el sistema. Que no tengan un procedimiento más optimizado para penalizar el plagio (o al menos no uno efectivo) tampoco es casualidad: a fin de cuentas es este tipo de contenido el que ayuda a que más y más usuarios se enganchen a su medio.

Según la firma de analíticas de video Tubular Labs, los 10 “canales de recopilaciones” más populares de Facebook le aportaron a la plataforma 7.100 millones de reproducciones de video sólo en el pasado julio. Si nos vamos a su top 10 de “canales de creadores”, cuyo contenido siempre es propio y exclusivo, Facebook sólo ganó 2.600 millones de reproducciones. La experiencia como usuarios en la principal red social fotográfica nos hace intuir que aquí también vamos por el mismo camino.

Facebook, al igual que Instagram, puede luchar contra el plagio, pero no le interesa demasiado: necesita tanto a Cabronazi y a sus imitadores como a la inversa.

Internet ha sido siempre patrimonio de la cultura de la remezcla, el lugar donde la idea de un contenido original tiene menos que ver con la producción de un archivo como del sentido que das de él. De la obra derivada. Lo que no parece que los gigantes tecnológicos estén solucionando es cómo adaptar esa libertad de movimientos a una política del salvaje oeste donde el pillaje está permitido y el creador genuino es el gran perjudicado.

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