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Un héroe decidió cocinar la infame pizza-quesadilla frita. Acto seguido se puso a vomitar

Un héroe decidió cocinar la infame pizza-quesadilla frita. Acto seguido se puso a vomitar
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Si has sintonizado WhatsApp o Twitter en algún momento del fin de semana es probable que te hayas topado con él. Plano cenital sobre una mesa de cocina y dos manos aceleradas haciendo y deshaciendo ingredientes durante la preparación de un supuesto manjar culinario. Un vídeo clásico en los mentideros de la red, repleto de recetas suculentas y platos apetecibles, sí, pero también de abominaciones gastronómicas sólo concebibles en los profundos pozos de la cultura culinaria anglosajona. ¿Qué destino nos depararía este fin de semana el fenómeno viral de turno?

Lo segundo. El vídeo es una concatenación de calamidades, un crescendo permanente que jamás parece tener fin. Nuestro cocinillas prepara primero un marinado de aceite, azúcar moreno, pimentón, sal y pimienta negra, generando una masilla densa en la que baña un puñado de pechugas de pollo. Hasta ahí, bien. Acto seguido se dispone a hornearlas para, una vez cocinadas con éxito, trocearlas en mil pedacitos al modo de una carne mechada. ¿Apetecible? No exactamente, pero tampoco un atentado contra los dioses de la cocina.

A partir de ahí, el frenesí: al mechado se le añade bacon frito, cebolletas, cebolla roja y un enorme bol de salsa barbacoa. Una vez removido, comienza El Horror: el mejunje cárnico se deposita sobre una tortilla mexicana, se cubre con dos dedos de queso rayado (industrial, por supuesto) y se vuelve a cubrir con otra tortilla (tras volcar aún más queso). La idea, ya queda claro, es preparar una quesadilla poco ortodoxa que redunde en todos los estereotipos de los vídeos de cocina popularizados por Tasty (sal, queso, abundancia, mezclas espantosas). 

El problema es que no queda ahí. Nuestro cocinero prepara después una salsa agria con yogur, polvos de cebolla, tres especias distintas, mayonesa y zumo de limón. Y pese a todo, la idea podría tener un pase, un hueco reservado en el peor restaurante del último círculo del infierno. Lo verdaderamente espantoso, el crimen de lesa humanidad, se desvela al final: la quesadilla se harina y empana (las dos cosas) y se hunde en aceite hirviendo para generar un frito indigesto, para, finalmente, colocarle otra-capa-de-queso por encima, salsa de tomate y rodajitas de pepperoni

¿Resultado? Bienvenidos al fin de la historia gastronómica. Os presentamos la pizzadilla.

Alguien ha decidido probarla

Contra todo pronóstico, el vídeo en cuestión no pertenece a Tasty, la publicación de BuzzFeed dedicada a toda suerte de platos y recetas, sino a Twisted, otra publicación semejante de factura británica. Se ha viralizado durante el pasado fin de semana tanto en los círculos angloparlantes como en los hispanoparlantes, y lo ha hecho por el aberrante carácter de la preparación. Nadie en su sano juicio consideraría que semejante mezcla (incontables ingredientes, horneado, frito, de nuevo horneado) podría ser apto para el consumo humano. Y sin embargo.

Bordeando la Ley de Poe (bien podría ser una parodia sino fuera completamente en serio), el vídeo ha causado gran sensación. Hasta el punto de que muchos usuarios de Twitter no terminaban de creerse que tan mágica combinación de ingredientes fuera posible. Bacon, pollo mechado con salsa barbacoa y un marinado inexplicable, tortillas, pepperoni, ¡pizza frita (pero no la napolitana)! ¿Es semejante masa de elementos dispares concebible en la vida real, es posible comer tan abrupta negación de las lógicas más elementales de la cocina? Intrigado por ello, Shay Spence, editor gastronómico de la revista People, decidió probarlo.

Nuestro héroe acudió al supermercado y compró todos los elementos desplegados en el vídeo. Lo primero que hay que tener en cuenta antes de acometer tan extraña empresa es el presupuesto: muy abultado, asciende a 80$ (sorprende lo caro que resulta practicar El Mal). Lo segundo, lo inexacto de las proporciones planteadas en la receta: según Spence, son muy insuficientes para conseguir ese color barnizado, rojizo a causa del marinado (cosa previsible si tenemos en cuenta que sólo llevaba aceite, algo de pimentón y especias). Su pollo queda blanco, poco apetecible.

Nada que un buen puñado de salsa BBQ no pueda arreglar, suponemos. Otro problema fundamental desvelado por Spence es el de los tiempos. Son demasiado largos, dado que requiere un horneado casi constante de primero las pechugas, después las quesadillas y por último su fritura y posterior horneado (cuesta escribirlo sin releerlo cinco veces). Como era de prever, el harinado + empanado es un absoluto desastre porque las quesadillas son demasiado gruesas y las tortillas no sujetan el interior de carne y queso. Una vez conseguido, no sin desgracias, la fritura devuelve un aspecto insano y grasiento que no pasaría el aprobado en Inspección Sanitaria.

Resta el desastre definitivo de la pizza (queso y embutido por encima) y, finalmente, comérsela. La reacción del chef improvisado ha tornado en otro viral. Spence desmenuza una porción de la pizzadilla, la unta en una poco apetecible salsa agria y la degusta con pavor y espanto. Los segundos posteriores son la viva imagen de un hombre arrepentido de cada decisión que le ha llevado hasta allí: le entran arcadas, intenta escupir lo degustado, y finaliza el clip exigiendo a su cámara que corte la emisión. El siguiente paso es conocido por todos aquellos que han degustado cualquier aberración a las cuatro de la mañana: el vómito.

No sale, claro, de modo que lo que sucede tras ingerir la bomba queda a imaginación del lector. 

Pese a que la red está repleta de recetas similares de "pizadilla", ninguna condensa tantas burradas como esta. Hay pizza, hay quesadilla, hay salsa barbacoa y hay fritura. Una profunda, desagradable fritura. El vídeo ha triunfado porque mantiene el pulso narrativo mediante una avalancha de ideas pésimas: cuando crees que no se puede superar, llega algo aún peor. Adscrito a la tendencia de comida viral, es la prueba viviente de cómo en cocina 1 +1 no siempre iguala a dos, y cómo sumar elementos a priori estupendos (¿A quién no le gusta la pizza y la quesadilla?) puede resultar en la fatalidad.

Lo vivimos en primera persona a cuenta de la pizza de chocolate lanzada por Telepizza, y lo hemos analizado en otras ocasiones gracias a Jamie Oliver y su paella con chorizo (en la que se ha enrocado, para furia de los españoles) y otras tantas recetas demasiado insalubres para ser ciertas, ya sean de España o de fuera de la cocina mediterránea. La pizzadilla es sólo el resultado del sueño de Internet, incapaz de producir otra cosa que no sean monstruos.

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