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Las batallitas de abuelo cebolleta ya son sobre videojuegos: #stopBoyeros

Las batallitas de abuelo cebolleta ya son sobre videojuegos: #stopBoyeros
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"Cuando yo tenía tu edad no teníamos nada, ni Internet ni amigos ni consolas en el salón. Teníamos que sisar cinco duros del bolso de la abuela para bajarnos a los recreativos...". Mira, basta. Sí, según la ESA los compradores más frecuentes de videojuego nos movemos en torno a los 35 años.

Pero decenas de millones de chavales juegan a Minecraft y League of Legends, y hasta Nintendo ha entendido ya que los Pokémon son viejos, y que toda una hornada de críos no quiere ni oír hablar de ellos "porque los jugaban mis padres". A La Generación Más Nostálgica de la Historia™ le da igual: hay que decirle a los jóvenes que lo nuevo es malo. Porque no es lo viejo.

Quizás el paso más importante para un jugador de videojuegos veterano se produjo a mediados de la década pasada: de repente, molábamos. De pronto, estaba bien visto que parte de tu dinero y de tu tiempo libre (repite conmigo: "parte") se fuese en vivir mitologías imposibles y protagonizar las aventuras de sota, caballo y enemigo final que hoy forman el 90% de los taquillazos de Hollywood. Los videojuegos estaban en todas partes y nuestras madres tenían su propia Nintendo DS. Qué bien, ¿no?

Claro que sí. El problema es que los jugadores más vocales se lo tomaron como una señal de que estaban en posesión de la verdad absoluta. Son esos que se quejan en Internet de que le has puesto un 89 sobre 100 a un juego al que no han jugado... O los que están todo el rato esperando a que un crítico de videojuegos actual suelte algo inadecuado para responderle con "en 1982 Konami hizo noséqué". Como si le importase a alguien. Son los viejóvenes: menores de 50 años que se comportan como si tuviesen 80.

En parte es lógico. Siempre he creído que los videojuegos, como decía aquel anuncio de PlayStation, te permiten llevar una doble vida. Si alguien lleva 30 años jugando ya no es que lleve dos, es que ha llevado mil.

Ha conquistado mundos, ha ganado la Champions con el Guijuelo F.C., ha vencido a gente rusa peluda y ha salvado princesas sin plantearse si necesitan ser salvadas. Un abuelo puede soltarte batallitas del pueblo y de la mili. Un retrojugador puede contarte mil hazañas por minuto. Es más, necesita hacerlo. Cree que tiene que hacerlo.

Bien, jugadores retro, tengo dos malas noticias para vosotros. La primera es que la crítica de videojuegos ya está a la altura de la literaria: no le importa a nadie. Y lo digo tras 15 años escribiendo sobre el tema (de juegos de ahora y de retro. Lo último es divertido: me pagan por volver a escribir sobre cosas de las que ya escribí en su momento). Pero a los chavales les gusta ver a los youtubers gritando delante de una cámara.

Y está bien que sea así, es su momento y pueden hacer lo que les dé la gana con él. Dos: somos muy pesados, y tenemos ciertos tics que permiten identificar fácilmente los diferentes tipos de Carlos Boyero del videojuego en los que nos estamos convirtiendo.

El nintendero

Amiibomario Nintendo ahora también hace muñequitos, y los fans han enloquecido.

Madres del mundo: si tenéis hijos pequeños y vuestro cuñado raro quiere pasar mucho tiempo con ellos hablándoles de mundos de colorines y fontaneros saltarines, no os preocupéis. Son inofensivos. El jugador retro nintendero es el que más cariño provoca de todo este asunto: es el eterno Peter Pan, habla de cosas como "pureza jugable" y un tal "Shigeru Miyamoto". Son monoteístas, también. Nadie ha hecho lo que ha hecho Nintendo y te recordarán cada 10 minutos que Game Boy fue el primer gadget de masas -el walkman no cuenta- o que Mario ha vendido más de 500 millones de videojuegos.

También son los más agradecidos. Hace menos de una semana recibía una nota de prensa de Nintendo en la que presumían de presentar a sus primeros personajes nuevos "en 14 años". Tiene su mérito: si cualquier otra empresa cultural se dedicase a vivir de franquicias eternas, durarían... No, espera: Marvel y DC hacen exactamente lo mismo. ¡Superman tiene casi 80 años!

Estatus: son felices.

Él lo ha jugado todo (hasta el siglo XX)

Kong

Defender tu parcela de la historia no tiene nada de malo. Todo lo que te gusta hasta los 12 años lo hará de manera irracional durante el resto de tu vida, aunque trates de argumentarlo. Es así: he tratado con semisuegros entregados a los trenes de juguete; a gente que sabe más de aviones de combate de lo que ningún país en tiempos de paz necesita saber; y yo mismo soy una fuente de conocimiento absurdo de tebeos de las décadas de los 80 y 90.

El retrojugador medio es un tipo normal, al que le pasa lo que te pasará a ti con la música o cualquier otra cosa, algún día: decidió quedarse ahí y no le interesa lo nuevo lo más mínimo. El único problema es cuando intentan justificar el tema con argumentos peregrinos: "los juegos del pasado eran mejores porque..." nunca puede acabar bien. Excepto si la respuesta es "ninjas".

Es el tipo de abuelo cebolleta al que la industria mima, ofreciéndole una y otra vez versiones reeditadas de los juegos clásicos, o ediciones especiales para las nuevas consolas de juegos de hace pocos años. ¿Pagar varias veces por lo mismo? Qué extravagancia, pensarán algunos, que nunca tuvieron la misma peli en VHS, y luego en DVD, y luego en Blu-Ray.

Y he sido bueno: podía haber utilizado la metáfora del vinilo.

Estatus: existe una razón por la que la vida necesita un botón de mute.

Los que reparten carnés de jugador

Angry Videogame Nerd, una parodia demasiado cercana a la realidad

Pocas cosas había más satisfactorias en los 80 que pasarse un juego con cinco duros. No estaban diseñados para que lo hicieras. Estaban diseñados para que durases un rato, quisieses echar otra moneda y durases un poquito más. A las compañías de videojuegos no les gustaban los buenos jugadores: les hacían perder dinero. Y a la gente normal le daban igual los buenos jugadores.

Recuerda el primer día que te acabaste Shinobi con una moneda. Llegaste al colegio a la mañana siguiente esperando fanfarrias, una alfombra de pétalos, que las nubes se abriesen y un rayo de sol meticulosamente apuntado iluminase tu rostro de titán de la palanca. En mi cabeza pasó así. También recuerdo que ese día en el recreo volvieron a NO escogerme para jugar al fútbol. Ni de portero.

Los abuelos cebolleta hardcore todavía están esperando la fanfarria. Ellos se pasaron Shinobi, y su último año de vida lo han dedicado a conseguir la mejor puntuación en el Comecocos, algo que en su cabeza les hacer mejores que el resto de los seres humanos, les legitima para decir quién es un buen jugador y quién no. ¿Porque tú, qué? ¿Has metido un gol de chilena en el FIFA? ¿Has ganado una ronda con tus colegas en Call of Duty? Tú... Tú...

You Know Nothing

Estatus: Cómprales algo llamado Bloodborne. Es un juego de PlayStation 4 con muy mala leche, de un puñado de japoneses que se alimentan de las lágrimas de los jugadores. A este tipo de jugador le parecerá fácil, pero al menos te dejarán tranquilo una temporada. Y, por supuesto, no les va a gustar: es de 2015.

El de "la Play"

La segunda generación de cebolletas, mis favoritos. No supo lo que era una máquina recreativa, salvo esa cosa que bailaban Marta y sus amigas en el instituto. No le puedes hablar de Game Boy, de Atari 2600 o de nada previo a 1997. No lo conocen, no les interesa, no saben quién es el Comecocos o los Marcianitos. Su vida de jugador empezó con PlayStation, que encarnaba a la perfección el malotismo de una década: héroes macarras, espadas gigantes, puños de hierro.

Le mola God of War porque no es un videojuego: es una portada de disco de heavy metal épico jugable. Nunca lo admitirá, pero lloró con [SPOILER] en Final Fantasy VII. Todavía no sabe que hay otros seis antes de ése. Pero, decía que son mis favoritos porque ilustran lo que es un abuelo cebolleta a la contra. Si un tipo de nuestro listado anterior intenta hacer piña con el de la Play, nuestro protagonista le mandará a zurrir piedras: eso de los juegos viejos es para viejos. Él jugaba a la Play, es un espíritu libre.

Sony es tan consciente de que existe esta división que la campaña de PlayStation 4 se inspiró en ellos. Primero crearon el hashtag #PlayStationMemories y luego destilaron su esencia en un emotivo anuncio que es un puñetazo en el hígado a cualquiera que haya vivido los 90. Su mensaje estaba claro: la mejor década de la historia de la Humanidad (porque fue la de tu adolescencia) y esa consola son uno y lo mismo. El lanzamiento de PlayStation 4 se saldó con más consolas vendidas de las que podía fabricar Sony. Y eso que salieron sin juegos con los que alimentarla.

Estatus: Como los carteles del Primavera Sound, vive en un permanente estado de gato de Schrödinger entre las cuatro consolas PlayStation hasta la fecha. Tememos por la onda expansiva el día que Sony deje de fabricar consolas.

El Coleccionista

Coleccionista

La especie más fácil de identificar, porque son comunes a todas las aficiones. El coleccionista berserker no es alguien que quiera los juegos para jugarlos: los quiere como fetichismo del objeto. Me ha tocado entrevistar a gente que admite que compra dos copias de juegos viejos; una para tenerlo inmaculado, retractilado, envitrinado y porque no puede meterlo en ámbar como a una mosquito jurásico... Y otra para poder jugarlo.

Fuera de su hábitat natural -allí donde esté su colección- el coleccionista es prácticamente indistinguible de cualquier adulto que tenga una afición, una mascota, un hijo o se haya ido de vacaciones. Sacará el móvil, te enseñará 400 fotos (retroquiebro: vivíamos mejor cuando había que pagar para revelar carretes. Socialmente, digo) y te epxlicará todo lo que considere necesario mientras asientes muy serio. Cuidado: no le des coba. No provoques su interés. Porque te invitará a su casa. Y te enseñará TODO. Hay gente que ha desaparecido en las marañas de cables de sus 37 consolas viejas porque no encontraron el camino de vuelta.

Estatus: Hagas lo que hagas, nunca les preguntes "pero, ¿el juego es bueno" cuando saquen una copia del videojuego más caro del mundo.

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