La Policía de la Paella ataca de nuevo. Su última víctima, un astronauta de la Estación Espacial Internacional

La Policía de la Paella ataca de nuevo. Su última víctima, un astronauta de la Estación Espacial Internacional
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Por todos es conocido el celo con el que algunas culturas protegen sus baluartes gastronómicos, auténticas señas de identidad. Lo vimos hace poco a cuenta de Roma: cuando un empresario instaló una máquina expendedora de pizzas en el centro de la ciudad, los romanos observaron en aquella una afrenta a los principios morales más básicos que han vertebrado desde hace siglos la convivencia de la ciudad. Italia, en este sentido, es uno de los países más beligerantes con su gastronomía.

Pero no es el único.

En un rincón de la península ibérica hay una aldea poblada por irreductibles valencianos que resiste, todavía y siempre, al ocasional extranjero que osa mancillar el buen nombre de la paella. Su radicalización ha sido progresiva. Antaño un plato de campo sobre el que se vertían toda clase de ingredientes que los campesinos encontraban en su día a día, la paella adoptó una forma canónica, que no exclusiva, exportada posteriormente a los millones de chiringuitos espolvoreados por la costa mediterránea. Se convirtió en un cliché y en un trampa reclamo turístico, servida precongelada y a 20€ el plato.

Hoy los valencianos más radicalizados forman una masa proclive a la movilización en defensa de las esencias de la paella. Ejemplos los hay a raudales. Ni siquiera hace falta remontarse a las atrocidades perpetradas por Jamie Oliver. Basta con acudir a los cocineros estadounidenses que desde sus canales de YouTube advierten a su audiencia sobre los peligros de llamar "paella" a lo que no es más que un "arroz con cosas". Son conscientes de lo controvertido de la palabra, cual dibujante danés sopesando los pros y contras de dibujar a Mahoma.

La Policía de la Paella es hoy un cuerpo de élite que acosa en redes sociales a todo aquel que confunde "España" con "Valencia" o que tilda de "paella" a una amalgama de ingredientes dispares mezclados con arroz y cocinados sobre cualquier suerte de sartén plana. Nosotros lo sabemos, algún chef anglosajón también. Pero no todo el mundo está al tanto. El último incauto en pisar tan resbaladizo terreno ha sido Shane Kimbrough, astronauta destinado en la Estación Espacial Internacional.

Kimbrough se ha convertido en una pequeña celebridad en redes sociales gracias a las fotos que comparte de la superficie terrestre. Allá donde sobrevuela un país, una ciudad o un accidente geográfico reseñable, nuestro hombre toma una imagen y la sube a Twitter para deleite de sus seguidores, asomados a una perspectiva del mundo que jamás podrán disfrutar en primera persona. Ya sea sobre el nacimiento del Nilo, sobre la península de Punta Mita o sobre el estrecho de Hormuz, Kimbrough agarra su cámara y hace una fotografía. Es un hombre muy querido por ello.

No tomarás su nombre en vano, etcétera, etcétera. (Stijn Nieuwendijk)

Un día a la Estación Espacial Internacional se le ocurrió sobrevolar España. Kimbrough procedió a cumplir con su rutina habitual. Sacó su aparato, tomó una fotografía de la ciudad sobre la que en ese momento se posaba y la compartió en sus redes sociales. La agraciada en cuestión fue Salamanca, completamente despejada al paso de la EEI. Junto a la imagen, el astronauta añadió el siguiente texto: "¡Hola España! Volamos sobre Salamanca hace poco y el río Tormes estaba completamente a la vista. Ojalá hubiéramos podido disfrutar de una paella espacial aquí arriba".

Craso error.

Automáticamente, la Inquisición de la Paella tomó cartas en el asunto. "La paella es valenciana yankee de mierda", le espetó un respetable usuario. "Las famosas paellas de Salamanca, junto a unas tortillitas de camarones", ironizó otro. "Cientos de miles de millones de dólares invertidos y te plantan la paella en Salamanca. Glorioso tú", planteó uno más. Las respuestas directas al mensaje no fueron mucho más amables: "Con todo el cariño, señor astronauta, si vas a Salamanca no pidas paella, hazme el favor". Algunos se lo explicaron en su lengua vernácula: "Paella is not typical from Salamanca. The typical rice dish is chanfaina.  Vaya guiri el puto astronauta".

A las pocas horas el tuit acumulaba más interacciones que ninguno otro publicado por Kimbrough. España inició así la enésima batalla por el rol de la paella en su gastronomía. Ya no se trataba sólo de valencianos escandalizados por la re-asignación de su plato a otras provincias del país, sino de los salmantinos, conscientes de la guerra cultural en ciernes, reivindicando sus platos tradicionales. "In Salamanca the typical rice is not Paella, it is Chanfaina.  But thank you very much for remembering this city", le sugirió un vecino. "Paella in Salamanca? better ask for some hornazo", le planteó otro. "Si alguna vez vas a Salamanca pide hornazo, chanfaina o patatas meneás, NO paella", resumió otra.

Nuestro astronauta se vio así sumergido en ese torbellino de emociones al que llamamos "España". Como es habitual, la conversación se hizo más y más grande por la participación de miles de usuarios criticando la reacción airada tanto de valencianos como de salmantinos. "A ver. El tipo intenta ser majo. Seguro que cualquiera de nosotros mezcla algo de tejas, de donde es él, con cosas de Virginia", razonó uno. "Un astronauta de la NASA increpando a varias provincias al mismo tiempo", evidenció otro. "Ostras, la turra que le han dado por la P-palabra", bromeó otro, en referencia a la "N-word" del idioma inglés sobre la que hablamos hace poco.

A Kimbrough, en definitiva, le hemos dado una monserga insoportable entre todos. España ya se ha convertido en el amigo turras que a las 22:00 de la noche promete no hablar de política y que a las 03:00 y tras varias copas en el cuerpo diserta críticamente sobre el artículo 148.1 de la constitución. Es imposible hablar de comida con nosotros. Cualquier extranjero bien avenido que mencione nuestros platos más típicos, muy en especial la paella, se arriesga a caer presa de las particularidades regionales tan consustanciales a nuestro país, y cuyo exquisito conocimiento parecemos exigir al resto de seres humanos del planeta.

España así ha decidido hacer caso omiso a uno de los memes más populares de los últimos años ("Let people enjoy things", cállate y "deja que la gente disfrute") y amargar la experiencia gastronómica de sus turistas con un manual de instrucciones sobre el significado cultural e identitario de cada plato. Y en este teatrillo de la indignación juega un rol prominente de la paella. Hoy sus defensores más extremistas, la Inquisición de la Paella, no cejan en la persecución del infiel que ose confundir el mero arroz con cosas del resto de la península con su sacrosanta receta, codificada por los dioses en las tablas de la ley desde tiempos inmemoriales.

Para la próxima vez ya has escarmentado, Shane.

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