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Se puede querer más a tu cabra que a tu pareja. La ciencia avala al chico de La Isla de las Tentaciones

Se puede querer más a tu cabra que a tu pareja. La ciencia avala al chico de La Isla de las Tentaciones
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El último episodio de La Isla de las Tentaciones, el indescriptible reality show que ha cautivado a medio país, nos dejó uno de los testimonios más estremecedores de la historia de la televisión española: "Yo no me voy a mojar a la hora de decir si quiero más a mi novia o a mi cabra, creo que podemos ser felices todos". Tan gruesas palabras las firmaba Hugo, uno de los protagonistas del programa. Se defendía así de las acusaciones que uno de los tentadores de su novia vertía sobre él.

A los pocos segundos "la cabra" era tendencia en toda red social que se preciara. ¿Cómo es posible querer más a tu cabra que a tu pareja?

La evidencia. Siéndolo. La ciencia tiene algo que decir al respecto. Hace ya algunas décadas un investigador de la Universidad de Lancashire, Reino Unido, se propuso abordar desde un punto de vista psicológico el motivo por el que los seres humanos desarrollaban un vínculo tan fuerte con sus mascotas, fundamentalmente perros. Su conclusión es inequívoca: muchos seres humanos desarrollan una relación con sus mascotas tan intensa y co-dependiente como con un familiar.

Su muerte puede causar trastornos emocionales tan elevados como las de un amigo.

¿Por qué? El perro, como sabemos, es la forma de mascota más común de los españoles. Pero hay otras. En ocasiones tan excéntricas como las de Hugo. El trabajo abordaba la explicación al fenómeno desde un punto de vista darwinista. Las mascotas evocan "respuestas humanas que han evolucionado para facilitar las relaciones humanas", fundamentalmente las que atañen a un padre y a un hijo. Los perros o las cabras, así, mimetizan las tareas de cuidado, protección y educación que podríamos dar a un hijo, atribuyendo al animal mecanismos mentales antropologizados.

No hay que ir muy lejos para observar cómo este proceso puede desarrollar vínculos muy fuertes entre un dueño y su mascota. "Los humanos pueden obtener más satisfacción de su relación con su mascota que con los humanos, dado que sustituyen un tipo de relación incondicional ausente en otros seres humanos", sugiere el autor. Dicho de otro modo: proyectamos en nuestros perros/cabras el ideal de relación que a menudo deseamos, fiel, siempre presente, dependiente, con nosotros al mando.

Más elementos. ¿Puede darse el caso de que una persona arrastre siete años de relación con su cabra y un vínculo endeble y quizá no muy saludable con su pareja, llegando a equiparar a ambos? Sí. Como han observado otros estudios (y un mero vistazo a tu entorno social), la llegada de una mascota al hogar trastorna de forma decisiva los hábitos y las rutinas de los humanos. En especial de los perros. Los horarios se adaptan a sus necesidades y también decisiones críticas, cómo dónde viajar, a qué restaurante acudir o qué gastos priorizar en el hogar.

Estrés, recompensa, dolor. Esto puede inducir a cierto estrés a los dueños. Pero también a un vínculo acrecentado, al colocar a la mascota en el centro de su propia existencia. Sin la una la otra es un poco menos. Esto explica por qué la muerte de una mascota es tan traumática, mimetizando los procesos de duelo para otros humanos. Algunos trabajos han evidenciado cómo muchos dueños creen escuchar los gemidos de su mascota, observar su sombra o percibir su respiración los días inmediatamente posteriores al fallecimiento. Tal poder ejerce el vínculo.

Más dependientes. En Hugo, un chaval gallego que podría pasar por el más convencional de los participantes, se juntan además los tics de una generación, la millennial, cada vez más enganchada a sus mascotas: en su demanda ha crecido casi un 50% entre las cohortes más jóvenes durante el último año; y en Estados Unidos las personas entre los 18 y los 35 años ya representan al 35% de todos los dueños, por encima de su peso demográfico real. El futuro se parece más a una pareja con perro que con hijo; y ya se comen casi el 10% del sueldo más típico de España.

En fin, es un vínculo muy, muy especial. Llámese perro o cabra. Hugo, el pobre, tiene a la ciencia de su lado en su defensa.

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