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Tengo un huerto y el coronavirus va a acabar con él: "La verdura se está pudriendo y no puedo sembrar"

Tengo un huerto y el coronavirus va a acabar con él: "La verdura se está pudriendo y no puedo sembrar"
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Han pasado tres semanas completas desde que el gobierno decretó el estado de alarma en todo el país para controlar la epidemia del coronavirus. Tres semanas de aplausos a las ocho de la tarde, directos de Instagram, maratones de Netflix y videollamadas. Todo con el objetivo de no aburrirnos y, por supuesto, no contagiarnos.

Conforme pasan los días y el cansancio va haciendo mella, aparecen nuevos debates, nuevos roles y nuevas exigencias. Si hace una semana el protagonismo recaía en los "policías de balcón" que vigilan a todos aquellos que bajan a comprar más barras de pan de "las consideradas esenciales", ésta se centra en el debate de los niños y el confinamiento. Sin embargo, en mitad de ambas, hay otro colectivo que comienza a cuestionar la rectitud de las medidas del estado de alarma: los hortelanos.

El real decreto aprobado el pasado 14 de marzo regula los movimientos que no estén relacionados con actividades esenciales y limita el desplazamiento a segundas residencias, lugar donde algunos ciudadanos tienen un pequeño huerto que atender. La única excepción contemplada en el anexo del Real Decreto publicado el 19 de marzo permite los desplazamientos de aquellas personas que tengan animales domésticos o ganado a su cargo, pero según informa la Policía Nacional de Avilés esto no les autoriza para recoger la cosecha o cultivar la tierra. Lo mismo aclaran desde el gobierno de Aragón y el de Valencia.

Sin embargo, conforme transcurren las semanas, algunos municipios y comunidades autónomas han comenzado a integrar algunas excepciones que permiten la agricultura de autoconsumo. Por ejemplo, la consejería de Agricultura gallega ha aprobado recientemente una medida que permite atender las huertas personales, siempre y cuando éstas se encuentren a menos de 500 metros del domicilio y no haya más de dos personas en la finca.

"Este año nos jugamos la huerta"

La realidad de Jesús Pascual, jubilado natural de La Rioja, es muy distinta a la de los agricultores no profesionales de Galicia. Desde que se decretó el estado de alarma, el ayuntamiento de Arnedo ha prohibido explícitamente el desplazamiento a las huertas. En esta zona del valle del Cidacos, el ocio en torno a la huerta está muy presente durante esta época del año, lo que lleva a la gente a reunirse para asar los ajos que previamente han recogido de su propia cosecha.

"Aunque echo en falta pasar la mañana en la huerta respirando aire fresco, entiendo la prohibición impuesta por el alcalde. La picaresca española es muy mala y si nos dan una uña, cogemos el hombro", explica comprensivo a pesar de ver cómo parte de su cosecha se pudre por no poder recogerla.

 

En una situación similar a la de Jesús se encuentra Toña García, auxiliar de enfermería residente en Avilés y que practica la agricultura de autoconsumo desde hace años en una aldea situada a 11 kilómetros de la ciudad, Pulide. "El confinamiento por el coronavirus ha coincidido justo con las semanas más importantes del calendario de siembra. A finales de febrero, es el momento de arar la tierra y dejarla oxigenar para comenzar a sembrar a partir de mediados de marzo. Por ejemplo, ya tenía que haber sembrado las patatas de este año y todavía no he podido", comenta.

Aunque diferentes asociaciones han comenzado a reivindicar la permisividad de la agricultura de autoconsumo, por el momento hortelanos como Toña prefieren ser responsables y mantenerse en sus casas. Ligeramente diferente es el caso de Victoria García, otra vecina de Avilés que tiene una finca en Pillarno, pueblo situado a 8 kilómetros de la ciudad. Ella tiene gallinas que alimentar y por eso acude varias veces a la semana a recoger huevos y darles pienso.

"Nosotros tenemos la tierra preparada y lista para sembrar, pero no sé cuando plantaremos. Debido a la prohibición, solo subimos por las gallinas y nos volvemos para casa, pero esta situación pone el peligro la producción de todo el año porque las hortalizas que se deberían estar plantando ahora, si se plantan más tarde se van a ver perjudicadas en crecimiento y desarrollo", sostiene.

Jesús coincide con su postura y tampoco se muestra muy optimista: "Este año nos vamos a jugar la huerta. Por ejemplo, la alubia verde que deberíamos plantar en jueves santo, a saber cuándo podremos cultivarla".

Hecha la ley, hecha "la trampa"

Según las medidas recogidas en el Real Decreto, se prohíben los desplazamientos por mucho que, en circunstancias como la agricultura de consumo, éstos tengan que ver con mantener el autoabastecimiento de alimentos. Pero ¿qué sucede en aquellos casos en los que el huerto esté ubicado en el propio domicilio?

Estas circunstancias son las que afectan a personas como mi abuela Antonia, una mujer de 73 años que también vive en Pillarno y para la cual la huerta es uno de sus pasatiempos favoritos. Tal es su compromiso y afición por cultivar sus propios productos que para ella es una forma de cuidar la alimentación de toda la familia. Y aunque tiene la huerta ubicada dentro de su propiedad privada, ha tenido que buscarse la vida para poder hacerlo porque, debido a toda esta situación, no había comprado semillas ni plantas germinadas que poder sembrar.

 

Como no tiene carnet de conducir y en el pueblo no hay comercio de ningún tipo ha tenido que recurrir a una medida ideada por ella misma y que, sorprendentemente, entra dentro de la legalidad actual. Así, cuando le pregunto si está pudiendo sembrar algo dadas las circunstancias, me contesta que sí y me explica su plan de actuación:

"Le he pedido a Avelino (su cuñado) que me compre las simientes y me las traiga cuando venga a dar de comer a los caballos. De momento, solo me ha traído unas tomateras para empezar a plantar, pero seguramente le pida más cosas porque él me las deja debajo de casa en una bolsa y yo las recojo cuando se va. No nos vemos ni nos tocamos", aclara para dejar constancia de la legalidad de todo el procedimiento.

Y es que, además del placer que genera cultivar tus propios productos, dejar de hacerlo por el coronavirus supone tener que comprar durante los próximos meses todas aquellas verduras que no has podido cultivar en tu propia parcela.

Si tenemos en cuenta que comprar un pack de 12 plantas de lechuga en una tienda de fitocultura ronda los dos euros, estamos hablando de que cada una de esas lechugas tienen un precio final de 0,16 € cada una. En esta línea, Toña reconoce que gracias a cultivar sus propios productos, anualmente, puede llegar a ahorrarse "entre 200 y 300 euros de compra".

"En plena sociedad de la inmediatez, el huerto te obliga a parar"

"Actualmente vivimos inmersos en la tendencia de quiero esto y lo tengo ya y con el huerto pasa todo lo contrario. Hay unos factores aleatorios como la climatología o las características de la tierra que tú no controlas y no puedes imponer y eso te obliga a bajar el ritmo y conectar con otro que es más natural al ser humano. Vivimos en unos niveles de estrés que no son naturales", explica Constantino, psicólogo y uno de los promotores de Las Salguerinas, una asociación de dinamización cultural de la zona rural.

De hecho, el razonamiento que describe Constantino es precisamente el que me llevó a mí también a comenzar a cultivar. El hecho de teletrabajar y escribir diariamente en internet, inconscientemente, me llevaba a buscar alternativas de ocio al aire libre que me ayudasen a conectar con el plano físico de las cosas. Y, a pesar de no llevar muy bien el tema de los insectos, acudir a la huerta de mi abuela y aprender de ella el arte de trabajar en la producción de nuestros propios alimentos me ayudaba a desconectar de todo. Lo que muchos consiguen yendo a yoga, yo lo lograba plantando lechugas.

 

Pero no soy la única. El bienestar emocional asociado a la agricultura de autoconsumo es más común de lo que creemos. Tanto es así que el huerto forma parte de algunas de las terapias que se llevan a cabo en colegios de educación especial y otras comunidades terapéuticas.

Según Constantino, esto se debe a que "existe una relación entre las actividades manipulativas y el bienestar emocional" y añade que tareas como el huerto, que nos obligan a mantenernos en el momento presente, "pueden servir como niveladores del sistema nervioso autónomo, el cual se encarga de regular funciones inconscientes del ser humano como la respiración o el latido cardíaco", explica.

No es de extrañar que apasionadas de la huerta como Victoria califiquen esta tarea como "salud" y otras como Toña se refieran a la agricultura como "un antídoto que necesita en su vida diaria" y que, ahora a causa del coronavirus, echa más en falta que nunca.

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