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Un profesor de instituto nos explica las tres modas que lo han petado este curso (y que morirán en verano)

Un profesor de instituto nos explica las tres modas que lo han petado este curso (y que morirán en verano)
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Por Javier Orna.

¡Hay que ver que bonita que es la adolescencia! Mientras una sopa de hormonas conquista y cambia radicalmente nuestro cuerpo, empezamos a reivindicar nuestra recién nacida personalidad. Hasta la llegada del primer pelo en el bigote/grano en la frente somos meras marionetas de nuestros padres, que nos manejan a su antojo y aguantan nuestras rabietas a sabiendas que la situación siempre se resolverá a su favor.

Sin embargo, con la llegada de la adolescencia, y pese a que algunos siempre hemos sido muy de someternos, es inevitable que aparezcan los primeros conatos de rebelión. ¿Y qué mejor manera de rebelarse que inventarse movimientos/saludos generacionales y/o utilizar juguetes estúpidos para sacar de quicio a los adultos? Porque va de eso, ¿no? De jodernos.

Pues bien, si lo que quieren es que perdamos los nervios, que nos exaltemos y que contemplemos esta generación como la que marcará la caída de la civilización occidental as-we-know-it necesitan un cuartel general donde perfeccionar sus modas. ¿Y qué mejor lugar que ese al que los llevamos los adultos para crear de ellos los hombres y mujeres del mañana? ¿Qué mejor lugar que el colegio? Nos tienen cogidos por los huevos, señoras y señores, a nosotros, profesores, y a los padres.

Porque, sí, es cierto. Aprenden. A veces, sorprendentemente, más de lo que parece a primera vista: la capital de Etiopía, los países que atraviesa el Danubio, los verbos irregulares del inglés, se comenta que incluso un estudiante llegó a derivar bien. Pero, ¿merece la pena? Quiero decir, ¿hasta qué punto es positivo que aprendan conceptos teórico-prácticos si luego vuelven a casa volteando una botella de agua con el único fin de dejarla de pie?

Y, es que, si bien es cierto que cada cierto tiempo tenemos modas nuevas entre los adolescentes, lo de esta temporada 2016-2017 está siendo epatante. Un aplauso para los creadores.

El spinner: la peonza 2.0 omnipresente

¿Qué pasará cuando dentro de veinte años los niños/adolescentes de hoy en día rememoren los juguetes de su juventud? ¿Es un juguete generacional o es una moda pasajera de la que nadie se acordará en unos meses? ¿Sabéis todos qué es este trasto?

La historia es de sobras conocida a estas alturas: Catherine Hettinger creó el spinner hace más de dos décadas con el simple objetivo de entretener a su hija con TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad). Parece que ésta peonza plana, de tres brazos unidos en un eje central por un rodamiento y de giro ad eternum, pese a satisfacer las necesidades lúdicas de su hija y otros niños con TDAH, no era lo suficiente lucrativa para seguir pagando la patente así que, en 2005, la creadora dejó de pagar los 400 dólares necesarios para renovarla.

Spinner El cacharro mágico. (Pixabay)

Quien le iba a decir que doce años después su producto iba a estar girando en manos de, prácticamente, el 100% de los niños de entre cinco y quince años de edad.

La verdad es que el cacharro engancha. Hace unas semanas tuve la oportunidad de requisar uno a un alumno (sí, queridos lectores, tengo la bendita suerte de ser profesor, así que cuando hable de modas adolescentes háganme caso que sé de lo que hablo). Bueno, he de decir que la decomisación fue más o menos buscada. Llevaba unos días viendo jugar a los chavales con la tontada esta y tenía curiosidad así que a las primeras de cambio y, tras haber realizado el aviso oportuno comprobé que uno de los despistados de clase seguía con el spinner entre las manos.

Quien le iba a decir a Catherine Hettinger que doce años después su producto iba a estar girando en manos de el 100% de los niños

Henchido de coraje y con la superioridad moral que te da el saber que tu veredicto es inapelable, me acerqué hasta el pupitre donde estaban las manos, les expuse su pena y me llevé mi trofeo. Tras la requisación tuve el intenso deseo de juguetear con el cacharrito pero no hubiera sido la imagen más adecuada para la clase, así que me lo metí en el bolsillo y seguí la clase. Una vez acabada ésta, ya en el departamento, extraje el trofeo y, con orgullo de cazador de tesoros, se lo mostré a mis compañeras mientras lo hacía girar con bastante poca pericia.

El caso es que éste incidente se ha repetido desde entonces, si hubiera querido podría tener el cajón de mi escritorio lleno de spinners. Están por todos lados: en los pasillos, en el recreo, incluso en las aulas.

Entiendo que como moda pasajera pueda tener su pequeño atractivo: es barato, fácil de conseguir y entretiene. No obstante, tras haber tenido uno en mis manos durante dos semanas (el viernes ya se lo devolví al pobre chaval), considero que es un juguete sin futuro. Destinado a caer en lo más profundo de las cajas de juguetes de miles de adolescentes antes de que llegue el otoño.

Si bien es cierto que el verano es la época más incierta del año y cualquier cosa puede pasar en los próximos tres meses.

El bottle flipping: la manía obsusivo-compulsiva

Uno (¿el único?) de los aspectos positivos de la aparición del spinner ha sido la paulatina marginalización de otra de las modas clave para entender éste año escolar: el bottle flipping AKA la botella AKA bottle flip.

El bottle flipping es uno de los juegos más baratos que existen ya que tan sólo se requiere una botella de plástico medio llena y un poco de pericia. Para realizar esta actividad hay que tomar la botella por el cuello, lanzarla de tal modo que rote en el aire y caiga recta sobre su base. Imagino que una vez se ha practicado lo suficiente como para interiorizar la cantidad de fuerza necesaria, el grado exacto de flexión de muñeca y el momento indicado del lanzamiento, la dificultad no ha de ser excesiva.

Sin embargo, hay variables como la cantidad de líquido en la botella, la fricción con la superficie receptora, la fuerza del viento (solamente en modalidad outdoor) o el diámetro de la base, que harían las delicias de los profesores de física más imaginativos.

Lamentablemente, el arriba firmante y la física acabaron su relación, no en muy buenos términos, al final de segundo de Bachillerato. De modo que, ¿por qué veo problemas de física embotellados girar frente a mí en el recreo, en el pasillo e incluso en las aulas? No me malinterpreten, estoy a favor de cualquier juego, por estúpido que sea, que aleje a los alumnos de las pantallas del móvil, pero cuando hay agua presente en cualquier actividad el fin de ésta no será otro que empapar la ropa o el bocadillo del estudiante menos avispado.

El dab: el trolleo definitivo al mundo adulto

Si la presencia de la botella y el spinner se podían justificar (siempre en términos relativos) bajo la premisa de que "al menos los chavales no están todo el día con el móvil en las manos", lo del dabbing es, simple y llanamente, injustificable.

La Wikipedia define dab como "un paso de baile urbano en el que el bailarín deja caer la cabeza mientras este está levantando un brazo y el codo, en un gesto que recuerda a un estornudo". Quizá no sea una definición muy exacta así que, si todavía siguen sin saber a lo que me refiero, vayan a Google y busquen "dab". ¿Ya? Bien, ya podemos continuar.

Creado por Skippa Da Flippa en Atlanta a finales del 2015, el dab se convirtió en un gesto característico de la escena de trap en esa ciudad. No obstante, su popularidad despegó definitivamente cuando Cam Newton, quarterback de los Carolina Panthers, lo realizó al anotar un tanto en un partido a mediados de noviembre de 2015. De Carolina al infinito.

Desde entonces hemos visto dabs realizados por celebrities en las situaciones más variopintas. Desde el jugador del Manchester United Paul Pogba hasta el mismísimo Prince Harry pasando por Hilary Clinton, última candidata a presidente de los Estados Unidos. No obstante, parece ser que el virus no ha llegado a la península con la misma fuerza con la que ha asolado otros puntos cardinales del globo... Por ahora.

Flip Dos En Uno Dos en uno.

Conviene recalcar que yo, como ser humano, no tengo nada en contra del dabbing (ni nada a favor, claro está). Además en clase, al menos donde yo trabajo, no está tan extendido como el spinner o el bottle flipping, por lo que, para mi yo docente, es posible que el virus del dab no consiga pasar el cortafuegos del verano. Es posible, digo, ya que el otro día presencié el primer conato de contagio en una clase de 1º ESO y una vez que esto ocurre la enfermedad se extiende irremediablemente. Os dejo una breve teatralización de la situación:

Alumna A: "Co, alumno B, pásame la goma".
Alumno B: "Toma".
(Goma vuela pero alumna A es incapaz de cogerla y se le cae al suelo)
Resultado = la alumna hace un dab.

Por si no se han dado cuenta, esta situación introduce un nuevo contexto de uso para el dabbing: el ridículo. Hasta ahora lo habíamos visto en selfies, en celebraciones, en programas de televisión, incluso en el parlamento británico, pero el la realización de un dab en un contexto de ridículo social parece ser nueva. Así que andad con mil ojos porque el virus ha mutado y es más letal que nunca.

Si esto te parece absurdo es porque no recuerdas lo que hacías en tu infancia

¿Pero quiénes somos nosotros para creernos mejores que los adolescentes actuales? Oigo criticar la moda de los spinners y/o las botellitas y pienso: ¿es qué vosotros nunca habéis sido adolescentes? ¿Es qué en vuestra época no había juegos absurdos?

Como ocurre siempre que rememoramos modas desde una perspectiva temporal, tendemos a dulcificar sus aspectos negativos y a subjetivizar su importancia porque, obviamente, éramos nosotros quienes jugábamos con ellos y la memoria es narcisista. No obstante, querido lector criado en los diez años gloriosos que van desde 1988 hasta 1998, ármate de valor y pídele hoy a tu madre su opinión sobre "La mano loca" o el "Blandiblub". Benditas guarradas.

La mano loca: elástica, pegajosa, horrenda

¿Os acordáis? Una mano elástica y pegajosa unida a una especie de cordel igualmente elástico y pegajoso. Qué divertido era este látigo pringoso para fustigar a tu hermano pequeño, atarlo a tus juguetes favoritos o pegarlo en las baldosas de la cocina de tus abuelos. ¿Recordáis cuando se caía al suelo y se llenaba de polvo y tierra? Había gente (los menos) que lo lavaba con jabón antes de volverlo a pegar en las baldosas de la cocina de sus abuelos.

Sin embargo, lo que hacíamos el común de los mortales era recogerlo del peor charco de Escocia y, sin más dilación, volver a utilizarlo en cualquiera de sus tres funciones principales, véase: fustigar hermanos, embadurnar baldosas y atar juguetes.

El blandiblub, o slim, o whatever

Segunda cochinada del día: el blandiblub AKA slime. Que levante su limpia mano quien nunca haya tocado uno de estos engendros salidos del mismo infierno. Que levante su limpia mano quien no querría tener ahora uno al lado. Qué tacto. Qué olor, queridos amigos. It’s heaven in a can.

Va, que me estoy emocionando. Ya sé que debería haber empezado por la descripción del producto pero me he dejado llevar. ¿Qué es el blandiblub? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Pues bien, el blandiblub es un producto verde de apariencia y tacto intensamente viscoso hecho de goma guar y borax que causó furor entre 1976 y 1990. Es curioso, pues este último compuesto se utiliza ampliamente en la elaboración de jabones y detergentes, así que realmente nos estábamos limpiando las manos (o la cara, o el pelo de tu hermano).

He de añadir que, pese a que el juguete ya era divertido en sí mismo, alguna mente preclara tuvo la ingeniosa idea de añadirlo a juegos de mesa o a muñecos He-man hacia mediados de los ochenta, con lo que su índice de "molabilidad" se disparó hasta niveles estratosféricos.

Los tazos, el paraíso hecho Diógenes

Bastante más parent-friendly que cualquiera de los dos ejemplos de juguetes antediluvianos recién mencionados, los tazos aparecieron en el mercado europeo en los primeros años noventa, causando furor entre los más jóvenes.

Eran circunferencias de unos 2-3 centímetros de diámetro (aunque luego aparecieron variaciones en tamaño y grosor) que en una cara tenían diseños variados dependiendo de la marca que los patrocinara (desde personajes de Looney Tunes hasta Pokémon) y en la otra un sistema de puntos utilizado para jugar con ellos.

Tazos

Hablando de jugar; no ha habido un juego en la historia de la humanidad con tantas reglas y tantas variaciones en su utilización. Depende de la cuadrilla de amigos que tuvieras o el barrio donde vivieras, jugabas a los tazos de una manera o de otra: a derribar la torre, a vida o muerte, a empujar (como a las chapas)... las opciones eran infinitas.


Espero que este trayecto a lo largo de lo más abyecto de las modas de juventud haya servido de algo y que la próxima vez que veáis a un grupo de chavales jugando a dejar una botella de agua de pie, girando un spinner o, incluso, haciendo un jodido dab, recordéis que vosotros también tenéis una mancha oscura en vuestro pasado, queridos lectores, que eso de que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor es mentira y que, si vosotros tuvieseis su edad posiblemente estaríais haciendo lo mismo.

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