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California experimentó con la renta básica universal. Sus receptores trabajaron más que antes

California experimentó con la renta básica universal. Sus receptores trabajaron más que antes
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La aplicación de una renta básica universal lleva décadas creando un debate sobre sus beneficios y desventajas en gran parte del mundo. No han sido muchos los países que han dado un paso al frente en este tipo de medidas por ahora, más allá de experimentos de una duración determinada. Como hemos contado anteriormente en Magnet, algunos estudios reflejan que algunos casos de aplicar una renta básica universal han sido positivos tanto para el mundo laboral como para conseguir mejoras sociales.

Y es que la cuestión crucial en el debate se debe principalmente al escepticismo que existe en torno al posible desincentivo de trabajo que puede ocasionar. No obstante, un estudio reciente de una ciudad en California concluye lo contrario: se trabaja más.

El experimento. La ciudad de Stockton, California (EEUU), se embarcó en un experimento hace dos años. Consistía en distribuir 450 euros al mes a 125 personas durante 24 meses, sin condiciones ni requisitos laborales. Las personas fueron elegidas al azar de vecindarios sobre o por debajo del ingreso familiar promedio de la ciudad, y eran libres de gastar el dinero como quisieran. Mientras tanto, los investigadores estudiaron qué impacto tenía el dinero en efectivo en sus vidas.

Trabajan más. El hallazgo más sorprendente es que las personas que recibieron el dinero lograron obtener más trabajos a jornada completa que las personas en el grupo de control, es decir, las que no recibieron la Renta Básica Universal. En un año, la proporción de los beneficiarios que tenían trabajos a tiempo completo aumentó del 28 al 40%. Mientras, el grupo de control vio solo un salto del 5% durante el mismo período de tiempo.

¿Por qué? Los investigadores explican que el dinero les dio a los destinatarios la estabilidad que necesitaban para establecer metas, asumir riesgos y encontrar nuevos trabajos. Por ejemplo: un hombre de unos 30 años había sido candidato para una licencia de bienes raíces durante más de un año, pero no la había obtenido porque simplemente no podía permitirse el lujo de ausentarse de su trabajo (el que le daba de comer). Gracias a la libertad que ofrecían esos 450 euros adicionales al mes tuvo más libertad y tiempo par estudiar cómo lograr sus objetivos a largo plazo. Vamos, que cuesta mirar hacia adelante si tu situación actual te está asfixiando de alguna manera.

¿En qué gastaban el dinero? Uno de los inconvenientes en el experimento de Stockton es que aunque cada participante recibió el dinero en sus tarjetas de crédito (para que los investigadores pudieran monitorizar los movimientos), el 40% lo sacó del cajero en efectivo o se trasladó a otro cuenta persona, por lo que los investigadores tuvieron que depender de los participantes para que les dijeran a dónde había ido ese dinero. Del dinero que sí fue registrado en las tarjetas de débito, los destinatarios gastaron la mayor parte en necesidades como alimentos (37%), artículos para el hogar y ropa (22%), servicios públicos (11%) y costos de automóviles (10%). Sólo gastaron menos del 1% en alcohol o cigarrillos.

Aunque estos números no ofrecen una imagen completa del cuadro, ofrecen un contrapunto a los estereotipos dañinos y las suposiciones erróneas: que las personas que se vuelven pobres se vuelven así porque no toman decisiones racionales o se autocontrolan, y gastan dinero gratis en cosas frívolas o sustancias adictivas. La evidencia, en este caso, no apoya estas creencias.

Menos ansiedad y límites. También hubo otros beneficios derivados del programa. Los beneficiarios decían estar menos ansiosos y deprimidos que el grupo de control. En promedio, los receptores "experimentaron mejoras clínica y estadísticamente significativas en su salud mental que el grupo de control no experimentó, pasando de tener un trastorno de salud mental leve a un posible bienestar mental durante la intervención de un año", según los investigadores.

Ese dinero también permitió a los destinatarios ayudar a sus familiares y amigos de alguna forma. En conclusión, sirvió para aumentar la felicidad, la salud, la asistencia a la escuela y confianza en las instituciones sociales, reduciendo al mismo tiempo la delincuencia.

El caso finlandés. El de Finlandia ha sido otro de los experimentos más discutidos sobre la aplicación de la RBU. En aquel programa también los beneficiarios del programa declararon mayores niveles de felicidad. Un 60% de los receptores declararon llegar a fin de mes con holgura, frente a un 52% del grupo de control. Y tan sólo un 22% de los beneficiarios se declararon deprimidos, frente a un 32% del grupo de control.

Los efectos sobre el empleo fueron pequeños pero positivos. Los beneficiarios finlandeses, todos ellos desempleados al comienzo del programa, trabajaron 78 días de media entre 2017 y 2018; el grupo de control, 73.

En España. Hasta ahora, el ejecutivo español no se lo ha planteado, pero sí estudió y aplicó en su lugar un "ingreso mínimo", es decir, una renta garantizada y básica entregada mes a mes por el estado. Eso sí, sujeta a determinadas condiciones y habilitada sólo para un grupo de población concreto: personas sin ingresos con riesgo de caer bajo el umbral de pobreza.

La gestión fue un fiasco. Bien por la pandemia o la situación económica, las tramitaciones llevan meses semi congeladas, con una administración que no da abasto. Lo contamos hace unos meses en Magnet.

En el País Vasco sí funciona. España no necesita buscar referentes demasiado lejanos o remotos para analizar el impacto de un ingreso mínimo vital. Al menos dos comunidades autónomas lo llevan aplicando durante muchos años: País Vasco y Navarra. De media, las rentas mínimas regionales cubren al 8% de personas pobres en España. En País Vasco y Navarra ese porcentaje se eleva al 71% y al 66% respectivamente, por lo que, a priori, es un instrumento mucho más eficaz a la hora de paliar la situación económica de los hogares más vulnerables.

Con condiciones. Los requisitos para adquirir esa renta van en torno a una serie de variables: haber constituido una "unidad de convivencia" (un núcleo familiar sobre el que calcular la cuantía del ingreso) durante el año previo a la solicitud; haber vivido tres años ininterrumpidos en Euskadi, empadronado; tener más de 23 años; y no estar ingresado en centros o residencias sociales, entre otros. La renta mínima del gobierno vasco no sólo es la más extensa, sino también la más elevada: en torno a los 665€ por beneficiario. Las cuantías varían enormemente, no obstante. Para los mayores el máximo alcanza los 765 euros; para las familias sin hijos o las "unidades" de dos personas, los 856 euros; y para las familias con un hijo o más, a los 947 euros o 1.003 euros.

La gran diferencia entre una Renta Básica Universal y una renta mínima garantizada es, además del obvio "universal", la condicionalidad. Los defensores de la RBU siempre destacan el carácter permanente y no sujeto a condiciones de su ingreso, que también es motivo para quienes critican la medida. Y el nuevo experimento californiano prueba otra vez que merece la pena, como mínimo, estudiar su fortalezas.

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