Cómo es posible que Draghi, un economista no electo, sea ahora el primer ministro de Italia

Cómo es posible que Draghi, un economista no electo, sea ahora el primer ministro de Italia
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Como tantos otros primeros ministros en la historia de la república italiana, Mario Draghi ha accedido al cargo con el objetivo no expreso pero sí implícito de salvar a Italia de sí misma. Tan magna e improbable tarea le sienta como anillo al dedo. Hablamos al fin y al cabo del economista que cosió las costuras de la eurozona cuando corría riesgo de perderse por el sumidero de la historia. Para tan ambiciosa empresa contará con el apoyo casi transversal del parlamento italiano, un raro hito en un país en permanente estado de conflagración política.

¿Pero también de los italianos?

Un hecho no ha pasado desapercibido al espectador ocasional del vodevil que siempre interpreta la política italiana. A Draghi no lo ha votado nadie. No acredita acta de diputado alguna. No pertenece a ninguna formación. Su plataforma bien podría ser un misterio para la mayoría de los italianos de no mediar cierta experiencia en tareas políticas, si bien muy apegadas a su condición de banquero. En fin, nada hay más político que gestionar el Banco Central Europeo ante la suspicaz mirada de Alemania.

Si nos remontáramos algunos años atrás, el carácter tecnócrata de su nombramiento habría avivado un acalorado debate público. No quedan lejos los años en los que las discusiones sobre la representatividad de las democracias liberales poblaban las tertulias (aquella época en la que la defensa de nuestro sistema electoral predilecto era una cuestión de vida o muerte). ¿Qué decir entonces de Draghi, un tipo que ha llegado al gobierno sin pasar por las urnas, tras luchas palaciegas y acreditando su condición de mago de la banca como único aval?

A la pertinente pregunta sólo le cabe una explicación igual de pertinente. Una que trate no sólo sobre el carácter imperfecto de la representación democrática, más aún en un sistema parlamentario donde gran parte de la misma se ejerce de forma indirecta, sino también sobre las peculiaridades del sistema político italiano, una suerte de aplicación práctica de todos los apriorismos teóricos que contemplan el resto de constituciones europeas. Pero que sólo se manifiestan en Italia con espectacular particularismo.

Largo historial de tecnócratas

Empecemos por lo más simple: Mario Draghi toma el relevo de Giuseppe Conte, otro tecnócrata no electo que no representaba a ningún partido político. No hay nada de excepcional en este hecho. Italia está acostumbrada a gobiernos de figuras "independientes" que llegan a su cargo precisamente por serlo, fruto de su neutralidad en materia ideológica o de su capacidad para suscitar consensos entre partidos políticos contrarios pero condenados a entenderse. Draghi, en este sentido, goza de un enorme apoyo parlamentario. Su gabinete suma ministros del Movimento 5 Stelle, de la Lega, del PD y de Forza Italia, entre otros.

Es decir, los diputados le apoyan. Draghi no ha llegado al poder tras la oscura maniobra de fuerzas políticas a espaldas de los ciudadanos. Le apoyan tanto que ha solventado sendas votaciones de confianza tanto en el Congreso como en el Senado, allí donde Conte perdió su aliento. ¿Pero cómo exactamente? El ecosistema político italiano es complejo y volátil, lo que dificulta su comprensión. Así que establezcamos un paralelismo.

Draghi
Primer ministro de Italia, POV. (Andrew Medichini/GTRES)

En España elegimos la composición del Congreso y del Senado cada cuatro años. A cada elección le sigue el inicio de una "legislatura". Por norma general y fruto de la relativa robustez de nuestro sistema de partidos, asociamos un gobierno, uno y nada más, a cada legislatura. Durante los meses posteriores a los comicios, un candidato presenta su programa de gobierno ante la cámara y si cuenta con los apoyos suficientes accede a La Moncloa. Este proceso se ha ralentizado y se ha vuelto más complejo conforme la diversidad partidista ha aumentado.

Pero en esencia es simple. Votamos, surge un parlamento, se elige a un gobierno. Ese gabinete sufre más o menos modificaciones (ministro arriba, ministro abajo) durante su existencia, pero no cambia hasta la celebración de unas nuevas elecciones. La legislatura queda asociada a cada presidente y su gobierno (la actual y la anterior a los ejecutivos de Sánchez; las dos previas a los de Rajoy; las dos anteriores a los de Zapatero; y así sucesivamente). ¿Qué pasa si un presidente del consejo de ministros, es decir, del gobierno, presenta su dimisión?

Obtuvimos una pista en 1981, cuando Adolfo Suárez legó su presidencia  Leopoldo Calvo-Sotelo (en su sesión de investidura se ejecutó el golpe de estado fallido). Casi todas las demás legislaturas cobijadas por la Constitución de 1978 han estado indisolublemente asociadas a un presidente del gobierno. Todas excepto dos, la primera, ya mencionada, y la duodécima, fruto de la moción de censura que Pedro Sánchez presentó y ganó frente a Mariano Rajoy. Fue un hecho excepcional que en cierto sentido apuntaló la italianización de la política española, cada vez más dispar, cada vez plagada de más voces, cada vez más inestable.

En Italia las cosas funcionan de otra manera. Legislaturas y gobiernos no van siempre de la mano. Lo normal es que una sola legislatura se formen dos, tres y hasta cuatro ejecutivos distintos, a menudo liderados por figuras dispares y sostenidas por apoyos parlamentarios variables. Esto se debe a la histórica diversidad política de la República Italiana. Pese a que los partidos hoy se presentan frente a sus electores bajo el paragüas de "coaliciones" (de centro-derecha, de centro-izquierda, etcétera), tanto el Congreso y el Senado han estado plagados siempre de diez o doce formaciones.

Conte
Conte también era un independiente. (Tenagli Piero/IPA/ABACA)

Un dato es ilustrativo de este fenómeno: ningún partido en solitario ha conseguido una mayoría absoluta en la cámara baja desde 1948, las segundas, con el país en disputa por las fuerzas aliadas y la URSS. Esto obliga a negociar los ejecutivos y a transacciones constantes. La idea de "el partido que más votos obtiene coloca a su líder al frente del Consejo de Ministros", tan común a la práctica política española, raramente se aplica en Italia. No sólo porque los partidos más potentes se ven obligados a entrar en coaliciones donde un tercero, independiente, arbitra sus disputas (como sucedió con Conte entre la Lega y el M5S), sino porque las propias luchas intestinas de las familias que componen cada partido lo hacen inviable. Democracia Cristiana controló el país entre 1946 y 1981, produciendo en el camino 38 gabinetes y 13 primeros ministros.

Los ejecutivos italianos se sostienen así sobre precarios equilibrios partidistas y parlamentarios. Lo que explica su escasa esperanza de vida. Italia suma 67 gobiernos distintos desde la institución de la república en 1947, a razón de 0,9 por año. Desde 1977 España cuenta a siete presidentes del gobierno y a un máximo de catorce gobiernos distintos; en el mismo periodo de tiempo, Italia acredita casi una veintena y otros tantos ejecutivos distintos. Muchos de los primeros ministros, además, se mantienen en el cargo pero renuevan sus gobiernos con nuevas coaliciones. Entre 1976 y 1979 Andreotti, Il Divo, presentó tres distintos al parlamento (aunque el último no gobernó en la práctica).

Cambiar sin que nada cambie

Semejante carrusel político debe suponer un quebradero de cabeza permanente a los italianos, ¿verdad? Al fin y al cabo parece inviable acudir a las urnas cada año para elegir a un nuevo primer ministro... Y en efecto lo es. Cuando hablamos de la italianización de España por acudir a las urnas tres veces en poco más de tres años no fuimos del todo exactos. Italia cambia mucho de gobierno y de primeros ministros, pero no cambia tanto de composición parlamentaria. De legislatura. Los italianos no votan tanto como su vodevil político insinúa. Sería imposible.

El ejemplo más claro lo tenemos en Draghi. El mismo parlamento que sancionó al segundo gabinete de Conte, una coalición entre el Movimento 5 Stelle y el Partido Demócrata, le ha entregado a él las llaves del país. Rizando más el rizo: la misma relación de diputados que habilitó el regreso de la extrema derecha al poder por medio de la coalición entre el M5S y la Lega ha terminado otorgando su confianza a un sobrio tecnócrata llegado de Bruselas. Todo esto en la misma legislatura. Sin que mediaran nuevas elecciones de por medio. Es un hecho muy italiano que desde España miramos con lejanía y extrañeza.

Sus legislaturas, de hecho, suelen ser largas. Las últimas elecciones datan de 2018. Las anteriores, de 2013, en una legislatura prolongada durante más de cinco años y que produjo tres gobiernos y tres primeros ministros distintos (todos del Partido Democrático y por este orden: Letta, Renzi y Gentiloni). Desde la institución de la República al término de la Segunda Guerra Mundial los italianos no han conocido más de dieciocho legislaturas, un número no demasiado distante de las acumuladas por los españoles (vamos por la decimocuarta). Italia vive crisis de gabinete, no crisis de estado.

Renzi
Renzi tiene la culpa de todo. (Alessandra Tarantino/AP)

Sucede que cuando España elige un parlamento lo normal es que ese parlamento produzca un gobierno. Uno y no más. En Italia esa expectativa roza la comedia. Su decimotercera legislatura (1996-2001) devolvió cuatro ejecutivos, dos encabezados por D'Allema, uno por Prodi y otro por Amato. Digamos que los españoles acudimos a las urnas con el convencimiento de que estamos eligiendo al futuro gobierno, mientras que los italianos se conforman con seleccionar a su parlamento, descontando cualquier posibilidad de predecir qué gabinete terminará produciendo. En cierto sentido, es la democracia representativa llevada al paroxismo.

Esto no quiere decir que Italia sea ingobernable. Dado que la composición parlamentaria varía poco también lo hace la correlación de fuerzas que permite la existencia de uno u otro ejecutivo. Entre 2013 y 2018 todos los gobiernos quedaron bajo el control del Partido Demócrata. Cambiaron las caras, algunos ministros y ciertas políticas. Pero la dirección del país mantuvo un rumbo relativamente fijo. La práctica totalidad de la Primera República (un término informal que define al periodo entre la Segunda Guerra Mundial y el escándalo Tangentopoli) estuvo dominada por la Democracia Cristiana. Todo estaba atado.

Es en este contexto donde hay que encajar la llegada de Draghi desde los márgenes del sistema. Un último apunte para comprender la naturalidad con la que media Italia entiende que un "tecnócrata" sin acta de diputado se aúpe a la cabeza del gobierno: dado el inmenso jaleo en el que se sumerge el parlamento cada año y medio, aproximadamente, el presidente de la República, el jefe de Estado, sí tiene un rol activo en la política del país (similar al que la Constitución de 1978 reserva al rey de España, pero muy amplificado por las necesidades de Italia).

En todos los sistemas parlamentarios es el jefe de estado quien concede a un candidato, a un formateur, la responsabilidad de formar gobierno. Se trata de un paso fundamental. Ningún político puede solicitar la confianza de la cámara sin la designación previa del presidente (o del rey en las monarquías). En ocasiones esta elección es evidente (pensemos en España, donde el papel del monarca siempre ha revestido tintes simbólicos, aunque es algo que ha cambiado durante los últimos años), pero en ocasiones no lo es tanto. Cuando no hay un partido con una clara mayoría parlamentaria, ¿quién tiene derecho a intentar formar gobierno?

Ndreotti
Andreotti sabía torear. (GTRES)

En la legislatura que nos ocupa (con cuatro partidos de distinto signo entre el 14% y el 32% de los votos) el encargado de responder a la pregunta ha sido Sergio Mattarella, presidente desde 2015. Hasta en tres ocasiones distintas ha recurrido a un "independiente" o "tecnócrata": Conte en sus dos primeros gobiernos (con la Lega y con el Partido Demócrata, siempre apoyado por el M5S, la primera formación parlamentaria) y ahora Draghi. Tras la dimisión de Conte (motivada por su ausencia de apoyos en el Senado) y en un parlamento muy fragmentado, Mattarella entendió, con la aceptación de los partidos, que la única figura que podría suscitar cierto consenso y superar una moción de confianza era la de un independiente de prestigio contrastado. Por eso designó a Draghi. Quien aceptó. Y quien obtuvo el apoyo de la cámara, del pueblo.

No se trata de ningún golpe palaciego. A todos los partidos les interesa ahora mismo este movimiento esquivando el quemazón de una crisis sanitaria y económica sin precedentes. Es un proceso legítimo y que podría darse también en España, dado que la CE no exige que el presidente del gobierno sea diputado.

Más importante aún, la elección de un "externo" al sistema como primer ministro no sólo es exquisita desde un punto de vista procedimental (en rigor, los votantes de todas las democracias parlamentarias siempre eligen al parlamento y nada más que al parlamento, y este se encarga luego de escoger a un gobierno) sino que encaja bien con la tradición política italiana.  Coaliciones mixtas, larga tradición de "independientes" como figuras de consenso, gobiernos fugaces y rol activo del presidente en la formación de los ejecutivos. Lo llamativo de Draghi sólo es su expediente y su fama, pero apenas se diferencia de Conte, Azeglio Ciampi o Dini.

El banquero afronta ahora el mismo problema que Mario Monti, el último tecnócrata que aceptó el encargo de formar un gobierno en Italia y fracasó estrepitosamente una vez en el poder. Navegar las turbulentas aguas de Roma. Porque si el sistema permite a hombres como él, sin filiación partidista, llegar con facilidad al ejecutivo es por un motivo muy sencillo: es igual de fácil amortizarlos.

Imagen: European Central Bank/Flickr

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