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Por qué decir "la gripe mata más que el coronavirus" no ayuda a entender el problema

Por qué decir "la gripe mata más que el coronavirus" no ayuda a entender el problema
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En plena escalada de contagios y fallecimientos, una pregunta se ha popularizado entre la opinión pública: ¿realmente es para tanto? La crisis del coronavirus ha paralizado a sesenta millones de personas en el corazón de China y ha impuesto medidas draconianas en Italia, donde el número de muertos ya ronda la decena. Las mascarillas se han agotado. Los geles desinfectantes pueblan los mercados de reventa.

Hay cierto pánico. Los medios no hablan de otra cosa.

Y sin embargo, ciertas informaciones y estadísticas contradicen la gravedad de la situación. Una muy popular durante los últimos días hace referencia a la gripe. ¿Cuántas personas han muerto a causa del COVID-19? Alrededor de 2.700 personas en todo el mundo. Números abultados. ¿Pero sabías que la gripe mata a más de 1.100 personas cada año en España, una cifra probablemente muy inferior a la real, quizá en torno a las 15.000?

Una realidad acallada por la prensa, mientras propaga un alarmismo innecesario entre la población.

Se trata de un relato al alza, fruto de los primeros contagios en España. El coronavirus sería así poco más que un catarro glorificado, una enfermedad que la mayoría de adultos sanos pueden sobrellevar desde su cama, entre dosis de paracetamol e ibuprofeno. Una mensaje que busca ejercer de contrapeso a la ansiedad que, en sitios como Lombardía, se ha apoderado de la población, estantes vacíos y cuarentenas mediante.

¿Cuánto de cierto hay en esta idea? Lo cierto es que contribuye en poco a entender la magnitud del problema o la naturaleza del coronavirus. Si la pandemia se ha apoderado de la actualidad es por el criterio informativo básico del periodismo: la novedad.

"El coronavirus preocupa porque es nuevo", explica Ignacio López-Goñi (@microbioblog), catedrático de microbiología en la Universidad de Navarra. "Habíamos tenido ya episodios similares con el SARS y el MERS, y se ha visto que este coronavirus también puede producir neumonías graves". El COVID-19, nomenclatura para la ocasión, es un virus respiratorio, "y a todos los virus respiratorios hay que prestarles atención", añade López-Goñi.

¿Por qué? La respuesta es sencilla. Las enfermedades respiratorias se cuentan entre las causas de muerte más frecuentes en todos los países del mundo. En España acaban con la vida de unos 50.000 enfermos al año, sólo superadas por las enfermedades circulatorias o los tumores. La situación es más delicada en países pobres, donde las enfermedades relacionadas con el sistema respiratorio copan los índices de mortandad.

Italia Coronavirus Un policía controla el tráfico a las afueras de Casalpusterlengo, en Italia, una de las localidades "cerradas" por el gobierno ante el riesgo de epidemia. (Carlo Cozzoli/IPA)

Es cierto que, hasta ahora, el COVID-19 no ha resultado un virus particularmente letal. Tan sólo el 2% de los pacientes ha fallecido, porcentaje inferior al 5% del SARS o al espectacular 34% del MERS. Pero eso podría cambiar. "La letalidad depende mucho del número de afectados, de la zona en la que ocurra, de la edad. En Hubei, la región más afectada por el virus, la letalidad supera el 2%. Si lo comparas con zonas fuera de China, desciende al 0,4%. Depende mucho del sistema sanitario que tengas", expone López-Goñi.

Es decir, la incidencia del COVID-19 no será la misma en un país rico, como Italia, que en uno donde las tasas de cobertura sanitaria sean inferiores, como Argelia o Irán, donde se cree que la mortalidad ya ronda el 15%. Incluso dentro de un mismo país hay una enorme variabilidad. En China, la letalidad del coronavirus ha oscilado en función de los recursos sanitarios disponibles en cada ciudad o provincia. La saturación hospitalaria en Hubei y la falta de atenciones disparó la mortalidad.

Se trata de un problema que plantea urgencias inmediatas y a largo plazo, y que sólo revelará la verdadera gravedad del COVID-19 cuando llegue, si llega, a países en regiones de desarrollo, muy en especial África. De expandirse masivamente, la preocupación rotaría en torno a la capacidad del virus de establecerse entre la población, añadiendo otro factor de estrés a sistemas sanitarios insuficientes o al borde del colapso.

Un virus estacional y para todos

Esta última posibilidad es la esbozada por Marc Lipsitch, epidemiólogo en la Universidad de Harvard, en un reportaje elaborado por The Atlantic: "El resultado más probable es que la epidemia no se pueda contener". Según Lipsitch, el futuro inmediato al que nos aproximamos es uno donde el coronavirus escapa a cualquier tipo de cuarentena impuesta por las autoridades, se convierte en un virus estacional y contagia a entre el 40% y el 70% de la población mundial. Es decir, una nueva gripe.

"Aún no lo sabemos", aclara López-Goñi, "pero sí podemos estimar qué posibilidades hay de que ocurra. Puede suceder que el virus termine desapareciendo, como sucedió con el SARS, o puede ocurrir que perviva como un virus más endémico y estacional. Es lo que pasó con la gripe de 2009, aún hoy en circulación. El segundo escenario es más preocupante, porque añadiría un virus más al catálogo".

Uno ya atestado y fuente de infinidad de problemas. La gripe es el mejor ejemplo. Sus cifras sirven no tanto para rebajar el grado de alarma frente al coronavirus como para apuntalarlo. En España, en su pico máximo, la gripe contagia a casi 300 personas por cada 100.000 habitantes. Su incidencia anual ronda los 800.000 contagios y los 50.000 ingresados. En todo el mundo, hay más de 5 millones de casos severos al año.

La ifluenza es el virus que más personas ha matado a lo largo de la historia humana y uno de los principales problemas de salud pública en todo el planeta, aunque su letalidad apenas alcance al 0,1% de los afectados. Nadie quiere duplicarlo, lo que ayuda a explicar las extraordinarias medidas adoptadas por los gobiernos de todo el mundo contra el COVID-19.

Milano Coronavirus Tres mujeres pasean por Milán ataviadas con mascarillas. (Marco Passaro/IPA)

Es una amenaza enorme, aunque quizá distorsionada por la intensa atención que recibe. "Es la primera vez en la historia que seguimos una epidemia en tiempo real", opina López-Goñi, "lo que está creando cierto histerismo entre la población". El COVID-19 es un virus difícil desde un punto de vista comunicativo: grave, aunque no de igual modo que otras epidemias nítidamente mortales, como el ébola; combatible, pero no mediante tratamientos sofisticados, sino desde la prevención.

"Ante un virus respiratorio de este tipo, en el que no tienes tratamiento o vacuna, la única forma de control es la prevención y el diagnóstico. Tratarlo cuanto antes mejor para que la mortalidad sea baja", apunta López-Goñi. Es decir, la única batalla posible es evitar el contagio. Una tarea colosal en sociedades altamente comunicadas, y que ha obligado a cuarentenas inéditas y masivas en China e Italia, lo que ha acrecentado la ansiedad y la sensación de alarma innecesaria.

Con todo, hay dos circunstancias que obligan a repensar el relato antialarmista sobre el coronavirus. La primera es el porcentaje de fallecidos. Pese a su relativa menor letalidad, el COVID-19 habría acabado con el 2% de los pacientes. Pensemos en los 800.000 casos de gripe al año y en su mortalidad del 0,1%. Un 2% dispara el número de fallecidos a los 16.000, quince veces más que los registrados por las estadísticas oficiales a día de hoy.

El problema reside en que nadie sabe si ambos porcentajes son reales. Diversos estudios han ilustrado cómo la incidencia de la gripe, tanto en contagios como en fallecidos, puede ser varias veces mayor al recogido por las autoridades. Y tampoco sabemos cuántas personas han muerto a causa del COVID-19. El porcentaje podría ser mayor, dado que habría víctimas no declaradas; o muchísimo menor, dado que habría decenas de miles de personas contagiadas pero no registradas por las autoridades.

Crucero Coronavirus La prensa aguarda al Diamond Princess a su llegada a Yokohama. (AP)

Por último, la idea de que el coronavirus "no es para tanto" porque tan sólo reviste gravedad entre personas mayores o aquejadas por condiciones preexistentes esconde un sesgo perverso. De implantarse a largo plazo como un virus estacional, multiplicaría las amenazas para la salud de millones de personas en todo el mundo y para un grupo poblacional cada vez más numeroso, especialmente en España.

En China, el porcentaje de fallecidos a causa del coronavirus entre los mayores de 60 años oscila entre el 3,6% de las cohortes más jóvenes y el 14% de las cohortes más viejas. Son porcentajes modestos en relación a pandemias más letales, la clase de enfermedad que solemos imaginar cuando hablamos de "epidemia", pero brutales igualmente, en especial por la escala que plantean desde un punto de vista global. Tanto para las poblaciones de riesgo como para los países pobres.

De ahí que el recurso a la gripe como herramienta de denuncia de un alarmismo innecesario sea inefectivo, y difumine las verdaderas amenazas que plantea el coronavirus. Sí, caso a caso no parece mucho más grave. Sucede que la gripe es ya un problema gravísimo en sí mismo.

Imagen: Simona Chioccia/IPA

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