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La "eco-culpa", o por qué hemos llenado nuestra casa de plantas y llevamos estampados florales

La "eco-culpa", o por qué hemos llenado nuestra casa de plantas y llevamos estampados florales
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El verde está en auge. Los jardines interiores y las pequeñas junglas domésticas son un éxito, especialmente en los hogares millennials, una generación también llamada “de interior” o “generación verde”. Más y más colecciones de textil doméstico llevan estampados de palmeras y hojas de monsteras. Lo mismo sucede con las nuevas líneas de ropa de muchas marcas conocidas. A mayores desastres causados por el cambio climático, la sociedad se vuelca más con la naturaleza.

Pero, ¿y si esto que nos mueve a llenar nuestros espacios de verde no es una simple cuestión estética sino de duelo ecológico, lamentos por un mundo agreste que en verdad ya no existe?

El lado oscuro. Un reportaje del New York Times que hablaba sobre el boom de plantas de interior durante la pandemia señalaba que el 31% de las ventas de éstas fueron adquiridas por las generaciones más jóvenes. Los nuevos estilos de vida, las tendencias indoor, los pequeños jardines aromáticos en la cocina, la inspiración medioambiental y la cultura del bienestar son algunas de las razones que han impulsado este fenómeno, que incluso ha llegado a las oficinas, al mundo textil y a las redes sociales.

Pero quizás significa también que atender a esos seres vivos mientras el cambio climático acecha ha sido una forma de lidiar con el dolor. Y nutrir nuestros geranios y cactus o llevar estampados de girasoles en la ropa nos ha ayudado a aliviar parte de la culpa. En el exterior, los incendios se desatan, el nivel del mar crece y los virus atacan. En los hogares, seguimos regando aquellas drácenas tan cuquis que compramos hace unas semanas.

Duelo ecologista. La culpa se distribuye de manera desigual, y las personas menos responsables de contribuir al cambio climático a menudo soportan las peores consecuencias, pero los efectos son, en última instancia, comunitarios. Esto da lugar a un término antes desconocido para las generaciones del pasado: la “eco-culpa”. Y, con ella, el “eco-duelo”. Emociones que han surgido en los últimos años porque hemos entendido que la ciencia por sí sola no nos salvará. Y, en parte, es el reconocimiento de que la arrogancia, a nivel del individuo, no es el camino a seguir. O el pesar de la pregunta que atemoriza a muchos: ¿Cómo se puede destruir un hogar cuando el hogar es todo lo que somos?

Dolor climático. No es algo nuevo. Los psicólogos y científicos ya estudian las graves repercusiones que puede tener el dolor climático en las personas. Existe el dolor y el trauma similares a los de un duelo cuando un “desastre natural” intensificado por el cambio climático golpea a tu círculo. Lo vive cualquier persona del Amazonas o Australia, con sus catastróficos incendios. Luego está el dolor de transición: una conciencia creciente de que las cosas están cambiando y sentimientos de tristeza debido a las muchas pérdidas involucradas. La gama de cosas (y criaturas) por las que la gente llora es amplia: pérdida de vida humana, animal y vegetal, pero también pérdida de identidades, creencias y estilos de vida.

Los científicos ya usan el término “duelo climático” para referirse a una pérdida y ansiedad más amplias relacionadas con los efectos generales del cambio climático.

Ansiedad e incluso terapia. Para muchos ciudadanos de clase media de naciones industrializadas, esto representa un profundo desafío existencial. Ya que nos hemos dado cuenta de que el mundo es mucho más trágico y frágil de lo que la gente pensaba. Para muchos jóvenes, la crisis climática es la primera enorme crisis psicológica que enfrentan y nuestras sociedades no han sido suficientemente eficientes en las últimas décadas en la construcción de resistencia emocional. Muchas personas ya se están volcando en terapias para eliminar esos pensamientos negativos que les acompañan en el día a día. De hecho, ya existen este tipo de talleres en países como EEUU, Reino Unido y Finlandia.

Incertidumbre. Tampoco resulta extraño escuchar "duelo de coral" o "ansiedad de la nieve" en las revistas sobre medioambiente. En este momento, muchos finlandeses y otros pueblos nórdicos sufren de "duelo invernal" (talvisuru), la pérdida de los inviernos tradicionales debido al cambio climático. Básicamente, es una ansiedad producida por la incertidumbre de no saber si recibirán nieve el próximo invierno y que lo sufren muchos jóvenes y adultos. La pérdida de luz, que deriva a su vez del reflejo de la nieve aumenta los impactos negativos del cambio climático en la salud, tanto física como mental.

Panu Pihkala, profesor de medioambiente en la Universidad de Helsinki, explicaba en un artículo de la BBC que aún necesitamos más vocabulario de las diversas formas de duelo climático y necesitamos pensar más en las tareas y etapas del duelo en relación con ellas. Según el, el estudio sobre "eco-ira" o "furia climática" apenas ha comenzado, al igual que la investigación sobre "agotamiento climático" y "depresión climática".

La tendencia. Si atendemos al fenómeno, no es una coincidencia que la proliferación de muebles "nuevos naturales" haya llegado al mismo tiempo que una proliferación de entretenimiento sobre horticultura. Los "médicos de plantas" inundan las redes sociales. Hay innumerables TikToks de jardinería. Los usuarios agradecen el dulce placer de atender las necesidades de los seres vivos, de una especie en comunión con otra. Se complementan con un Internet repleto de consejos ad hoc no solo sobre cómo cuidar las plantas de interior, sino también sobre cómo llamarlas. Vivimos en una era de amor a lo verde y vivo, quizás no queramos despegarnos tan rápido de lo natural y este sea ese último abrazo que cuesta tanto dejar ir.

Imagen: Pexels

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