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¿Estamos realmente frente a una Nueva Guerra Fría?

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Sin duda alguna, las relaciones entre Occidente y Rusia cambiaron después de la crisis ucraniana de 2014. La anexión de Crimea, la primera expansión territorial en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, junto con la intervención militar rusa en Siria, la primera de Moscú fuera de de las fronteras de la antigua Unión Soviética desde 1991, son hitos de una política exterior rusa más asertiva, lejos ya de los tiempos de las humillación militar en Chechenia en 1994 y la crisis financiera de 1998.

Desde la crisis ucraniana hemos asistido a escenas que recuerdan a otros tiempos superados. Repetidamente los bombarderos Tupolev Tu-95 han despegado desde Rusia en misiones de largo alcance hasta lugares como California o Portugal, obligando al despegue de cazas para interceptarlos. El vicealmirante Clive Johnstone, comandante en jefe del mando marítimo de la OTAN, informó en febrero de este año del aumento de la actividad de los submarinos rusos en el Atlántico Norte a un nivel no visto desde el fin de la Guerra Fría.

En este tiempo hemos visto también como la OTAN organizó en 2015 el ejercicio militar Trident Juncture. Con la participación de 36.000 efectivos de 30 países, fueron las mayores maniobras militares aliadas desde el fin de la Guerra Fría. Además, durante la celebración el pasado mes de julio en Varsovia de la cumbre anual de la Alianza Atlántica, el gobierno de Obama atendió la demanda de algunos países que pedían el retorno a Europa de fuerzas pesadas estadounidenses como medida disuasiva frente a Rusia. En el nuevo plan de despliegue, cuatro brigadas se ubicarán en Europa de forma rotatoria mientras que cuatro batallones multinacionales reforzados se asentarán en las tres repúblicas bálticas y Polonia.

¿Existe un riesgo real de Guerra Fría?

41d457520838e0d69151 Dmitri Medvédev, Primer Ministro de Rusia, afirmó que "Nos estamos dirigiendo rápidamente a un período de nueva Guerra Fría"

La idea de que se corre el riesgo de retornar a un período de Guerra Fría ha estado presente en los discursos públicos de los líderes occidentales y rusos. Así, el primer ministro ruso, Dimitri Medvédev, dijo en febrero de este año, durante una conferencia en la Munich Security Conference, que “nos estamos dirigiendo rápidamente a un período de nueva Guerra Fría”.

La prensa rápidamente difundió sus palabras, lo que llevó a Medvédev a matizarlas posteriormente en una entrevista para la revista Time, aclarando que “nunca dije que una Nueva Guerra Fría ha empezado” sino que “las decisiones de la OTAN nos acercan a una nueva Guerra Fría”. Por su parte, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, afirmó en la última cumbre de la organización que “no queremos una nueva Guerra Fría” y que la “Guerra Fría es historia y debería permanecer en la historia”.

Los líderes políticos hablan de una Nueva Guerra Fría como algo nada deseable y que todavía estamos a tiempo de evitar. Basta recordar que en 1945, Estados Unidos y la Unión Soviética eran aliados en la guerra contra la Alemania nazi pero la rivalidad a la hora de establecer el orden mundial posterior generó una espiral de acciones y reacciones basadas en la desconfianza mutua.

Esa situación se conoce en la disciplina académica de Relaciones Internacionales como “Dilema de Seguridad”: dos bandos que desconfían el uno del otro toman decisiones anticipando la reacción del contrario generando una carrera armamentística o de formación de alianzas militares.

Más allá de la crisis de Ucrania

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Aún hoy podemos encontrar historiadores con diferente criterio sobre cómo y cuándo comenzó exactamente la Guerra Fría porque fue una sucesión de decisiones y eventos en los que cada bando reaccionó ante el opuesto sin que hubiera un hecho único que marcara oficialmente el comienzo de la Guerra Fría.

De aliados en la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética se encontraron apoyando bandos opuestos cinco años después en la Guerra de Corea y al borde de una nueva guerra mundial durante la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962.

De la misma manera, encontramos que hay autores que defienden que Occidente vive una Nueva Guerra Fría con Rusia pero que ese conflicto no surgió de la noche a la mañana con la crisis de Ucrania, sino que es anterior y fue el resultado de una pugna geopolítica entre Occidente y Rusia en Europa del Este.

Uno de esos autores es el periodista canadiense Mark MacKinnon, que vivió de primera mano acontecimientos como la Revolución Naranja en Ucrania. MacKinnon publicó en 2007 el libro The New Cold War: Revolutions, Rigged Elections, and Pipeline Politics in the Former Soviet Union donde cuenta cómo los antiguos países comunistas de los Balcanes y Europa Oriental se convirtieron en un tablero de juego geopolítico en el que organizaciones occidentales, con el importante papel de George Soros, apoyaron a movimientos cívicos locales que luchaban contra gobiernos de corte autoritario.

Esos gobiernos eran, en la mayor parte de los casos, aliados o simpatizantes de la Rusia de Vladimir Putin. Es un tema que ha dado lugar a bastante teóricas conspirativas y del que MacKinnon despeja todo oscurantismo porque sus protagonistas nunca se han ocultado.

Para MacKinnon una fecha clave es mayo de 2006. Durante una cumbre multilateral en Lituania que reunió a representantes de países ex-comunistas preocupados por el papel de Rusia en la región, el entonces vicepresidente estadounidense, Dick Cheney, dio un discurso donde se expresó en términos duros contra la política exterior rusa, acusando al Kremlin de emplear “intimidación y chantaje” contra sus vecinos.

MacKinnon recoge que la prensa rusa comparó el discurso con el que Winston Churchill dio en 1946 en una universidad de Missouri y en el que se empleó por primera vez el término “Telón de Acero” para referirse a la política de bloques en Europa.

Significativamente al año siguiente del discurso de Cheney tuvo lugar una crisis diplomática entre Rusia y Estonia a propósito de la retirada de un monumento soviético y que fue acompañada por una campaña de ciberguerra. Dos años después, Rusia y Georgia entraron en guerra por Osetia del Sur, una región georgiana independiente de facto desde 1992.

La dependencia energética del gas ruso de muchos países junto con las inversiones de grandes empresas estatales rusas se convirtieron en una herramienta de influencia del Kremlin en Europa

Un año después de la aparición del libro de MacKinnon, fue el periodista británico Edward Lucas el que presentó el caso de que Occidente había entrado en una Nueva Guerra Fría con Rusia en su libro The New Cold War: Putin's Russia and the Threat to the West. Si MacKinnon hizo un recorrido de los discretos movimientos geopolíticos que provocaron cambios de gobierno en Europa del Este, Lucas se centró en la naturaleza autoritaria del sistema político aparecido en Rusia después de la llegada al poder de Vladimir Putin.

A Lucas le preocupaba cómo la dependencia energética del gas ruso de muchos países junto con las inversiones de grandes empresas estatales rusas podían convertirse en una herramienta de influencia del Kremlin en Europa. Tras la crisis de Crimea en 2014 apareció una nueva edición del libro donde el autor hizo un balance de sus predicciones, manifestándose apesadumbrado por haber quedado sus estimaciones sobre la agresividad de la política exterior rusa superadas por las realidad.

Hoy Edward Lucas codirige la Iniciativa sobre Guerra Informativa del Centro para el Análisis de Políticas Europeas, centrado en analizar la información rusa sobre Polonia y las repúblicas bálticas.

Vieja Guerra Fría vs Nueva Guerra Fría. Los expertos opinan

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Después de la crisis de Ucrania de 2014 son varios autores, desde el mundo académico al periodístico, los que afirman que hemos entrado en una Nueva Guerra Fría con Rusia. Por ejemplo, Marc Marginedas, corresponsal de El Periódico de Catalunya en Moscú, hablaba de “Guerra Fría 2.0” con motivo de la cumbre de la OTAN en Varsovia. Pero hay quienes critican el uso del concepto de Guerra Fría para describir la presente fase de relaciones con Rusia, como Rubén Ruiz Ramas, profesor de la UNED, director de Eurasianet.es y coordinador del libro colectivo Ucrania. De la Revolución del Maidán a la Guerra del Donbás publicado este año.

El profesor Ruiz establece dos criterios para determinar si los actuales tiempos son comparables a la Guerra Fría: uno es el contexto histórico y el otro es el marco de relaciones entre Occidente y Rusia. En el primer caso, se trata de comparar cómo se parece el orden internacional actual al existente en la Nueva Guerra Fría. Considera que la polarización entre dos bloques muy diferenciados de la “vieja” Guerra Fría tiene poco que ver con la actualidad, en el que se tiende a un orden multipolar con el ascenso de potencias como China.

En el segundo caso, se trata de ver el estado de las relaciones, estudiando tanto los discursos como las acciones. Ahí sí encuentra una retórica y una hostilidad con ecos de la “vieja” Guerra Fría pero considera que la escala de conflicto tiene poco que ver con la de entonces.

Tampoco cree acertado el término Nueva Guerra Fría Nicolás de Pedro, investigador principal y responsable del espacio postsoviético en el CIDOB de Barcelona. De Pedro considera que si bien “hay un deterioro de la relación muy profundo y ambas partes se perciben con desconfianza estratégica” el término de Nueva Guerra Fría nos lleva inevitablemente a debatir “sobre parecidos y diferencias con la Guerra Fría clásica y no tanto sobre los retos que tenemos por delante”. Ese deterioro de relaciones con Rusia habría arrancado, según él, antes de la crisis de Ucrania de 2014 y tiene ahora un componente de rivalidad ideológica en la que el Kremlin está aprovechando el cuestionamiento que se hace de la Unión Europea desde ambos extremos ideológicos, “la izquierda populista y la extrema derecha”.

La posesión de armas nucleares hace que los países se impliquen sólo en conflictos limitados y por tanto aumenta la probabilidad de ellos

Otro autor que considera que no vivimos una Nueva Guerra Fría es el politólogo Guillermo Pulido, que plantea una crítica académica al término pero alerta que podríamos entrar en un orden internacional de “Paz Caliente” aún más peligroso e inestable que la Guerra Fría.

Señala Pulido que durante la Guerra Fría cada bando respetó el área de influencia del contrario en Europa, algo que no ocurrió durante la crisis de Ucrania. Y apunta como diferencia que durante la Guerra Fría la posibilidad de una guerra nuclear auguraba la Destrucción Mutua Asegurada y tuvo un efecto disuasivo por el “temor paralizante” que provocaba en los dos bandos. Hoy, señala Pulido, Estados Unidos y Rusia tienen muchísimas menos armas nucleares pero han aumentado los países con ellas.

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La posesión de armas nucleares hace que los países se impliquen sólo en conflictos limitados y por tanto aumenta la probabilidad de ellos. Es decir, los países toman más riesgos y se vuelven más agresivos en su política exterior porque las armas nucleares disuaden a sus enemigos de emprender una guerra total. Un ejemplo es el caso de Pakistán e India que, a pesar de tener armas nucleares entraron en guerra en 1999, pero lo hicieron de forma limitada para combatir por el glaciar de Kargil. Los preparativos de la OTAN para defender las repúblicas bálticas o la expansión militar de China en islotes del Océano Pacífico crean la posibilidad de conflictos limitados.

Más allá del nombre, sin duda las relaciones de Occidente y Rusia han cambiado en el marco de un conflicto que no es sólo geopolítico. Lo vemos en polémicas como la canción ganadora del último festival de Eurovisión, que hacía referencia a la deportación de la comunidad tártara de Crimea llevada a cabo por la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial.

O en la prohibición masiva de participar en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro que afectó a deportistas rusos. Ambos casos fueron interpretados en Rusia como parte de un conflicto con Occidente. Como se preguntaba Carlos Chirinos ya en marzo de 2014 “¿Y esto cómo se llama?”.

Fotos | gtresonline

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