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"Esto en Alemania no pasa": qué le habría sucedido a Padilla y a su bandera franquista en otro país

"Esto en Alemania no pasa": qué le habría sucedido a Padilla y a su bandera franquista en otro país
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Las redes sociales y los medios de comunicación españoles vivieron este fin de semana uno de sus innumerables déjà vu: la sempiterna y cíclica polémica sobre la simbología franquista en calles y escenarios públicos. En esta ocasión, a cuenta de Juan José Padilla, torero con parche y guardián estético de las esencias de la España eterna.

Tras una exitosa corrida, Padilla celebró su triunfo con una bandera española franquista a los hombros. Según explicó posteriormente, el torero desconocía que se trataba de la enseña pre-democrática, cosa harta difícil de creer, y que por eso mismo dio su vuelta de honor engalanado con el águila imperial. Fuera así o no, su imagen sirvió de portada dominical a muchos medios y reavivó un debate en stand by.

Padilla es sólo el último ejemplo de un largo listado de polémicas relacionadas con el papel de la simbología franquista en la esfera pública española. Desde estatuas erigidas en honor al dictador hasta títulos honoríficos entregados por diversas ciudades, amén de nombres de calles o simbología falangista en numerosas iglesias del país, el franquismo es un debate recurrente. Su papel público es para unos historia, y para otros un insulto.

La cuestión siempre caldea los ánimos políticos y redunda en las mismas preguntas: ¿debería ser delito realizar una apología tan explícita de una dictadura criminal que privó de las libertades a los españoles durante cuatro décadas? ¿Es equiparable su evidente afán apologético a los chistes informales sobre los atentados terroristas? Y si es así, ¿por qué no hay legislación al respecto?

Al igual que muchos otros debates en España, las preguntas siempre se plantean por comparación a los países de nuestro entorno o esfera. ¿Qué le hubiera sucedido a Padilla si hubiera hecho lo mismo con una bandera del NSDAP en Alemania? ¿Y en Rusia? En general, todos los países tienen sus particularidades, pero no todos han logrado con éxito manejar a sus nostálgicos de las atrocidades del ayer y mantenerlos a raya.

Alemania y sus leyes de desnazificación

Cuando los aliados llegaron a Alemania tras la Segunda Guerra Mundial se encontraron con un país absolutamente arrasado por las consecuencias del conflicto y profundamente nazi. De modo que hicieron dos cosas: reconstruirlo y desnazificarlo.

El gigantesco trauma de la guerra y del Holocausto estigmatizaron el nazismo para siempre, pero la construcción de una República Federal bajo los estrictos estándares occidentales, y por tanto obligatoriamente antinazi, y la de una República Democrática de tinte socialista y soviético, y por tanto obligatoriamente antinazi, expulsaron de la esfera pública cualquier signo de tolerancia para con la apología nazi.

A día de hoy, a consecuencia de su peculiar construcción histórica, Alemania penaliza legalmente la simbología que pueda asociarse a partidos extremistas o nazis. Las disposiciones aparecen en su código penal y no citan comportamientos, símbolos o actos concretos, sino que se vale del contexto de cada acción y de su lógica asociación política para penalizarlos.

Banderas Nazis Imposible tras 1945. (MaxPixel)

Es decir, la esvástica en sí misma no está prohibida. Sólo está penalizada, hasta con penas de cárcel, si su utilización icónica está asociada a una manifestación política supremacista o nazi. Sucede lo mismo con otros elementos simbólicos que el nazismo se apropió o bien de otras culturas o bien del folclore tradicional de Europa central. Los partidos nazis también están prohibidos, pero al igual que la simbología, perviven disfrazados y bajo discursos similares pero no explícitos.

La doctrina jurídica es clara y desde la Segunda Guera Mundial la exhibición de símbolos nazis ha estado perseguida y penada. La fobia de las autoridades y del cuerpo legal alemán a símbolos nazis (y por símbolos se entiende todo: desde banderas hasta saludos) es tal que la policía ha perseguido incluso a grupos antifascistas o ¡parlamentarios! que han mostrado esvásticas tachadas en forma de banderas o pines, claramente antinazis.

En 2007 el Tribunal Constitucional alemán tuvo que sentenciar que los activistas y políticos antifascistas que habían utilizado la esvástica tachada o símbolos antinazis similares no estaban, obviamente, haciendo apología del nazismo. La cuestión volvió a salir a la superficie cuando un grupo de académicos quiso reeditar el Mein Kampf con objeto divulgativo, no apologético.

Rusia vs. el antiguo bloque del Este de Europa

Por contexto histórico, el caso de Rusia es radicalmente distinto al alemán y más similar en sus ademanes al español.

Al contrario que el régimen nazi, el comunista pervivió tras la Segunda Guerra Mundial y ningún shock exógeno provocó su caída, que sólo se consumó muchas décadas después cuando el país se dirigía al abismo económico y a la fractura política. Para entonces, la Unión Soviética acumulaba casi ochenta años de vida a sus espaldas, y su herencia es aún visible tanto en Rusia como en otros países post-soviéticos.

dd Una estatua de Lenin en Dubna, cerca de Moscú. (Harveyqs/Wikipedia)

¿Qué significa esto? Que el borrón y cuenta nueva de Alemania con el nazismo, apenas una generación de alemanes, es inviable en Rusia, un país donde la mayor parte de la población nació, vivió y se desarrolló durante los años del comunismo. La persecución legal de sus símbolos no se da porque a) la democracia resultante continuó en las manos de las oligarquías comunistas y b) porque casi todo el mundo participó de un modo u otro en el estado comunista.

La asociación de vidas pasadas al estado comunista, por lo general inevitable por su carácter sempiterno y único, se regurgita hoy en una suerte de nacionalismo ruso que siente a un mismo tiempo nostalgia por los tiempos soviéticos, menos inciertos que el catalcismo económico posterior a la caída del muro, y por la Rusia dorada de los zares. Los símbolos comunistas en Rusia, para muchos, no son tanto un ejemplo del pasado del que huir sino al que volver.

De ahí que sea normal toparse con personas disfrazadas de Stalin en la Plaza Roja, olvidada la desestanilización que Khrushchev y compañía tuvieron que llevar a cabo tras su muerte, o que las estatuas de Lenin sean una constante desde Kiev hasta Bishkek, en Kirguizistán.

Stalinobus1 Un autobús con la figura de Stalin en San Petersburgo. (Viktor Loginov/Wikipedia9

La connivencia del régimen de Putin con la abierta nostalgia por la era soviética sólo se ve contestada en países donde el comunismo está asociado al imperialismo ruso, como en algunas partes de Ucrania, en los países bálticos o en Polonia. El amargo recuerdo de la opresión rusa derivó tras su independencia en procesos de "descomunización" que resultaron en leyes prohibiendo la exhibición de simbología soviética (y nazi), al modo alemán.

En Europa del Este, la relación con los símbolos soviéticos está adosada a la identidad nacional. Y así, en Estonia, Hungría o Moldavia las élites nacionalistas y demócratas surgidas tras la caída del muro promovieron leyes que penaban la apología del comunismo por su evidente conexión con el recuerdo de la ocupación, mientras que en Rusia, donde la Unión Soviética aún simboliza una "Rusia grande" desmembrada, no.

Italia, Estados Unidos y etcétera

Lejos de ser una particularidd española, el debate sobre los símbolos de dictaduras pasadas sigue muy vivo en países como Italia o Estados Unidos.

En el caso del primero, hace escasos cinco días que el Partido Demócrata, actualmente en el poder, planteó una ley que prohibiera la exhibición de simbología nazi y fascista y que penara con multas económicas a quienes hicieran apología de la misma. Tanto los grupos conservadores asociados tras la marca política de Berlusconi como el Movimiento 5 Estrellas se mostraron escépticos.

En Italia el fascismo sigue siendo un asunto complicado. Pese a su violenta caída tras la Segunda Guerra Mundial, el fascismo político continuó activo durante los años posteriores a la reconstrucción democrática, y partidos neofascistas como el Movimento Sociale Italiano (MSI) mantuvieron un grueso importante de los votos nacionales hasta bien entrados los noventa (con picos de hasta 2 millones de sufragios en 1972).

Mussolini And Hitler La figura de Mussolini en Italia no es tan tabú como la de Hitler en Alemania.

El MSI se refundó en Alleanza Nazionale, el partido liderado por Gianfranco Fini, y terminó fusionado en 2009 con el Il Popolo della Libertà, el monstruo argamasado a base de diversos partidos y movimientos políticos liderado por Silvio Berlusconi. El espacio dejado por la organización neofascista fue recogido progresivamente por la Lega Norte, cuyo actual líder, Matteo Salvini, es un declarado admirador de las virtuedes de gobierno de Mussolini.

De forma paralela, Italia no vivió un proceso de desfascificación equivalente al de Alemania (no al menos de igual intensidad) y mantuvo un relato dual y una relación conflictiva para con el fascismo, fruto de la división interna que desangró al país en una guerra civil soterrada durante la Segunda Guerra Mundial. Aquel conflicto entre comunistas y fascistas pervivió en los márgenes con altas dosis de violencia política, en forma de terrorismo, durante los sesenta y setenta.

De ahí que aún hoy el país no tenga leyes que penalicen la exhibición abierta de simbología fascista: implicaría poner en el ojo del huracán a gran parte de la clase política que en el pasado no hizo ascos a la misma. Y de ahí que la propuesta del Partido Demócrata, en un país en el que el pueblo natal de Mussolini aún es objeto de peregrinación anual para decenas de miles de personas y que hasta 2009 no prohibió la venta de merchandising del Duce, sea tan controvertida.

El resurgimiento de movimientos abiertamente fascistas como CasaPound, con atolondradas nuevas marchas sobre Roma que han alertado a la opinión pública italiana, es el enésimo ejemplo.

Casapound Una manifestación del movimiento neofascista CasaPound en Bolzano. (PD-Utente/Wikipedia)

Algo similar sucede en Estados Unidos con la iconografía de los Estados Confederados y de sus figuras más aplaudidas: un conflicto dual en el seno de un país que no vivió la esclativud o la Guerra de Secesión del mismo modo, y cuyas heridas ideológicas y políticas aún parten a gran parte del discurso mediático actual.

Hace dos años la exhibición de la bandera confederada frente al Capitolio de Carolina del Sur capitalizó el debate político veraniego tras la matanza de ocho afroamericanos en una iglesia evangelista. En un contexto de elevada conflictividad racial y tras un crimen de odio dirigido contra la población negra, que la bandera confederada ondeada frente a la casa parlamentaria del estado resultó en una ironía difícil de asimilar para muchos afroamericanos.

Más de un siglo después de la derrota de los estados esclavistas, la simbología confederada sigue vertebrando parte de la identidad del sur, de la vieja Dixie, estadounidense. Tras la guerra, la Reconstrucción no optó por purgar a fondo los modelos económicos, culturales y sociales del sur, sino que favoreció el mantenimiento de una estructura económica similar a la esclavitud donde la población negra era segregada y discriminada por su condición racial.

Confederate Flag Modern La bandera confederada es un símbolo de "herencia" para algunos, de odio para otros. (Miranda Pederson/Wikipedia)

Los conflictos raciales en el sur de Estados Unidos nunca se evaporaron con la abolición, y la legitimidad de la causa confederada jamás se evaporó de los círculos políticos, culturales y populares de los estados sureños. La bandera se convirtió en un símbolo de su causa rebelde y de su perspectiva identitaria, pero también se mantuvo como un intolerable ejercicio de apología de la esclavitud para liberales y minorías.

Carolina del Sur, finalmente, bajó la bandera confederada tras una votación parlamentaria. Pero otros edificios públicos del sur la mantienen, y estados como Misisipi la ondean en su propia bandera oficial. Estados Unidos no cuenta con leyes que repriman la exhibición de los iconos confederados o que penalicen su apología, y sólo movimientos a pie de calle, como los que piden la retirada ahora de estatuas dedicadas a generales confederados, muestran resistencias a un exhibicionismo cotidiano y asimilado tras 150 años.

La diversidad de ejemplos, amén del caso español donde la simbología franquista no está explícitamente prohibida y su apología no es delito, muestran que sólo el contexto particular de cada país termina decidiendo qué símbolos son delictivos y cuáles pasan por aceptables. Y que la tabula rasa de "esto sólo pasa en España" es un mal ejemplo para explicar patrones que también se dan en otros puntos del mundo.

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