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Las insospechados beneficios psicológicos de ir y volver al trabajo todos los días

Las insospechados beneficios psicológicos de ir y volver al trabajo todos los días
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Para muchos de nosotros, una de las ventajas de 2020 ha sido librarnos de la rutina de tener que desplazarnos al lugar trabajo.

Para el 40% de los trabajadores que pueden "teletrabajar", las medidas de distanciamiento social a consecuencia del coronavirus nos han ahorrado una media de una hora diaria, una cantidad de tiempo mucho mayor para los que vivimos a las afueras. Existen estudios que demuestran que el trayecto matinal al trabajo es la parte menos favorita del día y el trayecto de vuelta a casa la tercera parte menos favorita (siendo el trabajo en sí la segunda).

Los problemas de tráfico, las multitudes y la incertidumbre aumentan los niveles de estrés y de insatisfacción. Cuanto más tiempo dure y cuánta más gente haya con la que compartir el trayecto, menos nos gusta. Pero también es posible echar de menos algunos aspectos de ese tiempo que tenemos que pasar entre el trabajo y nuestra casa. A pesar de todos sus inconvenientes, los trayectos diarios al trabajo tienen algunos aspectos positivos, actuando como un botón de arranque o un interruptor que nos ayuda a diferenciar el trabajo de la vida doméstica.

A medida que las cosas vuelven a la "normalidad" y se nos pide que volvamos a nuestros lugares de trabajo, ser conscientes de los beneficios que tiene ir al trabajo puede ayudarnos a aprovechar los desplazamientos al máximo.

Aunque podamos pensar que los desplazamientos al lugar del trabajo son un fenómeno moderno, pasar el tiempo yendo y viniendo al trabajo es algo tan antiguo como la humanidad. La caza y la recolección (200.000 años atrás), el cultivo de la tierra (unos 10.000 años atrás) y la vida en la ciudad (unos 5.000 años atrás): formas de vida que implican salir de casa y volver a casa. Estas rutinas parecen haber creado en la humanidad una idea de tiempos aceptables por desplazamiento.

En 1994, un físico italiano, Cesare Marchetti, escribió un artículo llamado "Invariantes antropológicas en el comportamiento de los viajeros sobre la unidad por excelencia de los instintos viajeros en todo el mundo, por encima de la cultura, la raza y la religión". Basándose en la obra del analista de transporte israeli Yacov Zahavi, Marchetti proponía que los humanos siempre habían estado dispuestos a pasar una hora al día en los trayectos desde y hacia su casa.

Diagrama Gráfico del artículo de Cesare Marchetti del año 1994 ilustra cómo el aumento de la velocidad de viaje aumentó el tamaño de las ciudades manteniendo una constante en los tiempos de desplazamiento.

La idea de que el tiempo de viaje sea de 30 minutos por trayecto se conoce como la constante de Marchetti. En un artículo académico de 2001, los expertos en movilidad Lothlorien Redmond y Patricia Mokhtarian descubrieron que la duración ideal para la mayoría de la gente era, de hecho, menor: un promedio de 16 minutos. Sin embargo, los resultados de su estudio también confirmaron la aversión a cualquier desplazamiento de más de 35 minutos.

Ideal Tiempos de viaje deseados versus reales, según una investigación de Lothlorien Redmond y Patricia Mokhtarian.

Una barrera psicológica

Cuanto más dura el tiempo de desplazamiento al trabajo, más estresados e insatisfechos nos sentimos. Sin embargo, sin ese tiempo entre casa y trabajo, también surge un inconveniente. Tal y como escribía Marchetti: "Incluso aquellos que se encuentran en prisión cumpliendo cadena perpetua, sin tener nada que hacer ni adónde ir, caminan una hora al día al aire libre."

Los desplazamientos al lugar de trabajo pueden ser un ritual que nos ayuda a separar psicológicamente la vida doméstica de la vida laboral, desconectando de las preocupaciones personales por la mañana y de las preocupaciones laborales por la tarde. Un gran número de estudios realizados durante las últimas cuatro décadas muestran que este "distanciamiento psicológico" es crucial para el bienestar.

Los estudios también muestran que cambiar nuestra "identidad" de casa al trabajo conlleva un esfuerzo cognitivo. Una zona neutra entre ambas actividades podría ayudarnos a hacer la transición. Obviamente es posible lograr dicho distanciamiento psicológico sin necesidad de desplazamiento, ya sea dando un paseo por la mañana o cambiándonos de ropa, pero las exigencias de las responsabilidades familiares y laborales muchas veces hacen que no tengamos tiempo para ello.

Ida Y Vuelta (Freddy Collins/Unsplash)

Así que no deberíamos considerar directamente los desplazamientos al trabajo como algo negativo. Es cierto que hay desventajas, pero ser consciente de los beneficios psicológicos nos ayuda a aprovechar sus beneficios. En vez de pensar que se trata de un tiempo muerto, es mejor plantearse que se trata de tiempo "personal".

Por la mañana puedes utilizar el tiempo de desplazamiento para planificar el día. Hay estudios que demuestran que aumenta el nivel de satisfacción en el trabajo y hace que los desplazamientos más largos sean más llevaderos. Mantener pequeñas rutinas durante el viaje también parece ser de ayuda. Por la tarde puedes utilizar el tiempo muerto para relajarte con actividades más placenteras como leer, jugar con el móvil, llamar a un ser querido o escuchar música o un podcast. Se trata de actividades para las que muchas veces no conseguimos sacar tiempo cuando llegamos a casa.

No hacer nada también es positivo. Muchos no tenemos prácticamente tiempo para simplemente pensar y aquí tienes una oportunidad para distraerte. Dejar tiempo para pensar libremente ayuda a solucionar problemas y aumenta nuestra creatividad. Por supuesto, en la medida de lo posible siempre es bueno andar o ir en bicicleta. Aparte del tiempo "a solas", el ejercicio está fuertemente vinculado a una mayor felicidad en general. Probablemente no puedas controlar el tiempo que necesitas para desplazarte al trabajo, pero sí que puedes controlar cómo lo aprovechas.

The Conversation

Imagen: Dan Gold/Unsplash

Autores: Meg Elkins y Robert Hoffmann, RMIT University.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

Traducido por Silvestre Urbón.

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