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La verdadera lucha de fondo contra el terrorismo islamista está en no perder a la "segunda generación" de musulmanes

La verdadera lucha de fondo contra el terrorismo islamista está en no perder a la "segunda generación" de musulmanes
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Hace unas semanas, el general Miguel Ángel Ballesteros, director del IEEE, el centro de estudios estratégicos del Ministerio de Defensa, decía que «la amenaza del terrorismo yihadista en España se incrementaría en diez años cuando la segunda generación de inmigrantes llegara a una cierta edad». Se trata de una idea que repiten mucho los expertos en yihadismo como explicaba Pérez Triana aquí en Magnet.

Lo hemos visto una y otra vez en países como Francia, Bélgica o Alemania. Y, según los datos preliminares, lo estamos viendo de la peor forma posible en Cataluña. Es el llamado "problema de la segunda generación", un problema que como reconoce el general Ballesteros presenta retos que, hoy por hoy, no sabemos cómo afrontar.

Los problemas de la segunda generación

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Para empezar porque no está claro de qué hablamos cuando hablamos de "segunda o tercera generación". De hecho, el mismo término de "inmigrante de segunda generación" es muy polémico, porque se trata de ciudadanos hijos de inmigrantes, pero ciudadanos al fin y al cabo. Sin embargo, y pese a que no es exacto, es el término de uso corriente para designar a estos ciudadanos.

Lo que hemos visto es que muchos países europeos han tenido problemas serios para integrar a esa segunda generación y para cohesionar una identidad común que desdibuje los grupos preexistentes. Esto ha generado que entre (una buena parte de) estas nuevas generaciones "se comiencen a experimentar una serie de agravios" que (justificados o no) aparecen como el caldo de cultivo del radicalismo.

En esencia, lo que ocurre durante el proceso de radicalización es que es experiencia de agravio de los individuos van transformándose progresivamente en juicios morales y políticos cada vez más polarizados. Se pasa del "esto no está bien" al "esto es injusto", antes de llegar a la demonización del "enemigo" (Borum, 2003; Pretch, 2007; Silber & Bhatt, 2007). En este sentido, las segundas generaciones son especialmente problemáticas porque estadísticamente sufren mayores porcentajes de vulnerabilidad.

Pero, ¿por qué sólo afecta a algunos colectivos?

Diversidad Etnica

Cuando se ponen en el foco los problemas de integración de estos grupos sociales, la primera duda que surge es por qué la radicalización afecta solo a algunos ciudadanos de 'segunda generación' y no a todos. Es cierto, como señalan algunos, que el radicalismo o el fanatismo violento (sea del tipo que sea) no crecen entre los descendientes de inmigrantes chinos o latinoamericanos. ¿Por qué, si es un problema de la "segunda generación", no afecta a todos por igual?

El problema es solo aparente. En realidad, la radicalización yidahista no se produce de manera ni uniforme ni proporcional a la distribución de la población musulmana sino en bolsas muy concretas localizadas en zonas muy determinadas. Un ejemplo muy claro de esto es Malinas, una ciudad belga que (pese a estar en el país europeos con mayor número de radicalizados y tener una alto número de musulmanes) no ha aportado ningún combatiente a grupos como el Estado Islámico.

Y hay dos elementos fundamentales que parecen explicar esto: el contacto con algún agente de radicalización yihadista y la existencia de vínculos sociales previos con individuos radicalizados. Estos dos elementos no solo están detrás de la radicalización yihadista sino que son el sustrato también del terrorismo etarra, las bandas latinoamericanas, el crimen organizado italoamericano y los hooligans futbolísticos.

Cuando hablamos de la mafia siciliana no solemos tener en mente el terrorismo, pero cualquiera que examine con detalle los años de plomo de Palermo no puede dejar de preguntarse si, al margen de la retórica política, aquello no era exactamente lo mismo que hemos visto en tantos otros lugares. Lo mismo vemos en las bandas latinas en Estados Unidos, donde el tema ha sido muy estudiado.

El 'creciente fértil' del radicalismo

El Principe Ceuta

En España, entre 2013 y 2016, la mayoría de detenidos por actividades relacionadas con el terrorismo yihadista han sido inmigrantes de primera generación (51.7%), aunque la segunda generación no deja de crecer. Además, en términos generales, no se tratan de personas en riesgo de exclusión, ni delincuentes comunes (el 5,4% no tiene antecedentes), ni carne de fracaso escolar (más del 70% tiene los estudios secundarios finalizados).

Esto cuadra perfectamente sobre lo que sabemos del proceso de radicalización. Por ejemplo, sabemos que los agentes de radicalización se centran en los "espacios de vulnerabilidad", entornos que o bien la crean (como cárceles, barrios marginales o universidades) o bien actúan como 'safe spaces' para gente en esa situación (iglesias, mezquitas, centro culturales o movimientos juveniles).

Según Hamm (2007) hay tres grandes motivaciones detrás de la radicalización individual: la búsqueda de sentido y de identidad; la necesidad de protección física o apoyo social; y el deseo de desafiar a la autoridad o combatir un agravio.

En el fondo, las experiencias de agravio y vulnerabilidad son experiencias muy comunes que atraviesan muchas personas a lo largo de su vida sin llegar a caer en un proceso de radicalización. Por eso, quizás lo más interesante son esos dos mecanismos que 'activan' los procesos de radicalización y acaban derivando en grupos violentos.

Los agentes de radicalización

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Los agentes de radicalización (online y offline) juegan un papel fundamental como "interruptores" del proceso. En el caso del yihadismo, nos encontramos con que en muchas ocasiones son los imanes y los activistas los que actúan de esta forma. De hecho, en el 73% de los casos el contacto con el agente es en persona.

En teoría, al no existir sacerdotes dentro del islam suní, un imán es solo un fiel que dirige la oración colectiva. En la práctica, sin embargo, la figura del imán se ha profesionalizado y actúan, muy a menudo, como dinamizadores y responsables de la comunidad musulmana a la que sirve la mezquita.

Los problemas se acumulan. Como se viene señalando en los últimos días en hilos tan interesantes como este, la comunidad musulmana en España tienen serios problemas de articulación. Las mezquitas y los centros culturales islámicos de la mayor parte del país están en manos de imanes sin formación y sin recursos.

Esto hace que, por un lado, existan numerosos problemas (desde el menú de los colegios públicos a los problemas con los vecinos de las mezquitas) que no se pueden gestionar correctamente y generan la sensación de agravio permanente.

Y por el otro, crean el clima perfecto para que el dinero, los recursos y los activistas que vienen de las corrientes islámicas radicales calen entre imanes, jóvenes y fieles en general. Sobre todo, en lugares donde existe un infraestructura que les sirve de caja de resonancia.

Vínculos sociales previos con radicales

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A esto se suma, el hecho de que la idea de la "pirámide o escalera de la radicalización" ha empezado a ser muy cuestionada. Los modelos tradicionales señalan una línea clara entre la radicalización ideológica (religiosa, identitaria o política) y los actos terroristas. Sin embargo, en los últimos 15 años, la investigación señala con bastante claridad que esa especie de "cinta transportadora" que lleva desde las creencias extremas a las acciones violentas no existe. La conexión entre ambas es más débil de lo que parece.

Los procesos de radicalización parecen bastante 'agnósticos' en su desarrollo y solo toman las creencias radicales como 'autojustificación' de las acciones a realizar. ¿A qué se suelen vincular? A la existencia de vínculos sociales previos. Los datos también nos dicen que el 68,7% de los casos existía un vínculo social de este tipo con algún detenido o con un combatiente extranjero. Este es el otro factor fundamental en la creación de bolsas de radicalización.

Sobre todo, porque esos vínculos sociales se establecen (en un 80% de los casos) por vecindad. Todos estos datos parecen apuntar al hecho de que la implantación de un grupo radical en una zona geográfica concreta es un elemento catalizador de 'vocaciones' radicales. Y por eso, los expertos inciden en evitar que esas redes se implanten en los territorios porque después son muy difíciles de extirpar. La lucha de las ideas parece no funcionar.

Por eso, Olivier Roy, uno de los mayores expertos europeos en el mundo islámico insiste en que los nuevos yihadistas no son "fundamentalistas religiosos que se vuelven violentos, sino jóvenes radicales que se hacen islamistas". El islam aparece, en este caso, como el relato a través del que vehicular esos comportamientos radicales de la misma forma que el discurso revolucionario motivó el terrorismo europeo de los 60, 70 y 80.

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