Publicidad

Diez motivos por los que Diego Armando Maradona, y no Pelé o Messi, es el mejor futbolista de siempre

Diez motivos por los que Diego Armando Maradona, y no Pelé o Messi, es el mejor futbolista de siempre
114 comentarios

Diego Armando Maradona ha fallecido hoy tras una vida plagada de excesos, idolatría y fútbol. Ante todo, fútbol. Mientras Argentina digiere la muerte de su último icono y se aboca a un previsible proceso de autodestrucción nacional, el resto de la humanidad repasa los hitos del hombre que un día conquistó el planeta. Uno a uno los observa, los coloca en la balanza y los compara frente a los de sus antagonistas. Y en el camino se pregunta: ¿realmente fue Diego el mejor?

No es una pregunta figurada. El debate ha llenado páginas y páginas de la historia del fútbol contemporáneo. La cuestión atravesó la plenitud de Maradona y le acompañó por siempre cuando décadas después otros futbolistas, especialmente Lionel Messi, acreditaron los suficientes méritos como para plantarle cara. A esta hora un nombre acapara casi tantas menciones como Maradona en las redes sociales: "Pelé". Las comparaciones son inevitables, la discusión es eterna.

De modo que, en el día de su muerte, es de justicia defender la preeminencia del futbolista más dotado de siempre. Lo alucinante de Maradona no es que traspasara las líneas del deporte y se insertara en el imaginario colectivo como una fuerza divina capaz de arrastrar tras de sí a místicos y creyentes; ni que lograra curar las heridas de una nación resentida y vapuleada tras un fracaso bélico; ni que perviviera en la memoria de una ciudad distante a la que nada unía, nada más allá de la gloria que le regaló.

Todo lo anterior haría de Maradona un ser humano excepcional, plagado de luces y de sombras, pero un mero ser humano. Lo singular de Maradona, como lo es también de Michael Jordan, es que sus méritos deportivos siempre se han ubicado un peldaño por encima de sus respectivas consagraciones al santoral laico, a la mitología popular. Por cada hecho alucinante de su existencia, por cada adulador pasado de rosca, por cada escándalo hay un gol, un pase, un regate irrepetible.

Son diez motivos. Podrían ser muchos más:

1. Los cuatro goles a Gatti

Corría 1980 y Maradona apenas sumaba 20 años en su carné de identidad. Había debutado cuatro temporadas atrás, con apenas 15 años, y en un abrir y cerrar de ojos había monopolizado la conversación futbolística del país. Pre-seleccionado para el Mundial de 1978, Mundial que debería haber ganado y no ganó por quedar fuera de la lista, se alzó con el título mundial juvenil un año después. A la altura de 1980, Maradona, en Argentinos Juniors, era un mago. Pero uno por hacer.

Lo sabía Hugo el "Loco" Gatti, portero de Boca Juniors marcado por su excentricidad . En la víspera del encuentro que debía cruzar a ambos equipos, Gatti se confesó ante los medios: Maradona era el mejor jugador del país, pero la prensa lo estaba "inflando" y temía por su tendencia a convertirse en un "gordito". Maradona, orgulloso, respondió: "Me propuse hacerle dos goles, pero después de lo que dijo, le voy a hacer cuatro. Prometo que voy a hacerle cuatro. Y de cualquier forma".

Lo que sucedió en el partido ya es historia del fútbol argentino. Uno, dos, tres y cuatro. Adiós, Loco.

2. El aplauso en el Bernabéu

Una temporada en Boca Juniors bastaría a Maradona para llamar la atención de los clubes europeos. Sería el Barcelona quien se haría con sus servicios, tras desembolsar la por aquel entonces inédita cifra de 7.000.000 de pesetas. Llegaría a la ciudad condal pocos días antes del inicio del Mundial de España y se convertiría rápidamente en el principal reclamo y referente de un equipo errático e irregular incapaz de alzarse con el campeonato doméstico. Daría igual.

Maradona saldría de Barcelona recordado por la afición. De Barcelona y de Madrid. Corría 1983 y los dos grandes clubes del fútbol español disputaban la primera manga de la final de la Copa de la Liga, torneo ya extinto, en el Bernabéu. Mediado el segundo tiempo Maradona se hizo con la pelota en el centro del campo, aceleró hasta el área, regateó a Agustín y encaró la portería, vacía. En lugar de depositar la pelota en la red, oteó el horizonte y observó cómo Juan José llegaba como una exhalación por detrás.

A centímetros de una portería indefensa, Maradona se paró. Esperó la irrupción de Juan José. Lo regateó. Y marcó. El Madrid acabaría empatando aquel partido y perdiendo la Copa, pero habría ganado un momento histórico. Conscientes de ello, miles de aficionados se levantaron y empezaron a aplaudirle. Al máximo rival. Años después contaría lo siguiente: "Al rato de esa jugada lo crucé a Juan José en la mitad de la cancha y le dije que me perdonara. Pero me mandó a la mierda".

3. El calentamiento en Nápoles

Es 1989 y Maradona acumula cinco temporadas defendiendo la camiseta del Nápoles. Las cosas aún no se han roto del todo. El equipo va bien: pelea por el scudetto (aunque sería incapaz de imponerse al Inter de Trapattoni) y ha llegado a las semifinales de la UEFA, un hito en la historia del club, acostumbrado a posiciones medianas y a apearse de las competiciones europeas en las primeras rondas. Se enfrenta al Bayern de Múnich en su estadio, al que ha pasado por encima en el partido de ida.

¿Cómo afronta el partido Maradona? De la forma más relajada posible. Durante el calentamiento y con las botas desabrochadas, el argentino comienza a dar toques sin que la pelota caiga al suelo. Un muestrario de malabares y prodigios que derrocha soberbia y minimiza cualquier tipo de amenaza que pudiera representar su rival. La exhibición denota la abrumadora confianza en sí mismo con la que el Maradona de aquella década se paseaba por los campos de Europa.

El Nápoles afrontaba uno de los partidos más importantes de su historia ante un adversario de talla, histórico. A él los nervios le llegaban para un ejercicio de exhibicionismo. Era un juego.

4. El pase a Caniggia frente a Brasil

Es 2014 y millones de aficionados argentinos cantan al unísono la misma tonada: "Brasil decime qué se siente / Tener en casa a tu papá / Te juro que aunque pasen los años / Nunca nos vamos a olvidar / Que el Diego te gambeteó / Que el Cani te vacunó / Que estás llorando desde Italia hasta hoy".

No fueron pocos los aficionados jóvenes que se rascaron la cabeza, sorprendidos. ¿Por qué cantaba Argentina tales palabras a Brasil si su triunfo más reciente databa de 1986 y ninguna de las dos selecciones se había enfrentado en 2014? La respuesta había que rebuscarla en la memoria colectiva del fútbol platense, docto en su propia mitología. En concreto, en el partido que cruzaría a las dos potencias sudamericanas en el Mundial de Italia de 1990, durante los octavos de final.

Brasil atravesaba una crisis existencial por aquel entonces. La década de los ochenta se había saldado con el espectacular resultado de cero triunfos mundialistas. Se trataba de un hecho antinatural a ojos de cualquier analista. Aquella selección, poblada de talentos irrepetibles como Zico o Sócrates, jugaba muy bien al fútbol, quizá como ninguna otra en la historia. Los fracasos de 1982 y 1986 convencieron a la intelligentsia brasileña de una adaptación brutal a los tiempos modernos. Brasil debía ser funcional, no bonita. Debía ganar, no agradar al público.

En 1990 llegó a Italia con un equipo comandado por Dunga y Mazinho, no exactamente unos estetas. Eran favoritos. Hasta que llegaron los octavos de final. Una Argentina presa de sus limitaciones y reducida a la inspiración de Maradona, ausente durante la mayor parte del juego, luchó por sobrevivir. Hasta que en el minuto 80 su genio se inventó un caño y un pase para los anales de la historia. Tan asombrosa fue aquella asistencia que terminó justificando la carrera deportiva de su benefactor, Caniggia.

Brasil redobló sus ansiedades. Maradona, la magia aleatoria, se había impuesto allá donde su generación dorada había fracasado, con sus mismos instrumentos. Decime, ¿qué se siente?

5. Aquella foto frente a Bélgica

En uno de los acontecimientos más extraños de la historia del fútbol, Maradona no anotó ningún gol en la final del Mundial de 1986, aquel que ganó prácticamente por su propia voluntad. Sí lo hizo en las semifinales, ante la Bélgica que había eliminado a una notable generación de futbolistas españoles durante otra fatídica tanda de penaltis. Dos goles le valieron para colar a la albiceleste en el Azteca de México, escenario que había encumbrado a Pelé dieciséis años antes.

De aquel partido pervive su exhibición y una fotografía. Ha sido copiada hasta la extenuación, ya la protagonizara Messi o Iniesta. Se trata de Maradona de espaldas al espectador, con la pelota cosida al pie, enfrentado a  uno, dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis defensores belgas. Hombres recios y poderosos, figuras que componían un seleccionado acaso no brillante, pero sí sólido. Maradona, metro sesenta y seis centímetros, no parece gran cosa. Pero todos ellos le observan con pavor.

La foto, como tantas otras que pasaron a la historia, no cuenta toda la verdad. Su fotógrafo, Steve Powell, explicaría años después el contexto de su captura. Argentina había sacado un tiro libre y la pelota le había llegado a Maradona justo cuando la barrera se deshacía. La atención del juego se centraba en su figura porque el balón había caído en sus pies, y la acumulación de defensores tan sólo se debía a la naturaleza de cualquier falta en la frontal del área. Pero su poder comunicativo es innegable, en especial si pensamos en el resto del partido.

Aquella foto simbolizaba una inferioridad apabullante. Y real.

6. Una final con el tobillo roto

Maradona fue un futbolista vapuleado por sus rivales. El episodio más célebre lo protagonizó Andoni Goikoetxea, defensor vasco autor de una de las entradas más escalofriantes de la historia del fútbol moderno. Aquella afrenta se saldó con una vergonzosa batalla campal que, sin embargo, le valió al Athletic Club un título copero. Sea como fuere, Maradona debió acostumbrarse a agresiones así durante toda su carrera, en un tiempo en el que el fútbol era un deporte duro. Duro de verdad.

Lo experimentó en sus carnes en 1990, cuando debió jugar la mayor parte del Mundial infiltrado por un tobillo operado, retorcido, castigado, machacado e inflado hasta el pavor, como reflejaría una foto de El Gráfico. "Sentía que me agarraban el tobillo con una tenaza y me lo retorcían", explicaría años después, "pocas veces sentí tanto dolor. Varias veces el doctor me sugirió parar, pero yo no salía ni muerto". El primer castigo lo sufrió frente a Rumanía. Esto escribía la prensa argentina entonces:

Jugó porque su amor propio lo lleva a jugar siempre. Clínicamente no estaba en condiciones de pisar la cancha. Jugó igual. Lo golpearon de entrada, hizo amonestar a dos rivales que saben (Hagi y Lacatus) y siguió en el campo porque un capitán debe siempre dar el ejemplo. Pero no se le podía pedir más de lo que hizo, que fue poco.

Argentina, maradonadependiente hasta sus últimas consecuencias, pasó fase a fase con más pena que gloria y se plantó en la final frente a una Alemania robótica y eficaz. Perdería. Pero Maradona llegaría hasta allí.

7.  La falta ante la Juventus

Cuando Maradona aterrizó en Nápoles el fútbol italiano era una cuestión de tres clubes: Juventus de Turín, Inter de Milán y Milan. Tres equipos provenientes de Piamonte y Lombardía, las dos regiones más ricas del país. Ningún club al sur de Roma había alzado jamás el título de campeón. La llegada de Maradona a la capital moral del Mezzogiorno aspiraba a corregir una desigualdad histórica que rápidamente resonó en las desigualdades económicas y políticas de una Italia siempre quebrada.

Durante su estancia en Campania, Maradona obró el milagro. El Nápoles alzaría sus dos únicos triunfos ligueros y, lo que es más importante, humillaría repetidamente a los grandes clubes del norte. Al norte. A lo que años más tarde la Lega Norte rebautizaría como Padania, en contraposición a la mísera Italia del sur. Siempre lo haría de la mano de Maradona, particularmente sádico y repetitivo a cada visita de la Juventus.

En 1985, el club piamontés llegaba a Nápoles como vigente campeona de Europa y tras ocho victorias consecutivas. En la recta final del partido, Maradona agarró la pelota en el centro del campo, se desprendió de tres rivales y fue derribado al borde del área. Falta. Muy cerca de la portería. Barrera infranqueable y tumulto de defensores frente al arco. Imposible pegarle, argumentaría Pecci, uno de sus compañeros. "Pásamela a mí", reclamaría Maradona.

Un suave golpe con el empeine elevó la pelota en una parábola tan breve como combada. Entró por la escuadra. Uno de los tiros libres más bellos de siempre. Y uno con el que Nápoles se reía del poder del norte.

8. El pase a Burruchaga

Minuto 86 de la final de la Copa del Mundo. Rudi Völler acaba de anotar el segundo gol de Alemania, en una de las remontadas más asombrosas del torneo. Argentina había marcado los dos primeros tantos, sentenciando, en apariencia, el campeonato. Sucedía que aquella generación alemana encadenaría tres finales mundialistas consecutivas hasta que, al fin, se alzara con el trofeo. Pero no sería aquella tarde. Porque aquella tarde Maradona se había empeñado en ganar el Mundial.

Despeje torpe y hosco de la zaga albiceleste. La pelota vuela en el centro del campo. Sale rebotada de la cabeza de Maradona. Un compañero se la devuelve. Rodeado por tres contrarios y sin margen para correr, Maradona se encuentra en una posición precaria para generar peligro. Pero se las apaña: gira la cintura, pivota sobre sí mismo y, plantado sobre el césped, lanza la pelota entre líneas al primer toque. Ha visto cómo la presión sobre su figura ha liberado otros espacios en el campo.

El balón corre al compás de Burruchaga, que arriba al área de Schumacher y marca el gol de la victoria. El gol es suyo. Pero en realidad es de Maradona, el único futbolista al que se le ocurrían estas cosas.

9. El marcaje en Sarriá

Algunos de los momentos recopilados aquí, como el gol de Burruchaga o la fotografía frente a Bélgica, ilustran otra de las virtudes futbolísticas de Maradona. Hipotecaba las estrategias del rival. Los entrenadores tendían a acumular defensores y defensores sobre su figura, con la esperanza de anular su capacidad de maniobra. A veces lo conseguían, a veces no. Pero Maradona obligaba a desarrollar complejos (y hoscos) sistemas defensivos, a mejorar a sus propios rivales si querían imponerse.

El episodio más célebre de todo esto se dio en Sarriá, Barcelona, durante una soleada tarde de 1982. Italia se jugaba con Argentina y Brasil (vigente campeona y la ya glosada Brasil de los ochenta) el pase a las semifinales. Sólo accedería uno. Aquella Italia no destacaba por la finura de sus futbolistas, por lo que utilizó sus armas ancestrales: una férrea disciplina defensiva, un delantero inspirado y un puñado de tretas, agarrones, intimidaciones psicológicas y acciones violentas.

El responsable fue Gentile. De un modo u otro, patadas y empentones mediante, aquel discreto defensa de nulo desarrollo técnico logró ahogar a Maradona. "Estuve viendo vídeos los dos días antes del partidos. No sabía cómo hacerlo pero tenía claro qué tenía que hacer. No podía permitir que Maradona se diera la vuelta", contaría años más tarde. Italia sacrificó a un jugador para perseguir a Maradona por el campo. Tal era su poder en plena facultad de condiciones. Lo condicionaba todo.

10. El Gol del Siglo

Sobre esto no hace falta escribir más. DEP, Diego.

Imagen: Carlo Fumagalli/AP

Temas

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Inicio