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La torre Eiffel y otros monumentos icónicos odiados por sus propios vecinos

La torre Eiffel y otros monumentos icónicos odiados por sus propios vecinos
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127 años después de su construcción, cuesta creer que la torre Eiffel, símbolo por antonomasia de París, fuera detestada, vilipendiada y observada con horror por los vecinos de la capital francesa. Pero así fue. Las ciudades han construido su identidad en torno a símbolos antiguos y modernos. Mutan y se transforman. En ocasiones, los cambios no sientan en absoluto bien a ciudadanos que juzgan con severidad las modificaciones urbanas a las que sus calles, plazas y parques públicos se ven sometidos. Y aunque con los años se conviertan en iconos, en el momento de su construcción son detestados.

En inglés, el fenómeno se conoce como NIMBY (acrónimo de "not in my backyard", algo así como "no en mi patio trasero"), un habitual modo de protesta vecinal que condiciona las políticas públicas y urbanísticas desplegadas por los representantes municipales. Muchos NIMBYs quedan en tierra de nadie. Otros provocan la movilización vecinal, como Gamonal. Pero otros resisten y perviven, y se convierten en absolutos símbolos de ciudades. Digeridos y asimilados al skyline de la urbe, resultan ser grandes atractivos turísticos.

La historia urbana del mundo está repleto de casos semejantes a Eiffel. Veamos algunos:

El monumento a Washington, en Washington DC

La capital de Estados Unidos es una ciudad particular. No opta por un plano reticular, como la mayor parte de grandes ciudades norteamericanas, y se inspira en elementos clásicos de la arquitectura europea: Hay grandes avenidas, edificios de corte neoclásico, muy dignos y grandilocuentes, y un obelisco gigante. Es el monumento a George Washington, el primer presidente del país. Inicialmente planteado con más edificios, se terminó construyendo únicamente el obelisco de inspiración egipcia. Hoy, es quizá el elemento más simbólico de su skyline.

Al punto de ser construido, fue muy criticado, definido como un espárrago gigante o como un memorial-chimenea. Un crítico de la revista American Architect and Building News llegó a escribir que "es de lamentar que los siglos probablemente sigan pasando y que el monumento se mantenga en pie".

Washington

El Fred y Ginger de Praga

Diseñado por Frank Gehry y finalizado en 1996, la Dancing House de Praga, en el Novo Mesto de la milenaria ciudad checa, revolucionó el corazón de los habitantes bohemios. Ideado como un edificio vivaz que simulaba el baile de dos danzarines (y conocido popularmente como el "Fred & Ginger"), muchos criticaron su falta de concordancia con el estilo romántico y gótico de sus alrededores, por no mencionar su absoluta carencia de continuidad con el bellísimo casco antiguo de Praga. Un crítico lo comparó con una lata de Coca-Cola machacada.

Hoy atrae a miles de turistas y está mejor aceptado.

Ginger

El castillo de Neuschwanstein en Baviera

Teclear "turismo en Baviera" y toparse con miles de imágenes idílicas del castillo de Neuschwanstein es todo en uno. El monumento, de carácter medieval y mitológico, fue construido en realidad en la recta final del siglo XIX por el rey Luis II de Baviera. Hoy es una maravilla estética que ha servido a Disney de inspiración para su célebre castillo, pero en su momento fue juzgado como una frivolidad innecesaria (fue un capricho personal pagado, mediante costosos préstamos, por el propio Luis II) y totalmente desconectada del sino de su tiempo. Pensado como residencia personal, el rey moriría poco después de su apertura.

Castle

La Sagrada Familia de Barcelona

Hay pocos edificios que representen tan fidedignamente a Barcelona, al menos de cara al turista exterior, como la majestuosa, recargada, amada y odiada Sagrada Familia de Gaudí. Su imagen y la de la ciudad condal son indisolubles pese a que pasan las décadas y continúa en construcción, tal fue la ambición del arquitecto catalán. Ya en su momento fue abiertamente detestada por Picasso y criticada por Orwell. Hoy sigue siendo disiva entre vecinos, expertos y turistas, pero es inevitablemente parte del alma de Barcelona.

Sangrada

El Centro Pompidou de París

En términos artísticos, Francia es un país exigente. La elegancia decimonónica y clásica de París no se ha mantenido petrificada en un tiempo romántico, aunque muchos de sus ciudadanos así lo desearían. Al contrario, y sin llegar a extremos carentes de guiños al clasicismo y pura exaltación de la modernidad, como la siempre cambiante y fascinante Londres, París se ha visto salpicada de edificios modernos e industriosos que han causado un gran alboroto. Hablaremos de la torre Eiffel ahora, pero antes merece la pena detenerse en el caso del Centro Pompidou, un ejemplo quizás más paradigmático.

Inaugurado en 1977, es uno de los centros culturales más visitados de París, pero también de los más odiados en su momento. Exuberante, eléctrico y de un carácter indudablemente moderno, chocaba con la percepción tradicional del París clásico, con sus edificios palaciegos y su sobriedad arquitectónica. Con el tiempo ha sido mejor adoptado, pero sus críticos se han mantenido firmes hoy, especialmente entre aquellos que tienden a pasar por alto las muchas bondades de la arquitectura de inspiración industrial.

Centro

Y la torre Eiffel de París, claro

Planteada desde un inicio como una estructura desmontable con motivo de la exposición internacional de 1889, la torre Eiffel se topó con el rechazo de críticos y parisinos, tan dignos ellos, durante sus primeros años de existencia. Aquel amasijo de hierros poco tenía que ver con la elegancia proverbial de la ciudad de las luces y de las culturas, de la vanguardia del mundo. Fue un NIMBY de manual, pero precisamente su carácter modernista y transgresor le permitió sobrevivir al paso del tiempo, instalarse en el imaginario colectivo como sinónimo de París y ser, hoy, su atracción más reconocible.

Como prueba del odio que París destino a su más emblemática construcción, esta bellas bellas palabras dedicadas por un grupo de activistas destacados por su oposición al armatoste en construcción:

Venimos, nosotros escritores, pintores, escultores, arquitectos, amantes de la belleza de París que se ha mantenido intacta hasta ahora, a protestar con todas nuestras fuerzas e indignación, en el nombre del infravalorado gusto de los franceses, en el nombre de la historia y el arte francés ahora amenazados, contra la erección en el corazón de nuestra capital de la inútil y monstruosa torre Eiffel con el animoso rechazo del sentimiento popular, con tanta frecuencia un árbitro del buen gusto y de la justicia.

Ah, Francia.

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