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Los 17 mejores inicios de la literatura (si hubiera que dejar clara la orientación sexual de su protagonista)

Los 17 mejores inicios de la literatura (si hubiera que dejar clara la orientación sexual de su protagonista)
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En un clásico ejemplo de "bola de nieve en Twitter", un tuit de @David_Pineda89, un ilustrador y youtuber colombiano, ha desencadenado una reacción y un meme aún más grande al alcance del tuit original. ¿El motivo? Su contenido: "Nota para los escritores, si vas a hacer un personaje gay, es mejor que se sepa desde el principio que lo es y no generar agendas después". Si la frase tiene una evidente connotación homófoba, es porque lo es.

Es probable que Pineda se estuvira refiriendo al primer personaje LGBT de Overwatch. O que, como en su tuit posterior aclara, se refiriera a Deadpool o a Star Trek. Sea como fuere, Twitter ha optado por la vía humorística. Si hay que dejar claro cuál es la orientación sexual de cada personaje relevante de la historia de la literatura o del cómic, ¿cómo serían los célebres inicios de algunos de los libros más importantes? Así:

Siguiendo nuestro artículo sobre los 37 mejores comienzos de la historia de la literatura, hemos modificado algunos de ellos para adaptarlos a lo que se debería hacer con la orientación sexual de los personajes. El resultado:

1. El nombre de la rosa, de Eco

En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios, que también era un poco sarasa. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel, de homosexualidad frustrada tras años en el convento, debería repetir cada día con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible.

2. El extranjero, de Camus

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Estaba en la cama con un fornido argelino. Recibí un telegrama del asilo: "Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias". Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer. A quién le importa. He seguido durmiendo con mi hercúleo argelino.

3. Miedo y asco en Las Vegas, de Thompson

Estábamos en algún lugar de Barstow, muy cerca del desierto, cuando empezaron a hacer efecto las drogas. Recuerdo que dije algo así como:
—Estoy algo volado, mejor conduces tú...
—Buah, tío, ¿pero a ti las drogas no te están despertando un deseo irrefrenable de... no sé, darnos por el culo?
—Joder, pues ahora que lo dices...
Y de pronto hubo un estruendo terrible a nuestro alrededor y el cielo se llenó de lo que parecían vampiros inmensos, todos haciendo pasadas y chillando y lanzándose en picado alrededor del coche, que iba a unos ciento sesenta por hora, la capota bajada, rumbo a Las Vegas.

4. Anna Karenina, de Tolstoi

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera. Especialmente cuando, como en la que va a protagonizar esta narración, hay un maricón. Un maricón. En Rusia. Habrase visto.

5. El aleph, de Borges

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperioso placer tras practicar repetida y salvajemente el sexo con otra mujer, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que era homosexual y que yo no tendría ya ninguna posibilidad con ella, ni en esta vida ni en la otra.

6. Cien años de soledad, de García Márquez

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamient, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo y en la que, observando al místico gitano que abría el cofre dorado, sintió una magnética atracción sexual por todos los hombres de Macombo. Oh, qué gay era, qué gay se sintió.

7. El túnel, de Sábato

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona (bueno, sí: que soy gay).

8. La familia de Pascual Duarte, de Cela

Yo, señor, no soy malo (aunque, en aras de aclarar al lector mis intenciones sexuales y emocionales para con el resto de personajes de esta novela, he de decir que quizá sea algo homosexual, o bisexual, o asexual, la verdad es que aún no lo tengo claro, pero sepa usted, lector, que claramente no soy heterosexual ni correspondo a las orientaciones sexuales normativas y tradicionales), aunque no me faltarían motivos para serlo.

9. Romancero gitano, de Lorca

El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos.
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.
Y sepa usted, lector
Que yo soy maricón
Maricón, como le digo.

10. Yo, Claudio, de Graves

Yo, Tiberio Claudio Druso Nérón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido por mis parientes, amigos y colaboradores como "Claudio el Sarasa", o "Ese Claudio, el que se pasea por ahí por bares LGBT", o "Claudio el que pierde un poco de aceite" o "Clau-Clau-Claudio, dicho así por el enorme placer que experimenta acostándose con otros hombres", o, cuando mucho, como "El pobre tío Claudio, cuya orientación sexual, gay, es bien conocida por todos pese a tener que mantenerla en secreto", voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida.

11. Las aventuras de Huckleberry Finn, de Twain

No sabréis quién soy yo si no habéis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero no importa. Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre. Algunas cosas las exageró, como la parte en la que desarrollo una ambigua amistad de carácter emocional con Tom Sawyer, obsesiva hasta el punto de dejar entrever cierto conato de homosexualidad por mi parte, pero casi siempre dijo la verdad. Eso no es nada.

12. Scaramouche, de Sabatini

Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y no veas lo que ligó con otros hombres en bares de ambiente gracias a tamaños atributos.

13. Orgullo y prejuicio, de Austen

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa (y un joven efebo como amante, porque la vida conyugal, en esta Inglaterra dorada, necesita algo de pimienta que aderece las penurias y trivialidades del día a día).

14. Moby Dick, de Melville

Llamadme Ismael. Aunque por la noche podéis llamarme Delito.

15. El Quijote, de Cervantes

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco, galgo corredor y unas tendencias sexuales que, si me guardan el secreto, se tenían en el pueblo en el que vivía, tan manchego como cualquier otro, por un poco pervertida y lascivas, pero todos se lo perdonaban porque, ya se sabe, en todos los pueblos de la comarca había uno de "esos".

16. Fiebre en las gradas, de Hornby

Me enamoré del fútbol tal como más adelante me iba a enamorar de los hombres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo.

17. Memorias del subsuelo, de Dostoyevski

Soy un hombre enfermo... Un hombre malo. No soy agradable. Creo que padezco del hígado. De todos modos, nada entiendo de mi enfermedad y no sé con certeza lo que me duele. No me cuido y jamás me he cuidado, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Dicen por Twitter y por YouTube que padezco "homosexualidad". Que se puede curar. Y que a ver dónde está al evidencia científica que dice que la homosexualidad no es una enfermedad. Que la quieren ver ellos con sus propios ojitos.

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