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Óliver Ibáñez, el youtuber conspiracionista que explica a los astronautas que la Tierra es plana

Óliver Ibáñez, el youtuber conspiracionista que explica a los astronautas que la Tierra es plana
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Pedro Duque se levanta una mañana como otra cualquiera creyendo, como le han hecho creer desde que era pequeñito, que la Tierra era redonda. No importa cuántas veces haya estado en el espacio: su firme creencia en el formato esférico de nuestro planeta sólo es fruto de una secreta conspiración global. Duque, decíamos, se levanta, ojea Twitter, pasea por YouTube y se topa con el canal de Óliver Ibáñez.

Es entonces, sólo entonces, cuando Pedro Duque accede a la luz.

La luz la representa este peculiar youtuber que ha acumulado más de 88.000 suscriptores explicando al mundo cómo los aspectos elementales que hemos creído durante décadas, casi siglos, son falsos. Que la Tierra sí era plana, como llegamos a creer un día. Que la luna "no es lo que creemos". Que hay regiones ocultas en los límites de la Tierra. Que la gravedad es una estafa. Que a nuestro planeta le alumbran otras luces más allá del sol.

¿Pero quién es Óliver Ibáñez, el hombre que parece estar en boca de media comunidad digital desde que refutara a todo un astronauta el hecho redondo de nuestro planeta? ¿Cómo ha llegado a granjearse tal cantidad de admiradores, cómo tiene un moderadamente exitoso libro a la venta en Amazon, cómo es posible que, más allá del chiste, haya gente que aún crea que la Tierra es plana?

Los tierraplanistas: hay más de los que piensas

Ibáñez es uno de los muchos youtuber que, bebiendo como beben todos de la tradición anglosajona, explica al mundo que la realidad oficial de la ciencia no es más que una farsa. Lo hace a lo largo de vídeos muy detallados, con un montón de imágenes y de gráficos, con un montón de teorías que aparentan dotar de coherencia a sus extravagantes ideas. La diferencia es que lo hace de forma tan didáctica y firme que ha triunfado.

El grupo de tierraplanistas desplegados por el mundo es aún amplio y bastante divertido. En su momento hablamos de ellos aquí, y Xataka ha dedicado espacio a sus alocadas teorías en este otro post.

Resumiendo, el don de Ibáñez, cuya cuenta de Twitter se inauguró hace cinco años con un vídeo dedicado a las infiltraciones policiales el 25 de septiembre, es el de contar la realidad oculta de las cosas con una impecable lógica narrativa interna. Su esencia, sin embargo, es común a la del resto de conspiracionistas: Ibáñez te ofrece un espacio donde descubres la otra verdad, un lugar a las sombras del oficialismo que se plantea las preguntas que nadie se está planteando. Un canal que te lleva al verdadero conocimiento.

Al modo del meme de la cueva, durante los últimos años Ibáñez se ha convertido en un pequeño fenómeno de masas. Sus vídeos tocan toda clase de temáticas clásicas del conspiracionismo: "los engaños del cambio climático", las conexiones Illuminati (Dan Brown, cuánto daño hiciste) de Katy Perry y Lady Gaga, el Club Bildelberg, los planes de dominación mundial, y el fin de la civilización. El ABC de todo hombre o mujer que juzgue a Iker Jiménez como un vendido al sistema.

Su éxito llegó hace aproximadamente un año, cuando inició una serie de vídeos relativos a la planicie de la Tierra. Desde aquel hito, titulado "La Tierra es plana y nunca hemos ido al espacio", su canal ha quedado monopolizado por el tema. "Los límites de la Tierra", "la cúpula de la Tierra", "la gravedad no existe" y otros hitos del tierraplanismo han atrapado a miles de espectadores por una razón muy simple: es muy evidente que la Tierra es redonda. ¿Cómo argumentar contra tamaña verdad?

La prueba del agua, los límites de la lógica

Primer punto de Óliver: a nada que te elevas algo sobre el nivel del mar, se aprecia que el horizonte de la Tierra es plano. Esto es, todas las fotografías que circulan por Internet mostrando la curvatura del planeta desde la estratosfera están tomadas con ojo de pez, porque, de lo contrario, utilizando objetivos que no curvan la perspectiva, se aprecia que la Tierra es plana. En concreto, a partir de los 33.000 metros de altura. ¿Has estado allí? ¿Entonces cómo sabes que no dice la verdad?

Segundo argumento: si la Tierra no es plana, ¿cómo es posible que en días despejados seamos capaces de ver elementos físicos a centenares de kilómetros de distancia? Por ejemplo, los Alpes desde una montaña pirenaica (en el récord fotográfico de distancia)? O Chicago desde la otra punta del lago Michigan, a 97 kilómetros de distancia. O las cataratas del Niágara desde lo alto de la torre de Toronto. Si la Tierra fuera redonda, quedarían al margen de nuestra visión.

Tercer argumento, quizá el más importante: ¿qué pasa cuando llenamos de agua un objeto cualquiera, con la forma que sea? Que su horizonte, por así decirlo, siempre es plano. El agua recupera su forma y se nivela incluso cuando el recipiente es curvo. Pues bien, ¿por qué iba a ser diferente esto en la Tierra? Si asumimos que el agua no se curva y si, a simple vista, es evidente que el mar es plano, ¿cómo narices puede ser la Tierra una esfera?

Hay más dudas lanzadas por Ibáñez, aunque las anteriores son las básicas. A saber: las estrellas y las constelaciones deberían haberse movido en el transcurso giratorio de la Tierra a lo largo de los milenos; las supuestas fotografías y vídeos difundidos por la NASA sobre el hecho esférico del planeta serían montajes (clonando nubes, aumentando el tamaño de los continentes); y, en fin, incluso los rayos del sol que vemos denotan que el astro está más cerca de lo que nos han dicho.

Este vídeo de 30 minutos es un buen ejemplo de su teoría global, y de cómo Óliver logra embaucar al espectador con un porrón de hechos supuestamente factuales que, por el dinamismo y la velocidad con la que se vierten sobre nuestro cerebro, son imposibles de rebatir de forma inmediata. Ibáñez se aproxima a supuestas lógicas científicas, como la del agua, de tal modo que su narración tenga un revestimiento lógico e incluso irrefutable. O que como mínimo siembre la duda.

La post-verdad aplicada a la ciencia

En el fondo, no hay demasiada diferencia entre Trump y Óliver Ibáñez: ambos se valen de cajas de resonancia digitales para difundir mensajes abiertamente falsos, o abiertamente discutibles, que logran penetrar en la esfera mediática sin mayores filtros.

El ejemplo de Duque es paradigmático: ante un mensaje que logra su difusión en un espacio sin acotar, como la red, y ante ideas tan acientíficas, Duque se siente en la necesidad involuntaria de rebatirlas o, como mínimo, mostrar su incredulidad. El efecto provocativo es idéntico al que generaba Trump durante su campaña electoral: decía cosas tan falsas y proclamaba mentiras tan fácilmente rebatibles (e incendiarias) que todos los medios se sentían en la necesidad de rebatirlas, redifundiéndolas.

Es complicado saber hasta qué punto Óliver Ibáñez se cree lo que dice, como la mayor parte de conspiracionistas de la red. Su carácter particular (en español, es el conspiracionista que más empeño pone en revestir de "ciencia" a sus hallazgos, y de cargar desde el "método científico" contra las falsas pruebas de la NASA y de la academia oficial) y la firmeza belicosa de sus opiniones (su respuesta a Duque como mejor ejemplo) indican que sí se lo cree. Lo absurdo de sus teorías, tan sencillamente rebatibles, indica lo contrario.

En su relato se dan los elementos clásicos de la post-verdad: ataca al establishment (en este caso, los masones), es reaccionario al tiempo que outsider, se vale de los mismos instrumentos (el "método científico") que la verdad oficial para difundir sus hechos alternativos, y ofrece una narrativa paralela cómoda para quienes hayan generado resentimiento contra, este caso, la NASA (brazo científico de la élite que maneja el mundo entre las sombras). Aunque en el fondo se trate de algo más simple, y se resuma al viejo "yo sé cosas ocultas que tú no".

En el fondo, es una ancestral batalla contra la ciencia contemporánea. Sólo que revestida de youtuber con carisma.

En última instancia, lo más fascinante de Óliver Ibáñez es su capacidad para proclamar a los cuatro vientos que los aspectos más elementales del conocimiento son falsos. Que el agua no moja. Que el fuego no quema. Que si respiras aún vives. Esta lucha denodada contra la evidencia más primaria es diferente a las conspiraciones reptilianas o a la dominación mundial. Es mucho más brutal y directa, y también más divertida. Incluso cuando Pedro Duque se ve envuelto en ella.

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