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Y a Tokio también le llegaron los problemas: los estratosféricos sobrecostes de los Juegos Olímpicos de 2020

Y a Tokio también le llegaron los problemas: los estratosféricos sobrecostes de los Juegos Olímpicos de 2020
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Referéndums populares y apelaciones a la falta de apoyo político mediante, cada vez más ciudades se están negando a postular como candidatas a los Juegos Olímpicos. Como ya apuntamos, el peaje es altísimo. Y es posible que Tokio, próximo hogar de la cita, esté arrepintiéndose de no haber sabido decir que no en su momento.

Los presupuestos iniciales: según las primeras estimaciones del COI de los Juegos Olímpicos, en 2013, los Juegos de Japón para 2020 requerirían por parte de Japón un coste estimado del equivalente a 6.500 millones de euros para acondicionar sus instalaciones a los requerimientos deportivos. Avanzamos a finales de 2019 y ese mismo comité anunció que la última auditoría interna hablaba de un desembolso hecho por parte del país nipón hasta el momento de 1.35 billones de yenes, 11.300 millones de euros al cambio.

El golpe de realidad lo acaba de dar un informe de 177 páginas preparado para la legislatura nacional. En él la Junta Nacional de Auditoría de Japón ha dicho que los Juegos Olímpicos del próximo año costarán mucho, mucho más de lo que le estaban diciendo los organizadores al público. ¿Cuánto?

Es un problema de segregación de partidas: hay unos costes agregados que no se han tenido en cuenta al hacer el balance por habérselos catalogado como desvinculados del certamen porque, en teoría, beneficiarán a los tokiotas en el largo plazo (aunque realmente se han gastado inicialmente para acondicionar infraestructuras de cara a la visita). Hablamos de 8.700 euros de gasto estatal y otros 6.600 por parte del Ayuntamiento. Es decir, de los 6.500 millones que decía el originalmente el comité a los 26.600 que les deja la factura final. El 0.6% de su actual PIB. Cuatro veces más de lo anunciado. Y eso sólo hablando de la financiación pública, ya que habrá también una inversión privada de unos 5.000 millones de euros vía patrocinadores para otras partidas.

“Hola, nuestro Estadio”: el Financial Times especula a raíz de una anécdota. La ciudad acaba de inaugurar el estadio que dará lugar a la cita, una actualización del recinto que dio cabida a los Juegos de 1964. El slogan oficial en japonés tiene un juego lingüístico y cultural interno intraducible, pero lo han traducido de forma literal para las audiencias internacionales con ese  “Hello, our stadium”. Aunque ha sido una tradición histórica del país mantener su barrera cultural con pobres traducciones incomprensibles, la del eslogan es una muestra de cara a los Juegos de 2020 de su deseo manifiesto de cerrarse a los demás. Por eso hay quien lo ha leído como un recado para el COI.

Sin miedo a la depresión: la cosa es tan seria que el país ya ha analizado si sufrirán la misma suerte que después de los Juegos del 64, cuando las exigencias monetarias del certamen ayudaron a sumirles en una nueva recesión. Aquel año la economía creció un 11%, pero la tasa de crecimiento se desplomó al año siguiente a 5.7% por la demanda en el campo de la construcción antes de los juegos. La quiebra de empresas triplicó sus cifras anteriores al evento.

Los expertos dicen que no será el caso, ya que entonces el país invirtió un 3% de su PIB en adecentar la ciudad en comparación con los 0.6% de ahora, y auguran un máximo de una pérdida de crecimiento de un 0.1% del PIB nacional para el año que viene, pero temen que el retorno de inversión a largo plazo esperado gracias al turismo de las próximas décadas desaparezca si sucede algún conflicto político que ensucie el valor de la marca Tokio 2020.

El enfado de la ciudadanía: lo peor para los políticos no es nada de lo anterior, sino el sentimiento de desencanto y traición de la ciudadanía al descubrirse su papel en la historia. La demanda supera en 20 veces la oferta de tickets a disposición del público para las competiciones. Por eso no está sentando bien entre la ciudadanía no poder permitirse pagar entradas a un espectáculo que ya están pagando (y a un alto precio) con sus impuestos.

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