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¿Cómo podría ser el cielo? Un repaso a todas las respuestas que el ser humano ha imaginado

¿Cómo podría ser el cielo? Un repaso a todas las respuestas que el ser humano ha imaginado
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¿Cómo podría ser el cielo? Como cabría esperar, existen muchas interpretaciones sobre cómo es el cielo. Hasta finales del siglo XVII, el cielo normalmente era la visión beatífica: la felicidad perfecta de la eternidad en el cielo consistía en la adoración y la alabanza al señor junto a los ángeles, los santos, los mártires, los personajes más notables del Antiguo Testamento e incluso algunos nobles paganos como Platón y Aristóteles.

Se trataba de ver a Dios "cara a cara" y no a través de "un cristal oscuro". La eternidad se centraba en Dios o en el Cristo celestial y por eso en El Juicio Final (1425-30) de Fra Angélico se muestra a Cristo sentado en un trono rodeado por los ángeles, María y los santos. Su mano derecha señala al cielo, mientras que su mano izquierda señala al infierno. A la derecha del señor, los ángeles acompañan a los salvos a través de un jardín paradisíaco a un ciudad celestial amurallada, mientras que a su izquierda los demonios se llevan a los impíos al infierno.

El judaísmo tradicional solía ser bastante reticente sobre lo que ocurre después de la muerte, pero cuando se hablaba del tema la principal idea era una visión espiritual de Dios, tal y como explicaba un rabino en el siglo III:

En el más allá no hay comida, ni bebida, ni apareamiento, ni comercio, ni celos, ni odio, ni hostilidad; en su lugar, los elegidos se sientan con coronas en sus cabezas y disfrutan del esplendor de la presencia divina.

Fra Angelioco El Juicio Final de Fra Angélico con Cristo sentado al centro en el trono. (Commons)

En el islam también existe la idea de la visión beatífica, pero el cielo también se trata de un lugar de placer sensorial. En el paraíso islámico, los bendecidos viven en jardines de bienaventuranza y se sientan unos enfrente de otros. Una deliciosa copa de vino de una fuente infinita se pasa de mano a mano sin que nadie sufra efectos adversos. También habrá doncellas "con ojos oscuros y grandes como perlas ocultas: una recompensa por lo que han hecho" (Corán 56.22-4).

En el cristianismo la imagen del cielo con Dios en el centro duró hasta bien entrado el siglo XIX. Tal y como el obispo Reginald Heber (17983-1826) escribía en su himno Santo, Santo, Santo:

santos escogidos te adoran con fervor; de alegría llenos y sus coronas de oro; rinden ante el trono glorioso del Señor.

Actividades humanas

Pero desde mediados del siglo XVII hasta finales del XIX se produjo una transición gradual a un cielo centrado en actividades humanas. La noción medieval de que la felicidad de los que habitan en el cielo sería mejorada pudiendo ser capaces de ver el sufrimiento de los malditos en el infierno desapareció, especialmente porque la gente estaba menos a favor de ver el sufrimiento público de otras personas y por eso empezaba a desaparecer la idea de que el infierno era un lugar de castigos físicos eternos.

Se empezaba a popularizar la idea de que cualquier persona podía ser salvada si así lo quería llegado el momento.

El cielo estaba ahora mucho más cerca que nunca y solamente un velo fino separaba a los vivos de los muertos. También era una continuación de la existencia material, pero sin los sufrimientos de la vida presente. Aunque el cielo seguía siendo un lugar de descanso, los salvados cada vez estaban más activos y podían realizar un desarrollo moral en un ambiente lleno de gloria. El amor humano reemplazaba la supremacía del amor divino y las relaciones entre las personas pasaban a ser algo fundamental en el más allá, no una distracción, y las familias volvían a reunirse.

Cielo Dore El cielo de La Divina Comedia, ilustrado por Gustave Doré. (Commons)

Aunque a veces llegaba a ser erotizado, como en el caso de la obra de William Blake, el cielo moderno era idealizado. Los amantes también se reencontrarían en el cielo. Por ejemplo, en la versión final del poema de Dante Gabriel Rossetti La Doncella Bienaventurada (1881) la doncella se asomaba a los confines del cielo mirando a la tierra y esperando a que el alma de su amado llegara mientras

A su alrededor, amantes reencontrados / Entre aclamaciones inmortales de amor, / pronunciaban entre sí, / sus nombres recordados en el corazón.

Un lugar gentil

El cielo victoriano era un lugar domesticado, gentil y cortés; una especie de complejo turístico etéreo de la época con sus correspondientes atracciones: Moisés enumerando los diez mandamientos a las 10 de la mañana en el auditorio principal seguido por una actuación del Mesías de Handel (dirigida por el compositor) a las dos de la tarde. La idea de un cielo protagonizado por Dios pasaba a un segundo plano.

Elizabeth Stuart Phelps (1844-1911) en su bestseller Las Puertas Entornadas resumía la decadencia del paraíso antiguo:

Había algo sobre la adoración y los arpistas tocando sus arpas y el mar de cristal y los cantos de ¡Digno es el Cordero! que me desconcertaba y desanimaba de forma que apenas podía seguir escuchando. No dudo que deberíamos glorificar al señor ante todas las cosas y con deleite, pero puede que haya otra manera de hacerlo que no sea tocando el arpa y rezando.

Todo esto requería el tipo adecuado de cuerpos y en el cielo moderno tendríamos "cuerpos espirituales" en vez de ángeles que no serían como aquellos presentes en el momento de nuestras muertes, sino que serían hechos perfectos y a la edad perfecta, como la de Cristo durante su ministerio en la tierra (cuando tenía entre 30 y 33 años). Aquellos que hubieran fallecido durante la niñez o hubieran sido gravemente deformados, serían perfeccionados.

Asuncion De La Virge La Asunción de la Virgen, de Botticini. (Commons)

La fe en un Dios perfecto y misericordioso también se puso a prueba durante el siglo XIX por el sufrimiento de los animales en la vida presente que no encontraban compensación en el más allá. Las nuevas relaciones afectuosas entre la gente y sus mascotas hacían que muchos se preguntaran cómo era posible que su felicidad en el cielo pudiera ser completa los animales que habían amado tanto no iban a acompañarles. Fue ahí cuando el problema de los animales en el cielo se puso por primera vez encima de la mesa.

Fue a mediados del siglo XIX cuando los propios espíritus también parecieron decidir que, en vez de tener que buscarles en el cielo, ellos nos buscarían a nosotros. Era la era del espiritualismo y los espíritus de los fallecidos se manifestaban a través de todo tipo de formas desconcertantes. Los rituales para conectar con los muertos a través de sesiones espiritistas servían de consuelo para aquellos que recibían mensajes de sus fallecidos.

Pero estas sesiones también servían de entretenimiento para los curiosos, hacían que los científicos tuvieran algo nuevo que investigar y provocaban escalofríos de terror entre los creyentes y diversión entre los escépticos. Para los cristianos más conservadores, acudir a una de estas sesiones se asimilaba a jugar con el diablo y para los más crédulos y aventureros era sin duda parte de su encanto.

Frescos Frescos de la basílica de Maria Dreieichen, en Austria. (Commons)

Dentro del espiritualismo, al igual que en el cielo moderno a nivel general, Dios tenía un papel mínimo. Por eso la creencia en el cielo seguía siendo fuerte, tal y como ocurre en la actualidad, aún cuando la fe en Dios estaba en declive. La figura de Dios como juez terrible y ejecutor de la moralidad había sido reemplazada por familiares fallecidos que nos observaban desde los confines del universo.

El pensamiento moderno secular

Llegado el siglo XX el cielo se había secularizado y el cielo moderno era parte de la mente laica moderna. Puede que irónicamente, pero en la teología católica y protestante, al menos en la parte más liberal, la idea del más allá pasó a ser un elemento secundario. Entre las teologías cristianas liberales, el significado de la vida no se podía encontrar en lo que pasaba después de la vida, sino durante la misma, lo que suponía una transformación radical del individuo (en las teologías existencialistas o transformaba radicalmente las sociedades en las teologías de liberación).

Dentro de un cristianismo moderno más místico, la eternidad no estaba en el futuro sino en el presente. Tal y como dijo William Blake: "Para ver el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor silvestre abarca el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora".

La incertidumbre sobre el más allá puede que sea el motivo por el cual los funerales cristianos hayan pasado a ser más bien una celebración de la vida que una exultación de una vida que está por llegar. Sin embargo, a pesar de nuestra incertidumbre actual sobre la existencia de una vida después de la muerte, nuestro cielo contemporáneo es una combinación del cielo centrado en Dios y el cielo social que lo reemplazó. Ya no se trata como antes de un lugar físico más allá de las estrellas aunque siga estando metafóricamente "ahí arriba".

Ascension La ascensión de Jesús, según Copley. (Commons)

El cielo también sigue siendo el lugar donde se supone que vive Dios: un lugar en el que estaremos más cerca de un Dios padre misericordioso. "Día feliz veré, creyendo en ti. En que yo habitaré, cerca de ti. Mi voz alabará, tu dulce nombre allí. Y mi alma gozará, cerca de ti" tal y como dice el himno cristiano popular Más cerca, oh Dios, de ti.

El cielo está ampliamente considerado como un estado tras la muerte en el que seguimos teniendo conciencia de nosotros mismos y recuerdos de nuestra vida en la tierra. Además, sigue existiendo la idea de que nos reuniremos con aquellos seres queridos que conocimos en la tierra. La vida en el cielo, como en el tierra, será una en la que reiremos, amaremos y creceremos a nivel ético, intelectual y espiritual.

Aunque ya no tendremos cuerpos físicos, seguirá existiendo la esperanza, e incluso la certeza para algunos, de que seguiremos siendo reconocibles. Eric Clapton se pregunta en su canción de 1992 Tears in Heaven si su hijo fallecido le reconocerá cuando llegue al cielo. A diferencia de otros tiempos cuando el cielo era algo exclusivo de cristianos, católicos o protestantes, o de musulmanes, ahora es espera que el cielo sea un "lugar" en el que cualquiera puede acabar si ha vivido una "buena" vida.

Con el paso del tiempo. el cielo se considera un lugar de felicidad, alegría y satisfacción supremas. De ahí que cuando tenemos experiencias sumamente agradables a este lado de la tumba digamos que son "celestiales". Tal y como Fred Astaire nos recuerda en la película Sombrero de Copa (1935): "Cielo, estoy en el cielo... cuando bailamos mejilla con mejilla".

En resumen, esta vida, a pesar de sus pesares y sus miserias, nos proporciona atisbos esporádicos del más allá: una vida que será como la que tenemos, pero perfecta.

The Conversation

Autor: Philip Almond, profesor emérito en la historia del Pensamiento religioso, University of Queensland.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

Traducido por Silvestre Urbón.

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