A Wally Funk se le negó injustamente ir al espacio en 1961. Hoy volará con Jeff Bezos a sus 82 años

A Wally Funk se le negó injustamente ir al espacio en 1961. Hoy volará con Jeff Bezos a sus 82 años
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En los años 60 todo hijo de vecino miraba al cielo con ilusión por acabar ahí arriba, más allá de la exosfera, algún día. Pasaron las décadas, terminaron las guerras ideológicas, y el sueño por convertirse en astronauta fue menguando en el imaginario colectivo. Por supuesto, los hay que permanecieron fieles a ese sueño de adolescencia, y Wally Funk se encuentra entre las filas de esos soñadores. Hoy sobre las 15 de la tarde hora peninsular española resarcirá la deuda que la sociedad machista de los comienzos de la era espacial tenía con ella.

Las 13 a las que se les impidió hacer historia

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Wally Funk (segunda por la izquierda) y sus compañeras del programa First Lady Astronaut Trainees, el Mercury 13, reunidas para una foto en 1995 mientras asistían al lanzamiento de un transbordador en Florida. De izquierda a derecha son: Gene Nora Jessen, Funk, Jerrie Cobb, Jerri Truhill, Sarah Rutley, Myrtle Cagle y Bernice Steadman.

Mercury 13, un programa secreto realizado en 1960 con fondos privados y creado por William Randolph "Randy" Lovelace II, médico aeroespacial y presidente del Comité Especial Asesor sobre Ciencias de la Vida de la NASA en aquella época. A su juicio las mujeres tenían ventajas competitivas frente a los hombres para ir al espacio por su tamaño y su peso, y después, como comprobaría, también en aptitudes físicas y psicológicas, así que inició el mentado programa para llevar al espacio a la primera mujer astronauta.

Había un pero, por supuesto: dado que las mujeres no podían entrar en las academias de vuelo de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y que se contaba como requisito imprescindible para ser astronauta haber sido pilotos de prueba con experiencia en reactores militares, ninguna mujer podría técnicamente subir ahí arriba. No se les permitió siquiera hacer pruebas equivalentes o convalidar su experiencia de vuelo en otros aviones no militares, para los que algunas de ellas contaban con muchas más horas a sus espaldas que los candidatos masculinos del conocido Mercury 7. De las 19 mujeres propuestas a Mercury 13, 12 pasaron la primera fase y otras tantas la segunda.

En cuanto la armada de EEUU se enteró de lo que estaba sucediendo, canceló que el proyecto se siguiera ejecutando en sus instalaciones. Tanto Lovelace como las mujeres protestaron durante décadas tanto en los medios como por los canales institucionales. Años después se descubrió que en 1962 Lyndon Johnson, consciente de que se estaba investigando cada vez con más ahínco el machismo interno de la NASA al respecto de las Mercury 13, mandó un memorándum a sus subordinados: “paremos esto ya. Archiven la causa”. La NASA no permitió reclutar a mujeres para vuelos espaciales hasta 1978, y para entonces ya se consideraba no aptas, por edad, a las 13 originales. A pesar de ello, Funk siguió intentando entrar en la agencia en todas las convocatorias, ya que podríamos considerar que el volar al espacio ha sido y sigue siendo su objetivo vital.

La audacia infatigable de Funk

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Cuenta la leyenda que la pequeña Wally Funk ya se creía Superman siendo niña. Su padre le permitía fabricar aviones de madera y colgarlos del techo de su granero, en un pueblo de Nuevo México, y ahí se subía con una réplica de la capa del Hombre de Acero simulando que planeaba. Su madre siempre quiso ser piloto de aviones, pero, como su padre no le permitió perseguir ese objetivo, ella y su esposo estuvieron más que predispuestos a que Wally cumpliese el plan familiar. De adolescente ingresó en la Universidad Estatal de Oklahoma, la mejor escuela de vuelo del país de aquel momento, y consiguió multitud de premios y horas de pilotaje. Se enteró por la prensa de las pruebas de la fundación Lovelace y allí fue interesada por la idea de ir aún más lejos en su exploración de los cielos.

A sus 23 años, Funk fue la más joven en pasar las pruebas de Mercury 13, pero también sobresalió en multitud de pruebas, por ejemplo, batió el récord absoluto, de hombres y de mujeres, en permanecer en un tanque de aislamiento flotando en agua sin inmutarse: 10 horas y 35 minutos.

Wally Funk tiene hoy 82 años y es la única superviviente del grupo junto con Gene Nora Jessen, pero ésta última tiene graves problemas de salud, por lo que ambas han acordado que la salida espacial de Funk de hoy representará una especie de justicia poética por lo sucedido en los años 60 a todo el grupo de mujeres. Lo hará cumpliendo un hito: será la persona más mayor, hombre o mujer, en flotar ahí afuera, rompiendo el récord de John Glenn, que voló a sus 77 años en el STS-95. Paradójicamente, Glenn fue uno de los políticos que en su momento denegaron el viaje de Funk, espetando en el Congreso en 1963 por el asunto de las astronautas desestimadas que “el hecho de que las mujeres no estén en este campo es una realidad de nuestro orden social”.

 

Cuando Jeff Bezos anunció que le reservaba de forma gratuita una plaza en el primer vuelvo suborbital de Blue Origin, la compañía de viajes espaciales turísticos fundada por el magnate, a nadie se le escapó que se trataba de una maniobra publicitaria para promocionar que su iniciativa privada podrá llegar hoy donde no llegó entonces lo público. Por el entusiasmo de Funk en el vídeo en el que Bezos le da la buena nueva, puede verse que a esta anciana tenaz le da igual de dónde provengan los fondos o cualquier otro detalle de la misión. Esos cuatro minutos en los que saldrán al espacio abierto serán “lo mejor que me haya pasado nunca”.

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