Cadáveres de la mafia, pueblos fantasma, "piedras del hambre": lo que la sequía destapa bajo los pantanos

Cadáveres de la mafia, pueblos fantasma, "piedras del hambre": lo que la sequía destapa bajo los pantanos
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En Las Vegas la gran sequía que azota al oeste de EEUU ha generado algo más que molestias para los vecinos, inquietud entre los políticos o incluso la necesidad de replantearse el tamaño de sus piscinas; directamente, ha dejado al descubierto cadáveres que llevaban décadas sepultados.

A finales de julio un visitante que paseaba por la reserva de Lake Mead, a solo unos kilómetros de "la ciudad del pecado", se topó con una sorpresa desagradable, de las que quitan el sueño: lo que a todas luces eran huesos humanos en el lecho del lago. Asustado, alertó a los guardaparques.

No han sido los únicos restos que han encontrado en la zona. Los medios recogen otros hallazgos en puntos más o menos cercanos entre sí y a Las Vegas, como Swim Beach o Calville Bay.

La sequía que castiga el suroeste del país se deja sentir con fuerza en el río Colorado —incluidos sus reservorios— y su huella es más que visible en el embalse, próximo a Las Vegas. La infraestructura se creó hace ya décadas, en los años 30 del siglo pasado, con la construcción de la represa Hoover, y a día de hoy se calcula que ha perdido más de la mitad de su reserva.

Lo que esconden las aguas

Los escabrosos hallazgos en Lake Mead han desatado la imaginación de los medios y vecinos de Las Vegas, una zona con un pasado marcado por la mafia. Material tienen, desde luego. A principios de mayo se localizaron dos cadáveres en el embalse, uno de ellos encerrado en un barril y con un tiro en la cabeza. Las autoridades concluyeron que podía llevar en el lago desde los años 80.

Por supuesto no todos los restos tienen por qué estar ligados al crimen organizado y ajustes de cuentas. Un estadounidense ahora afincado en Ibiza está convencido, por ejemplo, de que parte de los restos pertenecen a su padre, fallecido en Callvile Bay en 1958 tras caerse de una lancha.

Lo que sí está claro es que los esqueletos —vinculados o no al crimen organizado— no son lo único que han dejado a la vista las sequías que, con mayor o menor intensidad, más o menos prolongadas en el tiempo, están sacudiendo diferentes parte del globo. Incluida, eso es, España.

Por fortuna no todo es tan escabroso como los hallazgos de Las Vegas.

En Bande, provincia de Ourense, el descenso del caudal en el embalse de As Conchas ha dejado a la vista una joya arqueológica: Aquis Querquennis, uno de los grandes complejos militares romanos de toda la península, formado por un antiguo campamento y una mansión viaria que ofrecía hospedaje a los viajeros que se movían entre las actuales Braga y Astorga.

 

Los expertos calculan que el campamento se levantó durante el mandato el Vespasiano, en el siglo I. Cuando las aguas del embalse se retiran —como ahora: a principios de semana As Conchas estaba a solo el 49% de su capacidad— el complejo se puede apreciar al completo, en toda su grandeza.

En Zufre, Huelva, la sequía ha dejado también al descubierto parte de su patrimonio. Al vaciarse el embalse del pueblo, que la escasez de lluvias mantiene a menos de un tercio de su capacidad, han asomado los muros de la antigua estación de trenes y el conocido como puente del Azúlar.

A medida que ha ido descendiendo el nivel del pantano de Sau, en Osona, provincia de Barcelona, han quedado a la vista también los restos de la antigua iglesia de Sant Romà. ¿El motivo? Hace ya seis décadas, a principios de los años 60, el antiguo pueblo de Sant Romà de Sau quedó bajo metros y metros de agua tras la apertura y puesta en funcionamiento del pantano de la zona.

No es extraño que la parte alta del campanario asome entre las aguas. Lo que sí resulta más difícil es ver el templo como luce ahora, cuando la sequía —hace días el pantano estaba al 37%— permite apreciar la construcción casi totalmente, lo que no ha captado el interés de los visitantes.

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Iglesia de Sant Romà de Sau.

Turistas y curiosos acuden también al embalse de Belesar, en Galicia, para ver las ruinas del antiguo pueblo de Portomarín. Su historia no es muy diferente a la de Sant Romà de Sau: la construcción del pantano sepultó la vieja villa en 1963 y obligó a trasladarla a una nueva ubicación. El efecto más que evidente de la sequía en el embalse deja ahora a la vista sus antiguas casas y puentes.

Más allá de España la escasez de lluvias, un problema grave, ha regalado alguna que otra sorpresa a los amantes del patrimonio. Cuando hace meses la sequía hizo que descendieran las aguas del embalse de Mosul, en Irak, se desvelaron los restos de un yacimiento milenario.

Al estudiarlo, los arqueólogos concluyeron que se trataba de una ciudad de hace unos 3.400 años, y especulan incluso con que sea Zakhiku, un polo urbano importante en el antiguo Imperio Mittani.

Menos antiguas, pero igual de curiosas son las Hungersteine“piedras del hambre”— que han empezado a asomar de entre las aguas en Alemania con sus preocupantes advertencias.

Según detalla el diario Sachsische Zeitung, en Sajonia han quedado al descubierto decenas de Hungersteine, que no son otra cosa que inscripciones dejadas por los ciudadanos de hace siglos en algunas rocas que se ocultan en el lecho de los ríos, aquellas que asoman durante las sequías.

Hoy quizás resulte chocante, pero en el siglo XV un año parco en lluvias podía derivar fácilmente en graves hambrunas. De ahí que para advertir a generaciones futuras dejasen leyendas en las piedras, con fechas e incluso alguna que otra admonición. La más antigua del Elba data de 1417.

“Si me ves, llora”, se lee en una de esas rocas proféticas que solo asoman del río, nos recuerdan, en años en los que más vale andarse con ojo y gestionar el agua con sentido común.

Imágenes | Emilio Morenatti/AP y Josep Enric (Flickr)

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