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La generación perdida japonesa sigue en paro, sin casarse y viviendo con sus padres. Perdida de verdad

La generación perdida japonesa sigue en paro, sin casarse y viviendo con sus padres. Perdida de verdad
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Tienen entre 40 y 50 años, viven inmersos en una desesperanza crónica, la mayoría siguen solteros y sin hijos y han tirado la toalla en el panorama laboral. Cada vez están más convencidos de que lo que les resta de vida se la pasarán cuidando de sus padres ancianos en la casa de la que nunca se llegaron a emancipar. Se trata de la “generación perdida” de Japón y tienen una lección que enseñarle al resto de países desarrollados y con problemas económicos estructurales.

¿De cuánta gente estamos hablando? Según un detallado reportaje de Bloomberg que ha ido para ver cómo es el día a día de estas personas, el censo japonés los cuantifica en 3.4 millones para un país de 126 millones. En su momento llegaron a ser entre 13 y 15 millones de afectados, pero hoy permanece en el limbo curricular sólo una cuarta parte de ellos.

El gravísimo pinchazo de la burbuja de finales de los 80 en Japón que esclerotizó su economía provocó que las empresas del país, cuya cultura empresarial es terriblemente estricta y protocolaria, dejasen de contratar en todo lo posible a gente nueva entre 1993 y 2004. Allí se entiende que las puertas sólo se te abren una vez, y si no conseguiste pasar en tu juventud por el embudo laboral tu candidatura quedaba quemada frente a los candidatos de la siguiente generación cuando el país remontó. Eso sumado a una desidia nacional y a realidades psicosociales como el hikikomorismo fabricó un excedente de ni-nis con los que los gobiernos no han sabido qué hacer ni entonces ni ahora que se acerca su tercera edad.

¿Y cuál es su realidad? Muchos se han encerrado en sus viviendas sin salir de ellas para poco más que lo necesario. Han dado la espalda al consumo. El estigma social les pesa tanto que las ONGs y otras asociaciones promueven puntos de encuentro, más bien santuarios para que los asistentes puedan relacionarse con otras personas sin sentir la presión social de ser parias e intentar reconstruir algún tipo de vida. Algunos viendo el panorama fueron abandonando los estudios superiores, otros llegaron a licenciarse, muchos han intentado de tanto en tanto reengancharse al trabajo, pero las opciones son tan precarias (trabajos físicamente extenuantes o con condiciones leoninas) que siguen desvinculándose.

Ya hay programas gubernamentales de ayudas a empresas para contratar a gente de la generación perdida para tareas mediocres, pero el número de solicitantes es siempre muchísimo mayor que las plazas ofertadas. Como dependen en su mayoría de la pensión de sus padres, no se sabe qué ocurrirá cuando estos mueran.

Las dos velocidades: más allá de este nicho de almas perdidas, el relato generacional sigue escociendo para los observadores externos por lo fácil que identificamos los problemas. Para afrontar la recesión lo que quedó del tejido empresarial de Japón optó por una fórmula que nos es conocida, mantener contentos a los trabajadores mayores y fijos pero abrir toda nueva vacante bajo contratos temporales y externos con precios mucho menores y de los que poder deshacerse fácilmente en cada uno de los múltiples vaivenes que fueron desarrollándose en los años siguientes. Crear un mercado de trabajo bicéfalo en el que los indefinidos ostentan una gran cantidad de privilegios a costa de condenar a la mitad de la fuerza del país a un nomadismo laboral que incapacita la estabilidad y el consumo. Siempre pagan los más débiles, claro: a día de hoy el 40% de los trabajos del país son por fin de obra y de ellos el 69% lo ocupan mujeres. En esta categoría se encuentra la mayoría de la generación perdida, aunque no solo.

Aunque la estadística dice que la tasa de desempleo del país asiático está en 2.2%, la mitad de los japoneses vive con salarios de entre 150.000 y 200.000 yenes (de 1.200 a 1.600 euros), a todas luces insuficiente para hacer planes a largo plazo. Todo esto ha creado un cóctel por el que la clase media va desapareciendo y aumenta la desigualdad y la pobreza. Por supuesto, los políticos llevan años intentando corregir esto.

El Japón sobreendeudado por el coronavirus y el futuro de políticas expansivas pero baja inflación, bajo consumo y escasa innovación está provocando un temor a que se esté gestando una nueva generación de la supervivencia cuando aún no se ha conseguido sanar a la anterior.

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